¡CORRE, CAMARADA, EL 68 TE PERSIGUE! ¿68 o años de plomo? La anomalía italiana – Cesare Battisti (2006)

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Nacido en diciembre de 1954, Cesare Battisti abandona el instituto en la adolescencia y acaba en la cárcel en 1974 por delitos menores. Es allí cuando se convierte a la “lucha armada”. Procedente de una familia obrera que él presenta como “religiosamente comunista” y que venera a Stalin, Cesare, el último hijo nacido “por error”, mucho después de sus cinco hermanos y hermanas, se mantiene al margen de las Brigadas Rojas, especie de “PC armado” a sus ojos.

Pero gravita en la órbita más libertaria de Lotta Continua. A los 22 años, entra en la organización Proletarios armados para el comunismo (PAC): “Queríamos atacar los poderes establecidos con la ironía. Luego nos vimos abocados a la lucha armada. Era una trampa en la que caímos” dirá quince años más tarde, sin por ello renegar de su pasado.

Detenido en junio de 1979, en el marco de una investigación sobre el asesinato de un joyero de Milán que Battisti niega haber cometido, acaba en la sección de alta seguridad de la cárcel de Frosinone. Le condenan en mayo de 1981 a doce años de detención por “pertenencia a banda armada” y “tenencia de armas”.
SABER MÁS SOBRE BATTISTI.

Traducción: Diego L. Sanromán.

No tengo en modo alguno la intención de ofrecer un enésimo análisis de los años de plomo. No podría. Porque soy parte implicada, porque no soy historiador y, sobre todo, porque me es objetivamente imposible catalogar una herida en el cuerpo social italiano que todavía no ha cicatrizado. Y si me aventuro en este terreno resbaladizo es porque, desde que huí de Italia en 1981, durante mis veinticuatro años de exilio político y con la actividad literaria que vino después, he tenido que responder sin cesar a las mismas preguntas: “¿Por qué eres refugiado? ¿Cómo es posible, treinta años más tarde? ¿Qué pasó en la Italia de 1968?” Al intentar responder, siempre he tenido la impresión de que no daba la explicación correcta. No me las apañaba bien y, ciertamente, mi condición de refugiado me impedía ser claro. Uno ve mal cuando se encuentra todavía en plena carrera.

Ahora, que ya no me queda nada que defender y que ya nadie me plantea tales preguntas, intento responderlas de nuevo, consciente de que la naturaleza de este pasado reciente es demasiado compleja para ser resumida en unos pocos puntos. Numerosos intelectuales y artistas han intentado comprender y dilucidar aquel periodo, pero todos han fracasado, a pesar de la ventaja de la perspectiva. Unos, extraviándose en contradicciones; otros, cediendo a la parcialidad. Películas, libros, documentales y debates múltiples… Ha habido de todo sobre esos incomprensibles años 70. Pero el ruido sordo de una pieza faltante nos conduce siempre a la primera pregunta: “¿Qué es esa anomalía italiana del 68, conflicto cuyas consecuencias se retrasan mientras la Historia debe esperar para conocer las razones que lo desencadenaron?” Hasta entonces, quienes quieran saber, se verán obligados a recurrir a los testimonios de quienes estuvieron allí y a creer que hacen esfuerzos sinceros por mirar las cosas con distancia. Es lo que yo voy a intentar. Pero no en solitario.

En este rápido examen del panorama político italiano que dio a luz, en el seno de la Europa post-sesentayocho, a esa anomalía que se llama “los años de plomo”, me apoyaré sobre tres puntos. Mi compromiso con el movimiento de los años 70 y el papel que mi entorno familiar (una familia comunista, militante de primera hora, y mi hermano elegido en las listas del PCI) desempeñó en él. Me aprovisionaré, ampliamente y sobre todo, de argumentos extraídos de autores que jamás ocultaron su rechazo claro y determinado a las elecciones políticas, armadas o no, de la rebelión que había estallado en las calles italianas. Entre otros, Pier Paolo Pasolini, Sandro Penna o Mario Tronti. Lamento no poder citar con precisión las fechas de aparición de sus artículos o de sus declaraciones, pero no estoy en condiciones de procurarme tales datos. Sólo puedo contar, pues, con mi memoria. Espero que los interesados sepan perdonarme. Si he elegido a estos autores es, ante todo, porque siempre he admirado su capacidad crítica, y también porque, de este modo y en virtud de sus posiciones francamente hostiles a nuestra aventura armada, me pongo al abrigo de toda tentación de parcialidad.

