Si es que somos humanos – Yves Le Manach

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Yves Le Manach es un tipo curioso: eso que en otros tiempos solía llamarse un ‘espíritu libre’ y, por lo tanto, incómodo. Obrero-ajustador que fue incapaz de encontrar acomodo en los espacios escolares y académicos, participó en algunas de las experiencias contestatarias más interesantes de la segunda mitad del pasado siglo. Huyendo de la esclerosis ideológica, saltó de las filas del PCF a organizaciones de izquierda comunista de tonalidades más o menos trotskistas y se acercó a los medios ácratas; después se sintió atraído por las propuestas de los socialbarbares y de los situacionistas, con los que se encontrará en diferentes lugares durante las movidas de Mayo. Tras el reflujo de las revueltas publica Bye-bye turbin (Editions Champ libre, 1973), que será uno de los libros más robados en las tiendas del Barrio Latino.

El texto que viene a continuación es una traducción de un artículo aparecido en el número 180 (enero de 1996) de la revista belga Alternative Libertaire. La versión original en francés puede encontrarse AQUÍ.

* * *

Traducción: Diego L. Sanromán. 

Por instinto, la bestia inteligente se anticipa al deseo de su amo”.
Lu Xun, Huída hacia la luna.

La bestia arrebata a su amo el látigo y se fustiga a sí misma para transformarse en amo…”
Kafka, Diarios.

El militante no conoce la duda

Más allá de nuestras convicciones, los hábitos que heredamos de nuestro medio social, de nuestra escolarización, de nuestras lecturas, de nuestros encuentros… influyen en nuestra manera de aprehender el mundo. Y así divulgamos un conjunto de ideas, en las cuales creemos con certeza, pero que acaso son irracionales pues rara vez son objeto de un debate particular.

Puede percibirse un comportamiento semejante en lo que concierne a una noción como ideología. Algunos parecen pensar que la ideología es un útil del cual debemos servirnos (1), mientras otros parecen pensar que una actitud ideológica es criticable (2). En función de nuestra posición respecto a esta noción, tendremos actitudes diferentes frente a nociones tales como militantismo, trabajo o clase obrera.

La noción de ideología fue desarrollada por Marx y, en consecuencia, han sido los marxistas quienes más se han enfrentado en torno a esta cuestión. Según defiendan la necesidad de poseer una ideología marxista o critiquen toda ideología como expresión de una separación social, los marxistas se dividen en marxista ortodoxos (marxistas-leninistas) o marxistas no-ortodoxos (a menudo cercanos al espíritu libertario). Wilhelm Reich decía que “la ideología de una sociedad no sólo refleja sus procesos económicos, sino que tiene también como función la de inculcar los procesos económicos en la estructura psicológica de cada elemento que compone dicha sociedad” (3). Y Fredy Perlman que “el papel de la ideología capitalista es mantener el velo que impide a la gente ver que sus propias actividades reproducen la forma de su vida cotidiana” (4).

La ideología ha sido definida como mentira, como mistificación, como falsa consciencia… en pocas palabras, como lo contrario de un pensamiento libre. Por dondequiera que se dé ideología en la sociedad burguesa, se da también –para los marxistas y los anarquistas- el peligro de ver aparecer ese discurso “que tiene como misión enmascarar la división y el conflicto, ofrecer la apariencia de homogeneidad social” (5). Me parece sorprendente que la cuestión de la ideología aún no se haya resuelto en el caso de los anarquistas. ¿Significa esto que también ellos están divididos en ortodoxos y no-ortodoxos? Tal cosa explicaría, en todo caso, la actitud militante que se refleja en ciertos artículos, actitud que completa la actitud ideológica.

La ideología se caracteriza por la posición de poder del discurso mantenido por quien la difunde: “yo, la ideología, hablo; soy la única verdad”. El militante es aquel que divulga la verdad ideológica. El militante se encuentra en una relación jerárquica con respecto a su pensamiento; considera que los teóricos del pasado han respondido a todas las preguntas y que no hay más que seguir las instrucciones de uso. La facultad de pensar no es para él el medio de una relación social, el lugar de un intercambio, sino el de una verdad impersonal que debe hacer triunfar. Cuando el militante lucha, es siempre para “servir al pueblo”, con la segunda intención de atraer al pueblo a su capilla.

