MOVIMIENTO: TRES HIPÓTESIS en pleno vado – Antonio Conti y Francesco Raparelli

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Traducción: Diego L. Sanromán                     *VERSIÓN EN PDF

0. Desde hace tiempo está al orden del día una reflexión sobre las líneas de apertura de una nueva fase del movimiento. Se trata de una discusión rica, que oscila entre el balance crítico del ciclo ‘no-global’, la crisis de la globalización, y una búsqueda de adherencia renovada a los territorios. Se podrá objetar que se trata de discusiones ociosas, porque a día de hoy no es posible prever dónde se encuentra el eslabón débil en la gestión de la crisis del liberalismo ni dónde se formará la insurgencia más fuerte. Pero no hay objeción más falaz, pues alude a una línea inmovilista (o hipócrita) e implica una concepción organizativa de los movimientos erróneamente acontecimental: el movimiento como algo que debe disolverse tras los momentos cumbre de los distintos ciclos que se atraviesan. Los ciclos del movimiento se reabren también porque no se espera la insurgencia espontánea con la línea en el bolsillo, e igualmente porque se da esa continuidad de estructura capaz de interpretar la metamorfosis adecuada a la nueva fase. Las hipótesis que se plantean en pleno vado sirven, pues, para identificar los puntos de ataque: poco importa si, con la mutación de los acontecimientos, deben ser prudentes, arriesgadas o inservibles. Entretanto habrán servido para dar continuidad a la voluntad de morder el presente y proyectar el futuro.

1. La primera hipótesis que queremos impulsar se refiere, pues, a las transformaciones de la política: asistimos a un proceso de degradación, luego condición de una nueva fase será una reinvención de la política. Antes de calificar dicha reinvención, debemos preguntarnos: ¿en qué consiste este proceso de degradación? No se trata de atribuirlo simplistamente a la crisis de la representación. Una forma de degeneración de la política atraviesa también los movimientos y puede ser sintetizada en la disposición al oportunismo sin programa. Esta disposición se presenta bajo la forma de la fragmentación, por la cual la organización en red no consigue determinar procesos de recombinación, sino únicamente reproducir su carácter blando, indistinto, reducido al mínimo común denominador. El aspecto degenerativo se encuentra, entonces, dentro del comportamiento que tales situaciones inducen en las unidades particulares de la red de movimientos: maximizar el propio capital simbólico en la red, con la tensión de dirigir la fragmentación en cuanto tal, volviendo así irresoluble la cuestión de un enraizamiento social extensivo y de la capacidad programática. Es decir que, en ocasiones, la política parece reducirse a esto: a la supervivencia de las estructuras en la fragmentación, con el oportunismo como única virtud que se puede poner en juego. Pero no es que la política se reduzca siempre a esto; los movimientos se dan continuidad porque, afortunadamente, también hacen otras cosas. Pero cuántas veces esta imagen de la política, que busca construir conflicto al tiempo que recompone lo común del vínculo social, queda eclipsada por aquella otra que ejercita el oportunismo sin programa ni proyecto. Ahora bien, es aquí donde puede presentarse una reinvención de la política capaz de reabrir el ciclo, afirmando que es político todo aquello que construye conflicto recomponiendo lo común del vínculo social y, en dicha labor, elabora programas y renueva el proyecto de transformación del estado de cosas existente. Todo lo demás es otra cosa.

2. Segunda hipótesis, que casi hace de corolario de la primera: el espacio público del movimiento, tal como lo hemos conocido en las formas de organización en red de los movimientos, necesita darse discontinuidad y convertirse en espacio común de la insurgencia social. Por desgracia, seguramente más fácil de decir que de hacer. Vale la pena detenerse aquí, sin embargo, en dos puntos donde se ha enquistado una cierta ‘blandura’ con el pasar de los años. El primero es el carácter público del espacio del movimiento. Público en un sentido peyorativo: de todos, luego de ninguno. La concepción de un espacio político como espacio neutral, imposibilitado para tener una propia impronta fuerte porque puede ser atravesado por cualquiera es hija de una concepción de la política como asunto de ‘profesionales’. En este sentido, parece recuperar el concepto habermasiano de ‘esfera pública’: una agencia de servicios para la Política, aquélla sería legítima; la buena constitución (o dramatización) de la agenda parlamentaria; en una palabra, una bocanada de oxígeno para la representación en crisis. Segundo: el espacio público ha mostrado una tendencia a caracterizarse como espacio de opinión y, en consecuencia, el lugar donde las posiciones particulares se confrontan para formar una comunicación dirigida hacia la opinión pública. Este rasgo ‘discursivo’, que definió parte del ciclo no-global, sobre todo en las movilizaciones contra la guerra, ha tenido capacidad discursiva, pero no ha se ha hecho ‘cuerpo’: una valoración serena debe ser consciente de que la opinión pública dotada de cuerpo no es, en realidad, otra cosa que conciencia de clase, mientras que opinión sin cuerpo es un simulacro destinado al consumo del espectáculo mediático.

3. La tercera hipótesis que hoy es necesario avanzar es aquella que ve en la crisis del liberalismo y de la globalización el terreno en el que el movimiento intentará moverse. La cuestión es, y lo vemos claramente, que esta crisis ya está aquí, y ya desplegada; se trata de no recibirla como un accidente, sino de asumir la actitud adecuada, plenamente conscientes de reinventar la política en tiempos de crisis. De una cosa podemos estar seguros: que en ausencia de conflicto, las cuentas de la crisis serán cargadas por entero a la clase trabajadora. A aquellos que tienen un puesto fijo, a aquellos que viven como precarios la flexibilidad, a aquellos que son formalmente autónomos. Tarea del movimiento será, pues, devolver la cuenta de la crisis a los patrones. Cómo será esto posible, mediante qué formas de conflicto y de vida en común tendremos que hacerlo, no lo sabemos a día de hoy. No sabemos, por ejemplo, si deberemos dotarnos de estructuras de socorro mutuo, si deberemos tratar de imponer formas adecuadas de ‘welfare’, si y cuáles serán las luchas capaces de recuperar salario y detener la sobreabundancia. Sabemos, sin embargo, que nos espera un escenario semejante, o mejor, que en cierto modo dependerá de nosotros la capacidad de anticipar un escenario de conflicto. Sabemos que el tiempo de la crisis convoca al movimiento a una responsabilidad nueva: la de abrir el espacio común de la insurgencia social y mantenerlo; de aquí nace la tensión a convertirnos en instituciones autónomas de lo común. Porque la crisis ya está aquí, el conflicto se presenta como virtualidad potente, la actualidad del conflicto está todavía por escribir.  

– VERSIÓN ORIGINAL EN ITALIANO.

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