QUEER (TEORÍA)

Lo que sigue es una de mis aportaciones a la última edición del Diccionario Crítico de Ciencias Sociales (Román Reyes, Ed.), que en breve aparecerá en papel, pero puede servir igualmente para inaugurar nuestro glosario.

Diego L. Sanromán

fairy-wings-31.jpg

Términos relacionados: género, identidad, performatividad, episteme, régimen de la sexualidad, feminismo, “homosexualidad”, heteronormatividad, diferencia, resignificación.

Este diccionario es queer, raro, loca, dis-locado: descompone, borra las matrices semánticas sobre las que se asienta el poder, difumina los límites, los expone en su desnuda condición de construcción social. Lo queer es el goce de la inventiva y la creatividad perpetuas, es ruptura, espiral carnavalesca, un cuestionarse continuo que no adelanta tramposamente las respuestas. Es lo decidida y salvajemente experimental.

Los diccionarios etimológicos nos informan del carácter incierto del origen del término. Muy probablemente está emparentado con el adjetivo alemán quer, que denota lo transversal, oblicuo y torcido. Parece, con todo, que sus primeros registros escritos aparecen en lengua escocesa allá por el siglo XVI y hacen referencia a lo impar, raro o extraño. Diversos corrimientos semánticos van a permitir que lo queer se identifique con lo descoyuntado, lo que está fuera de sí e incluso con la ebriedad (S. XIX). Queer es el antónimo de straight (recto, derecho, normal). Es además lo chocante y ridículo (puzzle, ridicule), pero sin el disfrute de las connotaciones juguetonas que poseen estos vocablos: lo queer está marcado desde el principio por una sospecha de perversión moral. Ya en el siglo XIX aparece en algunos textos como sinónimo de spoil (despojo).

Curiosamente, entre sus contenidos semánticos se encuentran también algunos de cariz económico y comercial. En tales contextos, se hablaba, por ejemplo, de una queer transaction para referirse a un negocio poco limpio y sospechoso, a una transacción que encerraba una trampa misteriosa. En el inglés británico de comienzos del siglo pasado se decía de alguien que pasaba por apuros financieros que se encontraba in Queer Street (en la calle Queer o en la de la Amargura, si se prefiere). Pero es también a lo largo del siglo XX cuando todos estos contenidos se organizan primariamente en torno al núcleo simbólico del sexo y el género, de los deseos y de los afectos.

Va a ser queer a partir de entonces el rarito (o mejor: rarita), el sospechoso de deseos torcidos, el que oculta el carácter nefando de sus transacciones carnales y libidinales, el otro ridículo y estrambótico: aquel que exhibe un comportamiento que se aleja de lo que su género –es decir, tanto la naturaleza como las buenas costumbres, igualmente naturales- le impone. Hablando claro: el marica, sarasa o maricón, porque de momento aquí las mujeres no pintan nada. Lo que el orden de los afectos y los placeres expulsa más allá de sus límites: en este sentido y como se decía más arriba, los despojos, lo desechable. Ya para el señor John Sholto Douglas, noveno Marqués de Queensberry, los excesos a los que se entregaba su hijo Bosie con el escritor Oscar Wilde era cosa de queers.

 

La última torsión de este vocablo torcido se produce cerca de un siglo después, cuando las organizaciones militantes y contestarias de gays y –ahora sí- lesbianas se apropien de un término en origen represivo y denigratorio para lucirlo orgullosamente como un emblema de identidad disidente. Algo semejante estaba ocurriendo con otros términos como bitch (zorra), dyke (bollera) o nigger (negrata) entre la militancia feminista o las filas del nacionalismo afro-americano, y lo propio ocurrirá un poco más tarde con equivalentes castellanos como marica o maricón. Parte de la culpa de esta inversión de sentido se podría achacar a autores como el anarquista Paul Goodman (1911-1972), que en el año 1969 publica un texto en el que el término queer aparece incorporando estos contenidos meliorativos, The Politics of Being Queer. En las mismas fechas, la transexual Silvia Rivera arrojaba una botella de cerveza contra la cabeza de un poli poco amistoso en un local de la ciudad de Nueva York conocido como el Stonewall Inn.

We’re here. We’re queer. Get used to it.” (Aquí estamos. Somos rar@s. Acostúmbrate.)