En realidad, el militante se sirve del pueblo. Cuando un militante, mediante su trabajo de militante, pretende sensibilizar y hacer que sus colegas de taller actúen (6), se encuentra con respecto a estos últimos en una relación de poder: detenta la verdad y pretende educarlos, en nombre de su verdad, contra las verdades concurrentes. Pero lo que no sabemos es quién educa a los educadores. El militantismo es un trabajo. El militante se encuentra, en relación con su actividad, en la misma que situación que frente al salario: en una situación de sacrificio. Los bolcheviques hablaban antaño de generación sacrificada. No contento con trabajar para el patrón, el militante trabaja también para su ideología; está doblemente alienado, por su empleador y por su propio pensamiento. No reprocho a los militantes que luchen; les reprocho que lo hagan en nombre de todos los pobres y, en consecuencia, en mi nombre, cuando yo no les he pedido nada.

La crítica del militantismo fue reafirmada en los años 60 en ciertos ambientes anarquistas, ultraizquierdistas o situacionistas en oposición a los métodos leninistas. Al denunciar el militantismo como una alienación de la misma naturaleza que el salario, quienes mantenían este debate planteaban la cuestión de nuestra implicación en el mundo. Ningún teórico del pasado, por muy convincente que sea, puede dispensarnos de pensar por nosotros mismos. El pensamiento no es una cuestión de verdades, es una relación entre las gentes, una praxis. Sólo un auténtico debate puede determinar nuestra acción común, que debe expresar nuestro deseo personal de emancipación.

Sólo el hombre preenvasa sus lonchas de jamón

Los ideólogos, que tienen una concepción ideológica de la implicación –el militantismo-, tienen también una concepción ideológica del trabajo: el utilitarismo. Consideran el trabajo como una alienación existencial, como una obligación inherente a nuestra naturaleza. Georges Lefranc expresa esta tendencia cuando escribe: “El trabajo es una ocupación diaria a la cual el hombre y la mujer están condenados por sus necesidades” (7). Para ambos, la única finalidad del trabajo es responder a sus necesidades de consumo. Mientras que las formas de vida más primitivas satisfacen sus necesidades mediante una relación orgánica con el medio, sólo los hombres estarían condenados a preenvasar sus lonchas de jamón y hacer de su vida mera supervivencia.

El trabajo no se nos impone con la ineluctabilidad de una epidemia de gripe. No estamos obligados a trabajar. Según un proverbio taoísta, “apaciblemente sentados, sin hacer nada, llega el otoño y las castañas caen por sí solas”. Si trabajamos, es porque somos humanos. Así lo afirma Jean-Pierre Voyer: “Los hombres, sencillamente para vivir, y para vivir como hombres y no sólo como animales, deben ser capaces –dicha capacidad es la que se niega a los esclavos asalariados o no, a los sometidos, a los pobres de todos los tiempos- de utilizar sus necesidades animales, la satisfacción de sus necesidades de comer, de beber, de alojarse, de vestirse con fines de comunicación, como materia de comunicación” (8). Es lo que la sociedad burguesa llama libertades individuales de pensamiento y expresión. Al contrario de lo que dicen las hermanas de la caridad, la dignidad no está en el trabajo; está en la comunicación, en el intercambio. Si es que somos humanos.

La finalidad del trabajo no es producir, sino proporcionar un pretexto para reunirse en torno a la mesa de trabajo, con salchichones, cámemberts y botellas de vino, para charlar, amarse, pelearse y reconciliarse. Lo más apasionante en el trabajo son los contactos humanos. Es la parte que se reservan los patronos en forma de cenas y viajes de negocios, mientras los demás nos quedamos en la trastienda, entre el silencio de los hombres y el barullo de las máquinas.

Como el valor de cambio, la comunicación, se le aparecía bajo la forma alienada del mercado, de la mercancía, del dinero y del salario, Marx pensaba que tal valor era la dimensión negativa del trabajo, la parte del patrón. En consecuencia, se refugió en lo que le parecía era la dimensión positiva del trabajo, la parte del obrero: el valor de uso. Un coche, una tele, una plancha, un kilo de chucrut, un kilo de cuscús, cien gramos de caviar, una botella de vino, un vaso de agua mineral, al menos esto es algo concreto, que se consume, se mastica, se bebe, se deglute y se digiere. ¡Costumbres de protozoarios!