Lo repito: no estoy en condiciones de proporcionar todas las referencias bibliográficas. Para empezar porque soy un prófugo y los bibliotecarios tienen una excelente memoria visual. Y en segundo lugar, porque dudo de poder encontrar los documentos que me interesan en el lugar en el que me hallo. Pero, sobre todo, no quiero verme ante un estante consagrado a la muy rica producción de estos autores. Terminaría por perder de vista mis propósitos iniciales, yendo de título en título, siguiendo a los autores de una época a otra, de la palabra que dice a la reflexión que interroga. El placer de la relectura. Algo muy hermoso y de lo más interesante, pero que no me facilitaría la tarea de hablar sin temor y de contárselo todo a mis amigos lectores. Todos sabemos que es precisamente cuando uno no se toma en serio cuando uno habla de verdad para que todo el mundo lo entienda. Por esta razón, en lugar de sumergirme en la obra meditada, considero más eficaz quedarme con la expresión más directa de los artículos y de algunos discursos improvisados por esos mismos autores en aquella época. El análisis de los comportamientos no es mi dominio. Soy novelista y me limito a explorar los sentimientos. Soy consciente de que no es fácil para mí acometer los años 70 después de lo que acabo de escribir, pero me siento más libre que nunca para dirigirme a aquellos que quieren saber. No tendré miedo, en beneficio de la claridad, de recurrir a lo fácil, a lo superficial. Si se hace intencionadamente, puede ser un formidable medio de expresión cuando uno tiene cosas que decir. ¿De qué sirve llenar página tras página si una no es más que la explicación de la anterior? Si eso fuera literatura, escribiría una novela por día. Me gusta escribir, abandonarme a la perversión de la escritura, gozar del placer obsceno de atrapar por fin la palabra que pasa una y otra vez como una mosca, y arrancarle hábilmente las alas y todo aquello que sobrepasa su desnudez primaria. Así es como quiero abordar mi explicación de aquella época para compartirla con aquellos a los que quiero y a los que, en su mayoría, no he vuelto a encontrarme. No esperéis, pues, discursos elocuentes ni la Palabra Única. La verdad no tiene cabida aquí.

Dejemos que la verdad alimente la fuerza prodigiosa de la juventud o que aumente la ceguera de los mayores. Si exceptuamos a los exaltados, que la hacen oscilar en toda ocasión, y a los iluminados, que la niegan por principio, la verdad se va encontrar pronto en el paro. Francamente, me resulta difícil imaginar una sociedad sin verdad. La verdad es indispensable, y uno no puede arrojarla a la basura porque haya un montón de imbéciles que la desearían Una, Única, Absoluta y barbuda como Dios. Es muy posible que tres cuartos de la población mundial jamás hayan sido tocados por la bondad divina, pero ¿qué persona podría sinceramente decir que no ha tenido nunca su pequeño momento de verdad?

En fin, todos hemos saboreado ese fabuloso instante en el que el mundo nos pertenecía porque habíamos encontrado nuestra verdad. Salvo, tal vez, algunos desgraciados, engendrados y “educados” por un gurú de la meseta de Larzac, que, pobre de él, para poder tocarla durante un momento, tuvo primero que enterrar a su padre. No pasa nada: para saltar sobre la verdad y galopar a sus lomos en lo que dura la vuelta de un tiovivo, no hay edad.

La Verdad no existe y ahí radica su fuerza. Un sentimiento, emociones, una idea… la verdad es todo esto al mismo tiempo y se deja modelar como cada cual quiera en función de sus necesidades. Es entonces cuando cesa de ser una abstracción; actúa sobre el sujeto, existe en él, aunque tenga una fuerza propia. En ocasiones, ocurre que, acelerada, pierde de vista al sujeto de su existencia y cae abruptamente. De ahí que, a veces, uno se encuentre verdades muertas un poco por todos lados: en un libro de historia, en los pétalos de una rosa, en el centro mismo de un código penal, entre las páginas de un periódico olvidado en un banco…

Y hablando de la Verdad, os he colado la primera mentira.

No quisiera remontarme muy atrás en el tiempo, pero me es imposible abordar los años de plomo sin decir un par de palabras sobre la Democracia Cristiana. Un partido que, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, gobernó Italia durante medio siglo sin interrupción.
En los años 20, el Estado fascista de Mussolini se construyó sobre la pequeña burguesía y el campesinado de aspiración burguesa. Sobre la misma base electoral se constituyó el Estado demócrata-cristiano al terminar la Segunda Guerra Mundial. Bastante antes, cuando el ex-socialista Mussolini intentaba llevar a cabo la primera unificación real del joven Estado italiano, esa pequeña burguesía y esos religiosos campesinos formaban un mundo unido, que disponía de una misma moral y de una misma retórica. Dicho universo, bien anclado en su contexto cultural, no producía forzosamente valores negativos. Expresaba un modelo de vida sin duda criticable, pero al menos real. Más adelante, arrancado de ese contexto y brutalmente proyectado hacia una dimensión nacional, dio lugar a la temática negativa y represiva que fue la base del éxito de Mussolini, primero, y después de la Democracia Cristiana.