En principio, el movimiento de liberación de gays y lesbianas va a adoptar resabios del nacionalismo negro de la época y a defender, a la manera del Black Power, una suerte de nacionalismo separatista queer que caía de forma paradójica en los mismos discursos esencialistas que se pretendían combatir. Con el reflujo del radicalismo de los sesenta, sin embargo, el significado del término queer va matizándose desde una perspectiva militante. En los ochenta, en plena era del SIDA, su significado comienza a apuntar a una liberación de las identidades sexuales fijas y de los patrones sexuales impuestos por el sistema patriarcal homofóbico hegemónico o, por decirlo con una sola palabra, por la heteronormatividad. Será justamente está concepción de lo queer la que se imponga en el ámbito académico cuando sobre todo en la década siguiente aparezca la teoría queer o, como muy bien traduce Ricardo Llamas, la teoría torcida[1].

La teoría queer está muy lejos de ser una aproximación políticamente neutra a lo que también se han llamado estudios gays y lesbianos. La teoría queer se hace cargo desde sus orígenes de la constitución de las formas contemporáneas de poder como biopoder, de ahí que las cuestiones relacionadas con la administración y control de la materia viva, con el género, con la reproducción, con el placer, el deseo y los afectos y, en fin, con los cuerpos posean una significación política de primer orden. El cuerpo también es un campo de batalla y el lugar en el que se inscriben –a menudo de forma nada metafórica- las marcas del poder.

El poder es contemplado además como una relación dinámica y que opera en el nivel microsocial, y no como una propiedad, como algo que se pudiera poseer o enajenar. De ahí que autoras como Judith Butler[2] apuesten, muy foucaultianamente, por una proliferación de los frentes de lucha y por una movilización transversal que discurra dinámicamente a través de esos frentes; en estos términos, no cabría tampoco una oposición pura al Poder, sino la fractura y recomposición de las líneas de dominio desde pautas emancipatorias de suyo múltiples.

Es Michel Foucault precisamente quien con su análisis de las relaciones recíprocas entre el conocimiento, el poder y la sexualidad se transforma en el catalizador intelectual más importante de la teoría queer; y, más en concreto, el Foucault tardío, el autor de esa monumental y provocadora contranarrativa de la historia sobre la represión sexual victoriana, vigente durante largo tiempo, que cedió el paso a una progresiva liberación e ilustración en el siglo XX[3], que es su inconclusa Historia de la sexualidad[4]. En éste y otros escritos, Foucault rechaza la llamada hipótesis represiva y ofrece una aproximación estratégica a la cuestión del poder: el poder no es sólo ni principalmente violenta negatividad; el poder es, en realidad, generador y productivo. En cierto modo, construye o al menos da forma a aquello que quiere conocer para dominarlo. Conforme a la interpretación más extendida, la época victoriana sería un período histórico en el que impera la represión de los impulsos sexuales y, en consecuencia, por el ocultamiento o silenciamiento de los discursos centrados en tales impulsos. Pero la propuesta de Foucault es completamente distinta: lo cierto –afirma- es que en el siglo XIX aparece una suerte de scientia sexualis, una densa proliferación de discursos procedentes de instancias institucionales diversas que giran en torno a la sexualidad y que tratan de establecer su verdad. Una verdad sexual que al mismo tiempo determina la verdad más íntima de las subjetividades estudiadas / controladas.

Es fundamental hacer mención aquí a los conceptos foucaultianos de episteme[5] y de dispositivo[6], nociones que la teoría torcida se apropiará más tarde y empleará como instrumentos de análisis sociológico y como armas de combate contra las pretensiones esencialistas y totalizantes de la heteronormatividad. El primero se refiere –parafraseando al propio Foucault- a un conjunto de relaciones capaces de unir en una época dada prácticas discursivas que dan lugar a determinadas figuras epistemológicas y que conforman dispositivos y disciplinas que están determinados por las prácticas sociales y el poder que las atraviesa, a través de prácticas tanto discursivas como no discursivas. Por eso, a Foucault no le interesa descubrir la verdad de la sexualidad humana, sino más bien indagar en las condiciones epistémicas y en los dispositivos que posibilitan que una tal verdad se genere históricamente. Un ejemplo que puede resultar fértil es el de la praxis psicoanalítica. Hablando con propiedad el psicoanálisis no descubre, como querría, ninguna verdad íntima en la psique del paciente; en realidad –afirma Foucault- lo que el psicoanalista hace es incitar a la producción de un conocimiento sobre la sexualidad que es, en sí mismo, cultural más que natural, y que contribuye al mantenimiento de relaciones específicas de poder. Tumbado en el diván, el paciente se confiesa y en su confesión produce una narrativa de su sexualidad, interpretada por una figura de autoridad. La verdad que resulta revelada en este proceso no es descubierta sino producida: existe como conocimiento dentro de un discurso específico y está vinculada al poder[7].