G. de Pawlowski decía que “nada humano existe al margen de lo artificial” (9). El trabajo no es una relación con la naturaleza, sino una relación con la naturaleza mediada por lo artificial. El trabajo es inmediatamente el producto de una relación social entre todos los seres humanos. Si el trabajo es el producto de una relación social y si el trabajo está alienado, esto significa que el vínculo social mismo está alienado. Para que haya trabajo, es decir, comunicación, es necesario que haya humanidad. El trabajo es inmediatamente un resultado de la cultura humana y sólo una cultura alienada puede producir algo tan estéticamente feo como el salario.

Así pues, no ha de buscarse la posibilidad de criticar el salario en el desarrollo de las fuerzas productivas o en una revolución ideológica cualquiera; tal posibilidad ha de buscarse en las disfunciones de nuestras relaciones sociales. Y la cuestión de la calidad de las relaciones sociales no se plantea en términos de devenir histórico, sino en términos de inmediatez. Nada puede justificar, inmediatamente, que un hombre transforme a otro hombre en mercancía con la cual pueda especular, en mercancía que puede economizar o despilfarrar. En esto reside el escándalo del capitalismo, y yo no veo en nombre de qué aumento del salario deberíamos esperar a la próxima generación para denunciar tal escándalo y devenir humanos. No estoy en contra de los derechos económicos. Sólo digo que no deben tomarse separados de la calidad de nuestras relaciones sociales. Si es que somos humanos.

Los obreros no son humanos más que por suerte o por azar

Los utilitaristas, que tienen una concepción ideológica del trabajo, tienen también una concepción ideológica del hombre: el obrerismo. Algunos textos de este folleto hacen referencia a los “trabajadores”, a las “luchas de los trabajadores”, a la “clase obrera”… como si el hecho de pertenecer a tal grupo social implicase una consciencia cualitativa capaz de salvar a la humanidad. La clase obrera, en cuanto constituiría la clase de la consciencia humana que persigue un destino universal, no existe. Los trabajadores no existen en cuanto clase de la consciencia humana por la simple razón de que no comienzan a existir, en tanto que clase, más que a partir del momento en se aliena su humanidad. Los trabajadores pueden existir, en tanto que clase obrera, únicamente porque se encuentran desposeídos de su capacidad de comunicar. Si no, ¿dónde estaría el problema?

Como personas independientes, los trabajadores son individuos aislados que entran en relación con el capital, pero no entre ellos. Su existencia, en tanto que clase, no comienza sino en el proceso de trabajo, pero, al haber firmado un contrato de subordinación, deja de pertenecerles. Desde el momento en que entran en dicho proceso quedan incorporados al movimiento del capital. En cuanto cooperan con el capital –pues forman los miembros de un organismo activo- no son más que un momento particular de la existencia de ese capital. En el mercado son mercancías, en la empresa son el apoyo tecnológico de las máquinas. Si el proletario “alcanza lo humano es que ha logrado –por suerte o por voluntad- superar la vida proletaria” (10). He aquí el drama metafísico de los asalariados: no son inmediatamente humanos, más que por suerte o por azar. Y alcanzar lo humano, en solitario, por suerte o por azar, en un mundo totalmente programado, es más un sufrimiento que una liberación.

Mientras que, desde el punto de vista del capitalismo, los trabajadores no son otra cosa que una categoría económica, al situar el antagonismo social entre el capitalismo y la clase obrera, los obreristas sobredeterminan ideológicamente a los trabajadores.  Dejan entender que los capitalistas podrían reconocerles una parte de existencia aleatoria, que les permitiría negociar sus condiciones de vida con una cierta independencia. Dicha independencia podría llegar incluso a poner en cuestión su función en el seno del orden económico, amenazando al mismo tiempo la estabilidad de tal orden.
La relación entre la burguesía capitalista y la clase obrera no es de la misma naturaleza. La experiencia muestra que, siempre que los asalariados han puesto en cuestión las condiciones del capital, incluso por medios pacíficos, las respuestas han sido brutales y totalitarias. A pesar de las apariencias consensuales, los trabajadores se encuentran en situación de exclusión; son seres totalmente cosificados que, ciertamente, no disponen del privilegio de negociar. Para este fin, sería necesario que tuviesen la capacidad de comunicar, pero es precisamente porque no poseen dicha capacidad por lo que son asalariados. El antagonismo no se da entre el capitalismo y la clase obrera, sino entre el capitalismo y la humanidad. Si es que somos humanos.