Los Demócratas Cristianos (DC, partido creado de la noche a la mañana por las fuerzas aliadas para contener la avalancha comunista del otro lado del Telón de Acero) siempre han asegurado que no tenían nada en común con el fascismo de ayer. Lo que era verdad en la forma, pero esencialmente falso en los fundamentos mismos de su política. Tras la Ley de Amnistía, aprobada por Togliatti, el jefe del PCI de la época, los más insignes representantes del pueblo no tuvieron más que cambiar su camisa negra por una camisa blanca de cuello almidonado. Mientras la administración local le guiñaba el ojo a los prefectos mamporreros, el poder central ponía a la cabeza a algunos “humanistas” (léase De Gasperi, pilar de la DC) para cubrir y reciclar, como quien no quiere la cosa, a los más fieles colaboradores del antiguo régimen. Algunos de esos colaboradores mantendrán las riendas del gobierno italiano hasta los años 90. El cambio de chaqueta, corroborado por la inagotable financiación de los USA, les permitió además tomar el poder y de tal forma rendir los honores a los infames acuerdos de Yalta. El reino demócrata-cristiano no era un bloque homogéneo con un proyecto claro que habría hecho de Italia un país libre y sólido. Sólo su versatilidad política y su formidable agilidad en las alianzas más dispares le permitieron mantenerse en el poder hasta el alba del siglo XXI. Y esto a pesar de la fuerte oposición de izquierdas. Lo cual resulta impresionante.

Desde el momento en que tuvieron el país bajo la bota, los demo-cristianos se creyeron invencibles. Su aplastante poder electoral de los años 50 y el apoyo incondicional del Vaticano los llevaron a proseguir, bajo el aspecto de una democracia formal y la apariencia de un antifascismo verbal, una política heredada del periodo fascista, en la cual se mantenían los privilegios corporativistas enmascarados tras una suerte de populismo de doble faz: un ojo en la Europa del futuro y el otro en la jamás confesada “necesidad” de una democracia policial.

Apoyado en una base electoral inagotable y cebada con valores ficticios, el poder demócrata-cristiano extendió audazmente su red clientelista y criminal, sin ningún escrúpulo habida cuenta de que el objetivo valía la pena. Gracias al aval del Vaticano, tal estado de cosas parecía ganado para la eternidad. Partido de expresión de la pequeña burguesía, la DC alimentaba un profundo desprecio por la cultura, percibida como un fenómeno demasiado cercano a la inanidad y, a menudo, como semilla de subversión. De esta forma, por culpa de su arrogancia demasiado visible, de una corrupción transformada en norma de Estado y de sus poderosas organizaciones mafiosas, los demócrata-cristianos se encontraron en pocos años en la situación del rey desnudo. Su electorado se había dispersado y el Vaticano, eterno aliado, carecía ahora de argumentos para contener, por un lado, las matanzas de Estado y, por el otro, a las hordas de la nueva generación insurgente. Nos hallamos en plena mitad de los años 70. Los demócrata-cristianos, sin admitirlo jamás públicamente, son a partir de ahora conscientes de que su poder histórico y concreto ya no coincide con el poder real. Sin embargo, se resisten a dejar su puesto: buscan una solución.

Pero ¿de dónde venían esas hordas salvajes de jóvenes que lo querían todo y a toda prisa? La respuesta a esta cuestión exige también un salto atrás.

A comienzos de los años 60, los más pobres de entre los más pobres de Italia presentaban todavía un comportamiento arquetípico de la sociedad de los miserables. La pureza de su indigencia les hacía merecedores del apelativo de subproletarios. Eran portadores de valores antiguos, de viejas culturas regionales y de un modelo de relaciones sociales sin vínculo alguno con las normas urbanas. Vivían en sus grandes reservas, donde se veían todavía ropajes medievales, olvidados de la mano de Dios y visitados por candidatos políticos en tiempo de elecciones. Estaban desposeídos de todo, pero eran absolutamente libres. Lo único que les condicionaba era su propia pobreza. Un elemento que les pertenecía en propiedad y que era parte integrante de su mundo. (Pier Paolo Pasolini, 1976). A diferencia de los obreros, estos subproletarios se habían mantenido en las fronteras de la historia burguesa. Seguían siendo extranjeros. Los más pobres entre los más pobres, los vagabundos, los hijos de madre soltera, los hombres y mujeres abandonados, todos aquellos que se encontraban marcados desde su nacimiento, se reunían en los márgenes de los márgenes de la sociedad. Por este motivo, y así hasta finales de los años 60, aquel que sabía adaptarse encontraba rápidamente un lugar en esta estructura prevista por un orden social casi inmemorial, preciso y fatal. En semejante universo, todo el mundo se esforzaba por adaptarse de una forma u otra a actividades ineluctables, bien establecidas e identificadas de antemano. Uno se convertía en ladrón, en delincuente o, simplemente, en un miserable.

