Derecho de Resistencia – Paolo Virno (2004)

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Traducción: Diego L. Sanromán.

Seattle, Niza, Praga, Génova: el movimiento new global ha ganado visibilidad e influencia gracias a la repetida y dramática ruptura del orden público. Negarlo no es, desde luego, un crimen; como no es un crimen, por otra parte, sostener que los niños nacen de los repollos. Es tan sólo una estupidez autodestructiva. Si no se quiere ‘salir del siglo XX’ caminando como los cangrejos, es decir, disertando sobre los excesos de la Comuna de París y frunciendo el ceño ante el recuerdo de la arrogancia sanguinaria de Cromwell, conviene plantearse una cuestión espinosa: ¿cómo concebir el uso de la fuerza hoy, en la época de la ruina del Estado moderno y de su ‘monopolio de la decisión política’?

Sería fácil explicar a Giampaolo Pansa (que, en La Reppublica de ayer, entonó un lívido mantra contra el movimiento de 1977) por qué fue algo bueno expulsar a Luciano Lama de la Universidad de Roma en febrero de ese lejano año. Fácil, pero inútil. Los que importa es orientarse en el presente, después de que muchas de las viejas brújulas hayan quedado inutilizadas. Todo aconseja no abandonarse a ninguna forma de fetichismo con respecto a la no-violencia y la violencia. Es ciertamente estúpido identificar la radicalidad de una lucha con su tasa de ilegalidad. Pero no lo es menos elevar la moderación al rango de inoxidable criterio-guía de la acción. Por otro lado, no hay que preocuparse demasiado: el paso de la fase de latencia del conflicto a la visibilidad se encarga siempre de arrollar los ‘eternos principios’ adoptados uno tras otro por los políticos profesionales. Sobre la antigua, aunque no agotada, cuestión de las formas de lucha la discusión se mueve en círculos, abandonándose a sofismas privados de sutileza y a citas passepartout. Bien mirado, preludia los efectos en cadena de una drástica mutación del paradigma teórico. Una mutación tal que escinde lo que parecía indisociable y que aproxima lo que se emplazaba en las antípodas. En pocas palabras: la lucha contra el trabajo asalariado, a diferencia de la lucha contra la tiranía o contra la indigencia, ya no es correlativa a la enfática perspectiva de la ‘toma del poder’. Precisamente en virtud de sus muy avanzadas características, se perfila como una transformación enteramente social, que se confronta de cerca con el ‘poder’, pero sin soñar con una organización alternativa del Estado, y que apunta, sin embargo, a la reducción y a la extinción de cualquier forma de mando sobre la actividad de las mujeres y los hombres y, en consecuencia, del Estado tout court. O lo que es lo mismo: mientras la ‘revolución política’ era considerada antes la premisa inevitable para modificar las relaciones sociales, este botín ulterior se convierte ahora en el paso preliminar. La lucha puede desarrollar su carácter destructivo, únicamente si ya destaca en altorrelieve un modo distinto de vivir, de comunicar, e incluso de producir. Sólo, en suma, si tiene algo que perder aparte de sus propias cadenas.

El tema de la violencia, idolatrado o exorcizado, ha estado de todos modos estrechamente ligado a la ‘toma del poder’. ¿Qué pasa cuando se considera la forma existente del Estado como la última posible, merecedora de corroerse y transformarse en ruinas y no, desde luego, de ser reemplazada por un Hiperestado ‘de todo el pueblo’? ¿Se convierte quizá la no-violencia en el nuevo culto que ha de oficiarse? Parece que no. En el peor de los casos, y he aquí un oxímoron imprevisto, el recurso a la fuerza ha de concebirse con relación a un orden positivo que debe defenderse y salvaguardarse. El éxodo del trabajo asalariado no es un gesto cóncavo, una sustracción algebraica. Huyendo, estamos obligados a construir relaciones sociales diferentes y nuevas formas de vida; se requiere mucho gusto por el presente y mucha inventiva. En consecuencia, el conflicto se pondrá en marcha para preservar eso ‘nuevo’ que entretanto se haya instituido. La violencia, si la hay, no se ejerce para ‘los mañanas que cantan’, sino para prolongar algo que ya existe, si bien sea informalmente. Frente a la hipocresía, o la ligereza crédula, que marca hoy la discusión en torno a la legalidad y la ilegalidad, conviene volverse hacia una categoría premoderna: el ius resistentiae, el derecho de resistencia. Con esta expresión, en el derecho medieval no se hacía referencia en absoluto a la obvia facultad de defendernos cuando se nos agrede, pero tampoco a un alzamiento general contra el poder constituido. La distinción es clara con respecto a la seditio y a la rebellio, en las cuales se da un movimiento contra el conjunto de las instituciones vigentes para edificar otras. El ‘derecho de resistencia’ tiene, en cambio, un significado muy peculiar, y puede ejercerse siempre que un gremio de artesanos, toda la comunidad, o incluso un individuo, vean alteradas por el poder central sus prerrogativas positivas, válidas de hecho o por tradición.

El aspecto destacado del ius resistentiae, aquello que lo convierte en el último grito en la cuestión legalidad / ilegalidad, es la defensa de una transformación de las formas de vida efectiva, tangible, que ya ha tenido lugar. Los grandes o pequeños pasos, los hundimientos o los deslizamientos de la lucha contra el trabajo asalariado admiten un derecho de resistencia sin límite, al tiempo que excluyen una teoría de la guerra civil.

PAOLO VIRNO EN LA WIKIPEDIA

VERSIÓN EN ITALIANO

VERSIÓN EN FRANCÉS

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