Abajo la clase obrera

Al mantener el mito de que la sociedad se encuentra esencialmente dividida entre el capitalismo y la clase obrera, los obreristas mantienen el mito conforme al cual existiría, en la fisiología de la especie, una naturaleza obrera específica. La humanidad no es un hormiguero; no estamos biológicamente divididos en reinas, guerreras y obreras. Si estamos divididos en capitalistas y en mercancías, no es por naturaleza, sino a causa de un hecho social discriminatorio. Si no, ¿dónde estaría el problema?

No es sólo los trabajadores no hayan constituido jamás una clase revolucionaria, sino que además el movimiento obrero resultó vencido a partir del momento mismo en que se forjó el concepto de clase obrera, a partir del momento en el que la universalidad humana de dicho movimiento quedó fijada en un determinismo político y tecnológico que desembocaba en el uso utilitario de una categoría de la población.

La clase obrera no es una clase por sí misma, sino una clase por y para el capital. Sus luchas son discontinuas y, como la mayor parte del tiempo no son más que respuestas a las contradicciones internas de la economía, no nos dicen nada sobre el grado de consciencia alcanzado por dicha clase en el transcurso de tales luchas. El hecho de que, casi siempre, las luchas decaigan una vez se han superado las contradicciones, no es indicio de un grado demasiado elevado de la permanencia de esa consciencia. Incluso a través de sus luchas, la clase obrera es todavía una categoría de la economía. Como decía Fredy Perlman, incluso mediante sus luchas, la clase obrera se produce y se reproduce en tanto que asalariada. Y es precisamente en esto en lo que consiste el fenómeno de la cosificación.

Los obreros tienen demasiada mentalidad de obreros

Si la clase obrera existe también en tanto que categoría política, si es que puede existir disfrazada de una presencia permanente en la escena política, es únicamente a través de los partidos políticos y de su ideología obrerista. Es la burguesía burocrática la que organiza el espectáculo de la clase obrera con el fin de apropiarse del privilegio de su representación. Solamente por los intereses de la burguesía burocrática, los trabajadores existen en tanto que capital político, oponible al capital económico de la burguesía capitalista, y tales intereses apuntan a la recomposición del Estado con el objetivo de participar en la gestión del mundo. Gracias precisamente a la condescendencia de la burguesía burocrática por los intereses categoriales de los asalariados, los asalariados quedan desposeídos de su dimensión universal. Si los asalariados quieren existir como seres humanos (y no como mercancías), es necesario no sólo que se emancipen de la sobredeterminación económica y jurídica que les es impuesta por los capitalistas, sino que se emancipen además de la sobredeterminación política y utilitarista que les es impuesta por la burguesía burocrática. El salario es una condición de ánimo; su abolición, también. Es preciso que los obreros dejen de tener mentalidad de obreros. Si es que somos humanos.

Todos los trabajadores huelen mal

Los utilitaristas, que mantienen una concepción ideológica del hombre, mantienen también una concepción ideológica de la sociedad: el unanimismo. Desde el punto de vista de su emancipación, no tiene ningún interés que los trabajadores existan en cuanto clase. En tanto los trabajadores constituyen una clase, carecen de existencia humana. El hecho de que pueda encararse la homogeneidad de la clase obrera me parece de lo más escandaloso. La clase obrera no es una clase homogénea más que para sus utilizadores. De ahí que me parezca escandaloso el aprehender a una parte de la humanidad tan sólo en su función utilitaria. Al homogeneizar la alienación de los trabajadores, uno no se arriesga a descubrir las eventuales riquezas de las que los individuos puedan ser portadores.