Pero hete aquí que, con el boom económico de los años 60, la emigración masiva desde la Italia profunda, ese depósito electoral y de mano de obra, vino a barrer las murallas que retenían al pueblo de los pobres en las antiguas reservas. A través de las brechas abiertas, el aluvión de jóvenes miserables descargó sobre otros territorios, poblando el mundo proletario o burgués. Este flujo general engendró un nuevo espécimen de inadaptado, desprovisto de un modelo propio de vida, privado de toda referencia.

Simultáneamente, el espíritu de la clase dominante, hasta entonces contenido dentro de las fronteras de las ciudadelas urbanas, terminó por penetrar en la población en su conjunto e incluso en sus círculos más alejados. En muy poco tiempo, un modelo de vida diferente, hasta entonces conocido sólo por los privilegiados, se extendió por todo el país, reduciendo a la nada las antiguas culturas locales, volviéndolas bruscamente inútiles y grotescas, aniquilando las tradiciones, fosilizando los dialectos, ridiculizando los particularismos. Los muy pobres se encontraron así brutalmente privados de su cultura, desposeídos de su libertad y de sus formas de vida, que daban testimonio de su existencia al mundo. De este modo emergió un segundo tipo de inadaptados, que vino a unirse a los que habían abandonado las reservas y a los que se habían quedado en ellas.

Aquí se plantea la cuestión crucial: ¿qué van a hacer esos jóvenes para los que, a partir de ahora, el apelativo de “inadaptado” se ha convertido en insoportable? Pues bien, van hacer lo que hacen los hijos de los ricos, los estudiantes, modelos de realización social. Hay que plantearse, sin embargo, el problema de los medios. Necesitan alojamiento, ropa, música, una Vespa para salir los domingos. Pero el robo, antaño “reconocido” en las reservas subproletarias, ya no es la solución. Ya no quieren saber nada de él, se han integrado en otro ambiente, tienen acceso a la educación: el robo está ahora mal visto. Sin contar con que, con la nueva Ley Reale (nombre del ministro de Justicia que, en 1975, autorizó a la policía a abrir fuego sin que mediase legítima defensa), la opción criminal se ha convertido en una profesión cualificada, en un privilegio de emociones reservadas a la alta delincuencia.

Sin embargo, algo diferente vibra en el aire, un nuevo territorio por explorar hacia el cual vuelven los ojos. Estos marginales tienen amigos estudiantes que hablan de contestación, de reapropiación. Su lenguaje es sin duda complicado, pero la rabia y el objetivo son también los suyos. Los estudiantes van a los barrios acompañados por profesores de pelo largo. Espejismo fabuloso: se diría que ya no se hacen diferencias entre pobres y estudiantes. Así que se dicen: “todos queremos lo mismo”.

Este tipo de acercamiento se hizo cada vez más frecuente. En la calle, en el lugar de trabajo, en la escuela, estos nuevos inadaptados, sedientos de vida, frecuentan cotidianamente a jóvenes burgueses lanzados a una violenta polémica contra su propia clase. Con ellos aparecen también los nuevos desheredados del Partido Comunista Italiano: ex-militantes, obreros, sindicalistas, miembros de los cuerpos de enseñanza e incluso algunos cuadros del partido, que se organizan en grupos, teorizan y predican una nueva vía revolucionaria. De este triple encuentro nacerá la ola de violencia política que inundará la Italia de los años 70.