No es casualidad que el nacimiento del psicoanálisis coincida en el tiempo con la conceptualización de la homosexualidad e incluso con la acuñación del término, que –como es sabido- debe su aparición en el año 1869 al médico húngaro Karl Benkert. Porque –según Foucault- la categoría homosexual –como, por otro lado y en contextos diferentes, la de delincuente– no es tanto una identidad que habría que desvelar, descubrir y, en último término, curar o reprimir, cuanto una categoría construida dentro de una determinada práctica discursiva y de dominio que, desde luego, estaría muy lejos de ser políticamente inocente. El término homosexual y los que forman parte de su familia semántica designan ahora una identidad substancial y coagulada, una especie social perfectamente delimitada y, en consecuencia, reconocible como tal. El homosexual es un tipo aberrante de ser humano definido por una sexualidad perversa.

Las “tecnologías del sexo –comenta Spargo- se concibieron para preservar y promover una población (o fuerza laboral) productiva y procreadora, susceptible de satisfacer las necesidades de un sistema capitalista en desarrollo. La unidad clave de este orden social era la familia burguesa, en cuyo seno se engendraría la futura fuerza laboral”. Tras o por debajo de la matriz simbólica heterosexual / homosexual que se haya en el corazón mismo de un régimen de la sexualidad sometido a las exigencias de la heteronormatividad hegemónica lo que se hallaría, conforme al pasaje citado, sería un imperativo procreativo desde cuyos postulados la homosexualidad tiene necesariamente que ser contemplada como una aberración inadmisible. Dentro de dicha oposición binaria, el segundo término es un término no sólo marcado, sino también manchado, contaminado y susceptible de transmitir el contagio; vampírico, como señala con cierta ironía Ricardo Llamas[8].

En consecuencia, cualquier práctica militante que tenga vocación auténticamente emancipadora habrá de proponerse como primer acto de subversión escapar a la cárcel semiótica de lo que Judith Butler llama la matriz heterosexual. Dicha matriz parece producirse en el entrecruzamiento de los esquemas axiales heterosexual / homosexual, como ya venimos afirmando, pero también hombre / mujer, que en ambos casos presentan como elemento marcado o suplemento (Derrida) al segundo de cada par. Así, si el homosexual es aberrante y vampírico, la lesbiana podría ser considerada como identidad tachada, como el grado cero del régimen del placer; literalmente: el agujero en la rosquilla. Y es justamente este juego de identidades / oposiciones el que la teoría queer se propone deconstruir y poner en cuestión.

La heteronormatividad es la norma. Sin más. Es algo natural, inamovible. Nadie en su sano juicio, tan sólo una loca, pondría en duda que un hombre es un hombre y una mujer es una mujer. Que la anatomía es el destino es un enunciado que se impone con la fuerza de la evidencia. Si vamos un poco más allá, podemos incluso afirmar que lo propio del hombre es dar y lo propio de la mujer, recibir; o dicho de otro modo, que el hombre es el elemento activo de la dicotomía y la mujer el pasivo y, consecuentemente, constituyen una pareja de términos complementarios. Un hombre que recibe es un invertido, un monstruo, un ser –como se decía en otros tiempos- contra natura; una mujer que juega a ser hombre no se sabe muy bien lo que es. He aquí reducido a una síntesis acaso un tanto caricaturesca el discurso heteronormativo hegemónico, aquello cuya supuesta naturalidad la teoría queer siguiendo la estela de Foucault va a contestar y someter a una crítica despiadada.