Desde el punto de vista del salario y de su alienación, todos los trabajadores hacen ruido, contaminan y huelen mal. Desde tal punto de vista, constituyen en efecto una clase homogénea. Pero, más allá de esa alienación, no dejan de ser potencialmente humanos. Y desde el punto de vista de esta humanidad potencial, la clase obrera no es homogénea. Hay trabajadores rebeldes, otros que están desesperados, otros a los que se la suda, algunos leen a Bernard-Henri Lévy, otros a Henry James, los hay que escuchan a Claude François, mientras que otros prefieren a Michel Corrette… Como en todas las categorías sociales, los individuos que componen la clase obrera son ricos en sus diferencias. Y es por ser diferentes por lo que son potencialmente humanos.

Viva la división de la clase obrera

Desde un punto de vista humano –es decir, universal-, la clase obrera no es homogénea. Los militantes piensan que clasificando a los asalariados les dan más cohesión, más fuerza, pero lo que hacen es obstaculizar la obra de lo negativo. La cohesión de los trabajadores, en cuanto sean también seres humanos, no procede de su unión, sino de la riqueza de sus diferencias. Sólo asumiendo sus diferencias los trabajadores devienen humanos y pueden dividir el mundo rompiendo todas sus sobredeterminaciones. El unanimismo es lo contrario de la universalidad; los trabajadores no deben buscar el unanimismo, sino la división; deben romper sus homogeneidad utilitaria y discursiva, mostrar dónde se encuentran, en sus propias filas, sus enemigos y hacer que aparezcan sus componentes humanos, sus diferencias. Si es que somos humanos.

Si la dimensión alienada de los asalariados reside en su función utilitaria para los otros, su dimensión crítica reside en su capacidad para rechazar dicha función. Si la libertad de comunicar reside en la capacidad de dividirse y reunificarse libremente, los asalariados deben rechazar que otros los dividan y los reunifiquen. La fuerza crítica de los asalariados no reside en el hecho de que constituyan una clase, sino en su negativa a ser una clase. Sin embargo, la capacidad de esta negativa no es privilegio de los asalariados; tal capacidad pertenece a todos los individuos que padecen la separación. En el mundo de la separación generalizada, todo el mundo está llamado a padecerla algún día, incluso los capitalistas. Todas las categorías sociales están divididas. Las ideas del enemigo están en nuestras cabezas, pero también nuestras ideas están en la cabeza del enemigo. Por eso Sun-Tzu dijo: “Conoced al enemigo y conoceos a vosotros mismos” (11).

Hasta en lo más recóndito de la Amazonía…

Los militantes hacen del salario el problema exclusivo de los asalariados. Sin embargo, la relación que fundamenta el salario, fundamenta igualmente todas las demás funciones sociales. La relación salarial no es sólo la relación del asalariado con su trabajo, con el producto de su trabajo, con su empleador, con su supervisor o con su sindicato; es una relación social universal, es incluso la relación social universalmente dominante. Todo el mundo en este planeta, ya sea asalariado, parado, sin-hogar, banquero, filósofo o cantante de rock, participa, de una manera u otra, en la relación salarial. Bien sea uno víctima de dicha relación, bien participe en su producción, ya nadie hoy en día le es ajeno, ni siquiera en lo más recóndito de la Amazonía. Los modestos privilegios de los que algunos pueden disfrutar en condición de héroes del music-hall o de perros guardianes del capital se los deben a la relación salarial. Para luchar contra el salario, no basta con luchar contra el salario en la empresa, es preciso luchar también contra el salario en la sociedad civil. No basta con estar contra los capitalistas y a favor de la clase obrera; es necesario luchar contra la parte de separación que cada cual porta dentro de sí.

Si la clase asalariada debe abolir las clases y, en consecuencia, abolirse a sí misma en tanto que clase, esto implica que cada asalariado en particular, a través de lo es, de lo que hace, de lo que piensa, debe abolirse a si mismo en tanto que miembro de la clase asalariada. De esta manera, son los esfuerzos voluntarios e individuales de cada asalariado en particular para abolirse en tanto que asalariado, conjuntamente con los esfuerzos de cada burgués en particular para abolirse en tanto que burgués, los que esculpen la sociedad y dan su sentido a la historia. En lo que respecta a la lucha contra la alienación, cada uno es su propio enemigo, cada uno debe comenzar por luchar contra sí mismo. Si es que somos humanos.