Ésta es la época en la que se abre un abismo entre el Partido Comunista Italiano e Italia. El grande y poderoso PCI ya no es más que un país separado (Pier Paolo Pasolini), una isla poblada por políticos profesionales cuyo único fin es poner la mano sobre las palancas del mando central. Esta nueva situación le lleva a instaurar, como nunca hasta ese momento, relaciones estrechas con el poder efectivo de la DC: relaciones en forma de contactos diplomáticos, casi como si se tratase de dos naciones diferentes. En la realidad, las dos morales no tenían nada en común. De un lado, una DC corrupta y, del otro, un PCI con las manos limpias. Pero, precisamente sobre estas bases inéditas, se volvió imposible afrontar un compromiso realista que acaso podría haber salvado a Italia del desastre. Un compromiso que no habría sido otra cosa que una alianza entre Estados vecinos o encajados el uno en el otro.
Un país dividido en dos bloques tan opuestos como la DC y el PCI no puede esperar la paz y la construcción. Frente a este atolladero, los hombres del PCI, también ellos hombres de poder, buscan naturalmente la fusión con el otro bloque, por muy diferente que éste sea. Esto explica el hecho asombroso a priori, aunque en realidad profundamente coherente, de que los políticos de la oposición, teniendo todas las pruebas, no denunciaran jamás las matanzas gubernamentales y los golpes de Estado que desembocarán en 1969, con la masacre de Piazza Fontana, y en los 80 muertos de la estación de Bolonia a finales de los años 70. Pues tales hombres, a diferencia de los intelectuales, distinguen entre verdad política y práctica política. Y, dentro de esta lógica, ni se plantea la cuestión de compartir tal tipo de informaciones desestabilizantes sino es con aquellos que están consagrados a la razón de lo político, y sólo con ellos. Tanto la DC como el PCI saben y se callan. Tanto la una como el otro protegen ante todo al gobierno italiano.
La elección de la ley del silencio por parte del PCI, tan cercana a la complicidad pasiva, no era inconsciente. Fue un riesgo calculado. El PCI renunciaba deliberadamente a la ética, que la distinguía del resto de partidos, y, en consecuencia, al apoyo incondicional de la base obrera, en nombre de una firme creencia en la estrategia política y en los principios formales de la democracia, con el fin de obtener una parte del poder central. No debe excluirse que, desde esta óptica, los hombres del PCI se reservasen la posibilidad de considerar públicamente los hechos cruentos una vez adquirida una posición de fuerza en el seno del gobierno. Se trata aquí de la aplicación pura y simple del dicho que afirma que “el fin justifica los medios”. Los resultados de semejante estrategia se hicieron esperar y, finalmente, no llegaron jamás.
Anegados en este mutismo, los numerosos sectores sociales que sufren desde hace tiempo la cruenta presencia de las organizaciones criminales, que asisten a los atentados con bomba del Estado, así como a la violencia política a menudo practicada por sus propios hijos, no consiguen comprender lo que pasa realmente en el país. No les queda, pues, más que la simple reacción de acusar a la totalidad de la clase política italiana. En estas circunstancias, e incluso con muchas reticencias, una minoría de italianos de toda clase sopló, en un primer momento, a favor del viento de rebelión que azotaba las calles. No era raro que un antiguo miembro de la Resistencia, decepcionado por el PCI, desenterrase su arsenal de guerra para ofrecérselo a algún grupo armado.
Entre estos jóvenes, y también entre los no tan jóvenes, a los que en principio se llamará “Ángeles” y más tarde “Terroristas”, hay muchos que poseen un mecanismo refinado que mezcla reacciones sentimentales e intelectuales. No se contentan con las “armas de la crítica y la crítica de las armas”; manipulan ya la idea de la “poesía de las armas y el arma de la poesía”. Son gentes que, como tantas otras, trabajan sobre el terreno. Son numerosos y están respaldados por el hartazgo general. Destruir para reconstruir, abrir los espacios para rellenarlos, trabajo creativo y no más trabajo alienado, centros socioculturales y no esas universidades concebidas como fábricas para la cría de fuerza de trabajo, más talleres a escala humana y menos colosos multinacionales, más cultura y menos policía. Hablan y se explican. Si es preciso, se enfrentan a los fascistas o a los policías, o incluso a los mangos de hacha que, llegado el caso, empuñan los servicios de orden del PCI. Estos jóvenes están acostumbrados a luchar contra los asaltos fascistas. Resisten a las porras de los policías y no reculan ante el silbido de las balas de goma. Pero cuando, en lugar de goma, hay plomo, tales hombres creen sin razón que ya sólo queda una opción: las armas o la poesía. En esto consiste la anomalía italiana.
Después del 68, los valores del antiguo universo rural se vaciaron repentinamente de sentido. La izquierda italiana no supo comprender este fenómeno y ésta es la razón de que mantuviese su inercia. Como si la iglesia, el orden, la moralidad, el deber de trabajar estuviesen todavía en el mismo lugar y los viejos engranajes moviesen todavía la máquina. Transformados en obsoletos, estos valores sobrevivieron en un clerico-fascismo ya entonces marginal. Surgieron, en cambio, otros valores que permitieron pensar en una era nueva. Este “balancín” de los años 70, en el que se subieron otros muchos países, adquirió en Italia una connotación muy peculiar. Nos atreveríamos a decir, por continuar parafraseando a Pier Paolo Pasolini, que después del 68 se consagró la primera unificación del país en torno a los nuevos modelos, mientras que en otras naciones, la nueva situación vino a yuxtaponerse a un edificio radicado en antiguas unificaciones, derivadas bien de la monarquía bien de las revoluciones burguesas e industriales. En Italia, hubo realmente un antes y un después del 68.