De hecho, Foucault ya lo había dejado meridianamente claro en una de sus últimas entrevistas: “La sexualidad forma parte de nuestro comportamiento, es un elemento más de nuestra libertad. La sexualidad es obra nuestra – es una creación personal y no la revelación de aspectos secretos de nuestro deseo-. A partir y por medio de nuestros deseos, podemos establecer nuevas modalidades de relaciones, nuevas modalidades amorosas y nuevas formas de creación”. La importancia de este hallazgo metodológico y también estratégico podría ilustrarse recurriendo a una imagen de inspiración platónica. Imaginemos a alguien que está a oscuras en un cubo de piedra de dimensiones imprecisas. En uno de los muros se ha hecho una perforación con una aguja extremadamente fina que lo atraviesa de parte a parte. Cuantitativamente, el hilo de luz que penetra por el minúsculo hueco es despreciable, pero su valor para el cautivo puede ser enorme: informa de la presencia del muro y advierte de su vulnerabilidad.

La defensa foucaultiana del modelo estratégico o guerrero de abordar la cuestión del poder, frente a la habitual basada en aproximaciones de orden jurídico-estatal, presenta también aquí una relevancia fundamental. Porque si el poder es considerado por Foucault como una relación dinámica y tensa de fuerzas que penetra en todo el entramado social, podría asegurarse que en la ley de la heteronormatividad se oculta la trampa de un discurso autorreferencial y disidente, autónomo y liberador. El poder que produce nuevas subjetividades objetivadas, esencias sociales tales como las que venimos nombrando –homosexual, delincuente o incluso hombre y mujer– no puede, en consecuencia, escapar a la eventualidad de que esos nuevos sujetos se autonomicen y empiecen a producir su propia palabra. Siempre queda el riesgo de que se genere un contrapoder sexual capaz de desbaratar los presupuestos del Régimen de afectos y de placer dominante. Ahora bien, esa capilaridad del poder exige –frente y contra la imagen tradicional- a un/a militante particularmente atent@, flexible, volátil, capaz de discurrir con fluidez por las redes multiples en las que se trenza el dominio. Que cada desalojo lleve a cien, mil ocupaciones.

De nuevo Foucault: “Las relaciones que debemos trabar con nosotros mismos no son de identidad, sino más bien de diferenciación, creación e innovación. Es un fastidio ser siempre el mismo”. Y para ello no basta con la simple oposición al poder, con eso que suele llamarse resistencia: “Debemos ir más allá –recomienda el mismo autor- y uno de los factores de estabilización pasa por la creación de nuevas formas de vida, relaciones, tratos amistosos en la sociedad, en el arte y en la cultura, de nuevas formas que se establecerán a partir de nuestras opciones sexuales, éticas y políticas. No se trata sólo de defendernos, sino también de afirmarnos y no únicamente en lo concerniente a la identidad sino en lo que hace referencia a la capacidad creativa”. Y la reivindicación de la creatividad incluso en lo que se refiere a las políticas de género y del sexo se funda en las premisas epistemológicas que se citaban más arriba: también el sexo y el género, más allá de cualesquiera determinaciones de tipo biológico, están mediadas y determinadas por los discursos y dispositivos que tratan de establecer sus límites y su verdad o, lo que es lo mismo, su gestión y su control.

Aunque el núcleo teórico de la teoría queer ya se encontraba, pues, prefigurado en los trabajos de Foucault y de otros autores de lo que –empleando etiquetas no del todo esclarecedoras- se conoce como estructuralismo y post-estructuralismo (Lacan o Derrida), es en Tracking the Vampire, un breve ensayo que la profesora universitaria californiana Sue-Ellen Case da a la estampa en el año 1991[9], y en un artículo de Teresa de Lauretis editado en la revista Differences[10] por las mismas fechas donde por vez primera aparecen los términos queer theory de forma explícita. Sin embargo, sus conceptos básicos ya habían quedado establecidos, también en el marco de la crítica feminista, en la que pasa por ser la obra inaugural de esa teoría torcida que aquí nos ocupa: el libro de Judith Butler Gender Trouble, publicado apenas un año antes[11]. El texto de Butler ofrecía una forma novedosa de aproximarse a las cuestiones relacionadas con la política de género; su intención última era romper ciertos apriorismos en torno a los vínculos establecidos entre el sexo, el género y el deseo, y mostrar la inconsistencia de los presupuestos naturalistas en que se basa la matriz heterosexual. Un juego de oposiciones en el que también habría quedado atrapado el feminismo al considerar que las mujeres constituyen un grupo separado que compartiría unas características e intereses comunes. El género no es para Butler una esencia fija que, a su vez, sería expresión necesaria y natural de la genitalidad (masculina o femenina) de que se trate en cada caso, sino, por el contrario, algo fluido y mudable que responde más al modo en que nos comportamos en distintos contextos y diferentes situaciones que a quienes somos. Así pues, ni el sexo ni el género establecen la verdad sobre nuestra identidad, como habría querido el psicoanálisis ortodoxo; son –como dice la propia Butler- performances:

“When the constructed status of gender is theorized as radically independent of sex, gender itself becomes a free-floating artifice, with the consequence that man and masculine might just as easily signify a female body as a male one, and woman and feminine a male body as easily as a female one.”[12]

La noción de performance, sin embargo, se reveló pronto como poco clara y un tanto conflictiva para la propia Butler. Los críticos más tempranos y hostiles de su obra satirizaron la propuesta de la autora señalando que, según su punto de vista, el género que cada cual decidiese vestirse y calzarse cada día podría perfectamente depender del ánimo y la voluntad de los individuos particulares. Para deshacer la confusión, Butler subraya, en primer lugar, que las representaciones sexuales y genéricas están limitadas tanto por el peso de representaciones pasadas como por las interacciones sociales, y lleva además a cabo un meditado afinamiento conceptual en un texto inmediatamente posterior. Así, en Critically Queer, un ensayo incluido en Bodies that Matter[13] el término performance es sustituido por el de performatividad. “El primero –matiza Butler- presupone al sujeto; el segundo pone en cuestión la propia noción de sujeto”[14]. El término –como es fácil reconocer- está tomado de la filosofía austiniana del lenguaje filtrada a través de la lectura de los textos de Jacques Derrida y designaría –según la autora- aquel aspecto del discurso que tiene la capacidad de producir lo que nombra. Categorías como las de mujer u homosexual, en consecuencia, serían el producto social de determinadas prácticas discursivas que tienen como consecuencia última el sometimiento y / o la exclusión de aquello que mientan.

“If identities were no longer fixed as the premises of a political syllogism, and politics no longer understood as a set of practices derived from the alleged interests that belong to a set of ready-made subjects, a new configuration of politics would surely emerge from the ruins of the old.”[15]

En conclusión, si no sólo el género, sino también el sexo y el cuerpo son algo continuamente producido y reproducido a través de nuestras representaciones diarias, es posible resignificar sus respectivos espacios simbólicos y generar nuevos sentidos y representaciones que no estén sometidos a la disciplina heternormativa ni a los imperativos que derivan de las identidades congeladas que dominan la matriz heterosexual y el régimen de los placeres que esta última impone, y en último término inventar nuevas formas de convivencia y socialidad. Negri y Hardt han sido particularmente lúcidos al ver en la proyección política de la queer theory un excelente ejemplo de un proyecto preformativo colectivo de rebelión y de creación que trasciende su aplicación a la crítica feminista y a las realidades gays y lesbianas. “No se trata en realidad de una afirmación de las identidades homosexuales –escriben-, sino de una subversión de la lógica de la identidad en general. No hay cuerpos queer, sino sólo carne queer que reside en la comunicación y la colaboración de la conducta social”[16]. Necesitamos una teoría torcida para las identidades difusas del nuevo proletariado multitudinario y posfordista.

Algunas autoras y autores queer:

Teresa de Lauretis, Judith Butler, David Halperin, Gayle Rubin, Martha Vicinius, Diana Fuss, Cindy Patton, Joseph Bristow, Ricardo Llamas, Simon Watney, Ed Cohen, Jonathan Dollimore, Lee Edelman, Alan Sinfield, Ivonne Yarboro-Bejarano, Eve Kosofsky Sedgwick, Leo Bersani, Sue-Ellen Case.




[1] (1998) LLAMAS, Ricardo, Teoría torcida. Prejuicios y discursos en torno a “la homosexualidad”, Siglo XXI de España Editores, Madrid.