La pesada vacuidad de los excluidos

En los tiempos del pleno empleo, en los años 50, era posible hacerse ilusiones sobre la naturaleza de la sociedad civil. Era el lugar en el que nos encontrábamos cuando salíamos del trabajo, donde pasábamos nuestras vacaciones, hacíamos nuestras compras, recibíamos a los amigos… La sociedad civil se nos aparecía como un lugar de descanso, de consumo, de ocio y, eventualmente, como el lugar de las convicciones anarquistas. Después de veinte años de descomposición, ya no es posible conservar tales ilusiones. La pesada vacuidad humana que se apodera del excluido, obligado a acampar en la sociedad civil, demuestra la dimensión puramente ficticia de dicha sociedad. Y la generosidad del sistema social, obligado a distribuir subsidios de desempleo o de supervivencia, no prueba la coherencia de tal sistema, sino más bien lo contrario. Para todos los excluidos, la sociedad civil ha perdido sus encantos, está lejos de ser el espacio de libertad que imaginábamos antaño; se revela como un lugar de sinsabores, de soledad y de sufrimiento. Se hace visible que la sociedad civil no es un espacio libre, sino un espacio dominado por la hegemonía de la burguesía.

Estoy de acuerdo con todo lo que escribe René Berthier en su artículo, salvo en un punto: los parados, los asistidos y los sin-hogar no son excluidos de la clase obrera, sino solamente excluidos del salario formal. Pero no son excluidos del salario real. Si la empresa es el lugar donde se organiza la explotación, el lugar del salario formal, del salario como relación con el trabajo; la sociedad civil es el lugar en el que se organiza el salario real, el salario como (no) relación con el mundo. Con la visibilidad del salario real, del salario como exclusión del mundo, abordamos por fin la cuestión central: la del modo de dominación.

La primera función de la sociedad civil es alienar nuestra humanidad y condicionarnos a la economía mediante su aparato de comunicación ideológica, mediante la familia, la escuela, la religión, la historia, la salud, las instituciones… Su segunda función es prohibirnos el libre aunque respetuoso acceso a las riquezas de la naturaleza convirtiendo el territorio en una ficción nacional. Su tercera función es neutralizar nuestra ciudadanía mediante la representación permanente del sufragio universal. Su cuarta función es entregarnos al salario mediante el contrato de subordinación. Si queremos existir como seres humanos, debemos obtener derechos concernientes al respetuoso pero libre acceso al territorio, así como las libertades individuales de pensar y expresarnos, permanentemente, tanto en la sociedad civil como en la empresa.

Un escritor obrero como Constant Malva no hizo otra cosa que describir sus condiciones de trabajo. Sin embargo, mediante la transgresión del silencio que representa el acto de escribir, supo hacer visibles las resistencias, las contradicciones y la soledad a las que se vio confrontado en su experiencia. Aunque sin formularla, hizo palpable la reivindicación del derecho de los obreros a las libertades individuales de pensar y expresarse. Dicha confrontación, incluso tratándose de una simple confrontación literaria, no pasó por ningún filtro ideológico; era una confrontación directa, su confrontación. En la medida en que tuvo lugar en la sociedad civil, en el terreno de la dominación, me parece más subversiva que todas las huelgas hechas en nombre del obrerismo.

Los anarco-sindicalistas respetan demasiado los horarios del ferrocarril

Los anarco-sindicalistas reprochan a los marxistas el querer apoderarse del Estado, pero ellos mismos no piensan más que en apoderarse del modo de producción capitalista. Con este fin, preconizan no sólo los sindicatos horizontales, sino también los verticales: reproducen la pirámide jerárquica. Al identificarse con los valores de progreso de la ciencia liberal, no piensan el mundo en términos de relaciones de intercambio, sino en términos de lógica de producción y de respeto a los horarios del ferrocarril.