No existe, pues, ninguna continuidad entre el viejo y el nuevo “fascismo” italiano. Tal vez, su único vínculo sea una agresividad común contra esa sociedad de consumo salvajemente edificada por el sistema de la corrupción. La “revolución” de los años 60 y 70 en Italia no se inscribe en un movimiento de lucha de clases, sino en una auténtica mutación antropológica. La clase política no comprende que se había convertido repentinamente en un instrumento del poder residual a través del cual un nuevo poder real destruía el país. Durante diez años de vacío del poder, gobiernos corrompidos y políticos incompetentes habían dejado las riendas del país a altos financieros sin escrúpulos, mafiosi, a menudo ex-cómplices del poder, que ahora venían a reclamar lo que se les debía. La Democracia Cristiana siempre hacía acto de presencia, pero para entonces era consciente de que su poder histórico y concreto ya no coincidía con el poder real.
La sociedad italiana de los tres últimos decenios ya no era clerico-fascista. Bruscamente, se había transformado en consumista y permisiva. Pero nadie denunciaba entonces la diferencia entre bienestar y desarrollo; un desarrollo que iba a generar un genocidio cultural sin precedentes en Italia y del cual los años 70 no son más que la consecuencia.
En este nuevo estado de cosas, con una derecha y una izquierda ciegas a las mutaciones del país, y para quienes toda aquella conmoción validaba la prosecución de unos crímenes de Estado que callaban su nombre, el diálogo entre los poderes DC-PCI y el movimiento contestatario se había vuelto impracticable. Esta incomunicabilidad es uno de los puntos de partida de la trágica competición armada. Pues el movimiento contestatario sabía ahora que el mantenimiento de la clase política que se encontraba a la cabeza del país ya no resultaba posible.
Lo que se produjo en Italia a partir de los años 70 fue un dramático vacío de poder. No un vacío legislativo, sino un vacío en la manera de gobernar. No faltaban, desde luego, los ministros, pero éstos no tenían nada ni a nadie que administrar. La mina estaba agotada y los mineros ya excavaban en otro lado mientras los gobernantes demócrata-cristianos continuaban repartiéndose las arcas del Estado. Pero, puesto que el vacío no existe, otro poder, el del consumo salvaje más desenfrenado, tomaba el lugar del anterior. Este nuevo poder, sin ideología y sin Dios, privaba igualmente al muy poderoso comunismo, nacido sobre las ruinas italianas, de su posible participación en el gobierno. El famoso “compromiso histórico” –es decir, el pacto entre Moro, Presidente de la DC, y Berlinguer, Secretario General del PCI-, que habría debido engendrar un gobierno de coalición, no fracasó como consecuencia del asesinato de Aldo Moro, ejecutado por las Brigadas Rojas. Ésta no es más que la versión cómoda que se vendió en el mundo entero. La ceguera político-militar de las Brigadas Rojas vino como caída del cielo y permitió disimular la auténtica causa del compromiso: una parálisis progresiva de los políticos, cuya responsabilidad deriva exclusivamente de la increíble incompetencia de la oposición y de la mayoría. Jamás hubo ni pudo haber “compromiso histórico”. Pues, en aquel momento, ya no se trataba realmente de gobernar, sino tan sólo de hacer acto de presencia y limitarse a administrar las leyes del mercado. He aquí la gran cita fallida del PCI.
Lo que resulta sorprendente es que, durante todo ese decenio de ausencia de gobierno, ni los viejos demócrata-cristianos ni la izquierda osaran decir una palabra sobre tal situación, que todos ellos conocían y vivían cotidianamente. Se diría que la clase dirigente al completo se había trasladado a otro mundo. En ese mundo, la clase política dirigente denominaba “fantasmas” a los jóvenes contestatarios.
Por el lado de la oposición, si ese término tenía todavía algún significado, se rozaba la caricatura. Los feroces ataques del PCI contra todo lo que se moviese a su izquierda se asemejaban a otras tantas llamadas al antiguo régimen. Su obstinado rechazo de la realidad los empujaba a defender argumentos similares a los de la derecha demócrata-cristiana. Es decir: la negación total de la mutación social que, sin embargo, era ya una realidad.
En este marco, la cuestión de Estado, el programa político del gobierno, cedía con regularidad el paso a interrogantes secundarias. Y esas así llamadas interrogantes de la DC y del PCI no servían más que para tranquilizar a la base electoral y defender los mandatos. La Italia de la DC y del PCI había encontrado la fórmula: un bipartidismo de transición que se habría saltado el Muro con quince años de adelanto. Era algo practicable en un país ampliamente subvencionado, puesto avanzado de la OTAN en el Mediterráneo, el más católico de Europa, con todo el poderío electoral de la DC, pero también con el más importante y razonable partido comunista de Occidente, ¡dominio además del Vaticano! Si se necesitaba un país para ensayar el experimento y abrir de esa manera el más grande mercado corriendo el menor peligro, ese país era desde luego Italia.