[2] (1994) OSBORNE, Peter y SEGAL, Lynne, Gender as Performance: An Interview with Judith Butler, Radical Philosophy, nº 67, Radical Philosophy Ltd, Londres.

[3] (2004) SPARGO, Tamsin, Foucault y la teoría queer (Tr. Gabriela Ventureira), Editorial Gedisa, Barcelona, pp. 14, 19.

[4] (2005) FOUCAULT, Michel, Historia de la sexualidad (3 Vol.), Siglo XXI de España Editores, Madrid.

[5] (1979) FOUCAULT, Michel, Las palabras y las cosas, Siglo XXI, Méjico.

[6] (1977) FOUCAULT, Michel, La arqueología del saber, Siglo XXI, Méjico.

[7] (2004) SPARGO, Tamsin, Op. Cit., pp. 23-4.

[8] (1998) LLAMAS, Ricardo, Op. Cit., pp. 152-3.

[9] (1997) CASE, Sue-Ellen, Tracking the Vampire, in Writing on the Body: Female Embodiment and Feminist Theory, K. conboy, N. Medina, and S. Stanbury, eds., Columbia University Press.

[10] (1991) DE LAURETIS, Teresa, Queer Theory. Lesbian and Gay Sexualities, Differences: A Journal of Feminist Cultural Studies 3, 2, pp.3-18.

[11] (1990) BUTLER, Judith, Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity, Routledge, Londres.

[12] (1990) BUTLER, Judith, Op. Cit., pp. 6.

[13] (1993) BUTLER, Judith, Bodies that Matter: On the Discursive Limits of “Sex”, Routledge, Londres.

[14] (1994) OSBORNE, Peter y SEGAL, Lynne, Op. Cit.

[15] (1990) BUTLER, Judith, Gender Trouble, pp. 149.

[16] (2006) HARDT, Michael y NEGRI, Toni, Multitud (Traducción de Juan Antonio Bravo), DeBOLS!LLO, Barcelona, pp. 236.

11 pensamientos en “QUEER (TEORÍA)

  1. colaboratorio1 Autor de la entrada

    ¿Te importaría ampliar algo más tu comentario? No acabó de pillarlo…

    Responder
  2. colaboratorio1 Autor de la entrada

    Quizá ese antónimo de multitud sea singularidad. Pero la Multitud se compone de singularidades y la singularidad es expresión de multidud de componentes inmanentes rekombinados. Es un poco oximórico el asunto. Singular multitudinario. Multitud singularizada.

    Responder
  3. claudia

    quisiera saber mas sobre la defensa social que promueven respecto a la teoria queer, es estos momentos escribo un ensayo sobre el homosexualismo y esta teoria

    Responder
  4. colaboratorio1 Autor de la entrada

    No entiendo bien tu consulta. ¿A qué te refieres con ‘la defensa social que promovemos respecto a la TQ’?

    Responder
  5. Naxos

    Hola!
    Me pareció muy bueno tu artículo, de verdad. Una pregunta que no me quedó clara: por qué la lesbiana vendría a ser “como el grado cero del régimen del placer”?

    Responder
  6. colaboratorio1 Autor de la entrada

    Bastaría con que cruzases los dos pares de oposiciones a los que se hace referencia en el texto (heterosexual / homosexual y hombre / mujer) y que constituyen la malla elemental de la matriz heterosexual de la que habla Butler. En la lesbiana se reúnen los dos términos marcados de este juego de oposiciones (homosexual + mujer): se trata, pues, de una suerte de identidad ausente o tachada. El sintagma empleado, claro está, es una analogía que tiene su origen en el conocido texto de Roland Barthes ‘El grado cero de la escritura’; en su prólogo, Barthes, que habla –entre otras cosas- de la ‘escritura blanca’ de Camus, señala que ésta “realiza un estilo de la ausencia que es casi una ausencia ideal de estilo”. No sé si te aclaro algo o todo lo contrario…

    Responder
  7. Daimary

    Hola. Tu ensayo, muy claro. Lo utilizaré como fuente en mi tesis. Sólo para corroborar, tu nombre es: Diego L. Sanromán ¿Cierto?

    Responder
  8. Pingback: EL MUY ARGENTINO PANICO A LA VAGINA BY JUANITA BLEE | LOVEARTNOTPEOPLE

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s