La economía, al fabricar millones de excluidos, aparece visiblemente como la mayor traba a nuestra humanidad. Sin embargo, esta crisis representa una oportunidad extraordinaria. Al abolir brutalmente el trabajo asalariado, hace de la auto-subsistencia la única respuesta posible a la exclusión. No obstante, los sindicalistas consideran como un hecho únicamente negativo a los millones de personas privadas de trabajo asalariado. Su sola respuesta ante este escándalo consiste en el retorno de los excluidos a las empresas. Los sindicalistas se identifican con los valores de la empresa. Los anarco-sindicalistas hablan de la explotación en las empresas porque éstas son el lugar donde pretenden educar a los trabajadores, pero no hablan nunca de la alienación en la sociedad civil. La reflexión sobre la sociedad civil es la parte secreta de todas las organizaciones que pretenden educarnos. El mito de la clase obrera desempeña, para ellos, el mismo papel de ficción identitaria que el mito de la ciudadanía para los burgueses. Crear mitos identitarios es la astucia de la ideología nacional, el secreto de la ‘N’ en CNT. Mientras los anarco-sindicalistas continúen haciéndose ilusiones respecto de la naturaleza de la sociedad civil porque tienen su sede, su periódico, su local y su ideología separada, seguirán siendo víctimas de sus prejuicios.

Incluso si se quisiera devolver a todos los excluidos al sistema capitalista, no se conseguiría, porque es evidente que ya no habrá pleno empleo durante generaciones. Estamos condenados a aceptar este estado de cosas, con todas las amenazas que implica, o bien a cambiar nuestra forma de ver. Hay una humanidad entera abandonada, millares de máquinas, de talleres, de hectáreas de tierra descuidados. La respuesta lógica sería reunir a esa humanidad abandonada y las riquezas descuidadas con el fin de que los excluidos puedan trabajar para los excluidos y hacer de la satisfacción de sus necesidades un pretexto para comunicarse, para ser humanos.

Con ayuda de asociaciones del tipo Terre des Hommes o Iles de Soleil… si se quisiera de verdad, no habría paro. El problema es que los capitalistas no aceptarán jamás que un sector de la producción, que implica potencialmente a un 20 o a un 30 % de la población, escape a su poder. Prefieren ver desintegrarse a esa población antes que abandonar su hegemonía. La cuestión es saber cómo denunciar tal hegemonía. La respuesta no es una cuestión de futuro, sino una cuestión de legitimidad inmediata: la de la capacidad de los humanistas para entrar en disidencia con los capitalistas. No tenemos tanta necesidad de sindicatos como de secciones de la Liga de los Derechos del Hombre. Geert Van Bruaene tenía razón cuando escribía que “todo hombre tiene derecho a veinticuatro horas de libertad por día” (12). Si es que somos humanos.

(1) Ver las conclusiones del artículo de Fabrice Lerestif  État des lieux de l’exploitation capitaliste, por lo demás interesante.
(2) Ver el artículo de Laurent Fouillard.
(3) Wilhelm Reich, Psicología de masas del fascismo.
(4) F. Perlman, La reproduction de la vie quotidienne, Revue L’homme et la société, 1970.
(5) Pierre Clastres, Recherches d’anthropologie politique, Le Seuil, 1980.
(6) Ver el artículo de Sébastien Basson.
(7) Citado por Jean-Charles Canonne.
(8) Jean-Pierre Voyer, Rapport sur l’état des allusions dans notre parti, Institut de Préhistoire Contemporaine, 1979.
(9) Gaston de Pawlowski, Voyage au pays de la quatrième dimension, Présence du futur n° 56, Denoël, 1971.
(10) Henri Lefebvre, Critique de la vie quotidienne, L’Arche, 1968.
(11) Sun-Tzu, El arte de la guerra.
(12) Se puede leer esta irrefutable declaración, así como algunas otras, en las paredes del cafetín La fleur en papier doré, 55 rue des Alexiens, en Bruselas.

 

Un pensamiento en “Si es que somos humanos – Yves Le Manach

  1. Amador

    Hola,

    en la editorial Acuarela (www.acuarelalibros.com) estamos trabajando (despacio, pero seguro) en la traducción de un librito de 20 “alcachofas”, escogidas por el mismo Le Manach. Lo acompañaremos con una entrevista larga ya realizada, en la que Yves hace una narración de su trayectoria (humana, intelectual, política) sin esconder las cosas difíciles (fracasos, vulnerabilidades, contradicciones, depresión), lo cual ya es una anomalía. ¡Qué bien encontrar otros “admiradores” de este personaje!

    saludos,
    Amador

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