Un apetitoso proyecto que, sin duda, sedujo a personalidades del mundo político y financiero de la época. Si no era más que el sueño de algunos o una operación a gran escala, es algo que no sabría decir. Lo que sí es cierto es que, realmente, se emprendió sin tener en cuenta la crisis política y la nueva composición social que se estaba formando en Italia.

Olvidémoslo. Lo que importa aquí es el comportamiento cínico e irresponsable del dúo DC-PCI frente a los problemas que atravesaba el país. Es posible que, cegados por el poder, sobrevalorasen sus fuerzas, pero, ciertamente, no hasta el punto de olvidar la resistencia de los otros partidos de la oposición. Así pues, la DC y el PCI declararon la guerra a la oposición extraparlamentaria, sin distinción de tendencias, rechazando de esta manera la existencia misma de la fractura social.

El espectáculo que la mayoría y la oposición dieron al país en la segunda mitad de los años 70 fue tal que no hay adjetivo que pueda calificarlo. Se tenía la impresión de que la clase dirigente italiana no había oído hablar nunca de la urbanización caótica, de la degradación de los servicios sanitarios, del chantaje generalizado, de la impunidad de los criminales de guante blanco ni de los abusos policiales… Por no poner más que algunos ejemplos. Mientras el movimiento contestatario crecía por todos lados, mientras las múltiples organizaciones armadas contaban ya con miles de militantes, los hombres de la política se mantenían obstinadamente fieles a una única teoría: no se trataba más que de un puñado de provocadores financiados por la KGB o por la CIA. Entretanto, las balas daban en el blanco, las bombas del Estado explotaban entre la multitud, las prisiones se llenaban de presos políticos, la práctica de la tortura se banalizaba y las cuentas bancarias en Suiza de aquellos que se suponía debían recuperar el país redondeaban sus cifras.

¿Por qué la derecha y la izquierda, ahora perfectamente intercambiables, de eso que podríamos llamar el pseudo “compromiso histórico” no hicieron nada por evitar la situación de los años 70? Porque, de común acuerdo, era necesario ocultar al mundo libre que uno de sus miembros sufría una crisis política tal que generaba un conflicto social de dimensiones inaceptables y casi indecentes, un auténtico descrédito ante la comunidad internacional. No era posible admitir que Italia entera iba a la deriva. Sin duda, resultaba más conveniente minimizar la amplitud de las protestas y reducirlas a la acción de un simple puñado de terroristas. Presentada de esta manera, la cosa dejaba de ser una anomalía italiana, una vergüenza histórica, para convertirse en una repugnante fatalidad que podía ocurrirle a las mejores democracias. En consecuencia, en Italia no había nada digno de ver, sino algunos criminales a los que se debía condenar.

En realidad, la totalidad de la clase política, así como muchos sociólogos, se mantuvo anclada en esta lógica de la exclusión y en el rechazo a la diferencia, asimilando así ciertos aspectos del fascismo o del extremismo rojo. Todos quisieron creer que no se trataba más que de una conducta antisocial, que debía considerarse como una simple patología; que no había más que unos cuantos tarados contra los cuales no había remedio alguno.

Habría bastado una palabra, un signo por parte de aquellos que se suponía debían comprendernos, para que todo aquello no se produjese. Pero ¿quién, qué lumbrera política o intelectual, intentó discutir seriamente con aquellos “diferentes” que ocupaban las calles y agitaban las armas? El diagnóstico, que llegó demasiado tarde, no dejaba lugar para la duda: de un lado, los buenos; del otro, los malos.

A toro pasado se dijo que era imposible discutir con ellos porque se trataba de clandestinos y se parecían a todo el mundo. Lo cual es falso y verdadero al mismo tiempo. Falso porque, cuando se trataba de amordazar la expresión pública de aquellos jóvenes movilizados, el gobierno y la oposición supieron siempre donde golpear. Pero también verdadero, porque, en efecto, nos parecíamos a todo el mundo. Lo que significa, pues, que los “diferentes” eran muy numerosos y que no resultaban detectables por ningún tipo de malformación. No se trataba de “marcianos caídos a la Tierra”, como dirá veinticinco años después Nanni Moretti, contoneándose por la Croisette de Cannes. Aquellos “diferentes”, aquellos millones de jóvenes vestidos a la moda, con melenas, gorros indios, barba a lo Che o falda de flores, andaban simplemente imaginando cosas. Estaban a favor del divorcio y del aborto, de la reforma universitaria, contra el código fascista, contra el trabajo en negro, a favor de los espacios culturales, contra la militarización de la calle, contra las ciudades dormitorio, la riqueza exhibida en los escaparates frente a la miseria de la gente, contra el vacío de poder y la omnipresencia de la mafia. En consecuencia, es cierto que eran imposibles de reconocer. Eran como cada cual. Soñaban con un mundo mejor.

Esto era lo que yo mismo vivía. Formaba parte de aquellos jóvenes y era algo que me daba miedo. Miraba a mi alrededor y no veía más que adolescentes que, al igual que yo, nada sabían a excepción de que algo no iba bien por allá arriba y que se lanzaban sin reservas a la lucha armada.

El 68 italiano –nunca se dirá lo suficiente- no fue el principio ni el fin de una revolución. Dejemos a los expertos que se afanen por defender su campo respectivo, pues el ámbito de la discusión está en otro lugar. Se trataba de una mutación antropológica, entonces todavía en curso, para alcanzar la unificación de un país joven. Y es difícil imaginar una reacción peor que la de los italianos, incluidos los jóvenes revolucionarios que soñaban con hacerlo mejor que todos los demás, frente a aquel traumatismo histórico. En pocos años, los italianos se convirtieron en un pueblo ridículo y criminal.

En lo que me concierne, este punto de vista se detiene a finales de los años 70. A día de hoy, para saber en qué se han transformado los italianos, en primer lugar sería preciso amarlos. Antaño los amaba. Hoy, ya no soy capaz. Soy un prófugo: me he visto obligado a huir de sus pedradas. Cuando de la crítica de un hombre se extrae sólo una de sus ideas, sólo un momento de su vida, y se los retuerce a conveniencia para hacer de él un blanco de la venganza y del odio, entonces nos hallamos ante un linchamiento. A esto me están sometiendo los italianos.

Con todo, esta manera de obrar, detestable para un país que pretende encaminarse hacia el futuro, no es una actitud compartida por todos. Es importante señalar que estoy lejos de ser el único italiano que no lleva ropa de firma, que detesta a Oriana Fallaci, que encuentra indigestos los spaghetti en una tinta de sepia en la que se ahogan las diferencias políticas para firmar buenos negocios, que encuentra lamentable el servilismo de ciertos artistas, intelectuales de renombre que nunca han tenido nada que decir, pero que aún así lo dicen, etc.

Sin embargo, y en tanto que extranjero entre los extranjeros, me tomo la libertad de expresar mis impresiones. Tengo la sensación de que, en este lento movimiento de mutación antropológica, asistimos en estos últimos años a un fenómeno sociológico de abjuración. Al olvidar su pobreza, el pueblo italiano quiere también rechazar su verdadera tolerancia. No quiere recordar ya los dos rasgos que caracterizan su historia. La Italia de hoy quiere olvidarse de la de ayer y rechazar, después de todo, su historia. Embriagada por sus sueños de riqueza, tiene vergüenza de su pasado de pobre. Desea, palabra de extranjero, olvidar ese sabor a tercer mundo que el fascismo y, poco después, la democracia policial y mafiosa, le dejaron.

Para acabar, os contaré una pequeña historia.

Hace algún tiempo, con ocasión de un acontecimiento literario en París, volví a ver a un viejo conocido de aquella época. Se había convertido en un hombre importante, cercano al Estado, pero su posición no le impedía estrechar la mano de un ex-camarada, aunque éste fuera un exiliado. Parloteando, y sin hacerlo a propósito, recordé un episodio de nuestro militantismo común: un día en el que ambos estuvimos a punto de cometer una gran estupidez. La reacción de este viejo amigo me dejó estupefacto. Boquiabierto, se puso a repetir la anécdota, y después, gentilmente, me dijo que no era posible, que sin duda me equivocaba de persona y que él nunca había empuñado un arma en aquel tiempo. No insistí. Era evidente que aquel hombre era sincero en ese momento. Había borrado verdaderamente de su memoria toda una parte de su juventud. En otras palabras, era como recordar a un nuevo rico su pasado de pobre.

Bueno. Éstas son, precisamente, las cuestiones que me planteo y a las cuales habría podido responder si la Francia de Jacques Chirac no habrá negociado con sus homólogos italianos un exilio programado.

“El coraje intelectual de la verdad y la práctica política son dos cosas irreconciliables en Italia”, escribía Pasolini en 1974.

– VERSIÓN EN FRANCÉS.

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