EL ÁGORA y el mercado – Ignazio Licata (2004)

Cuarto texto de Ignazio Licata que publicamos en Multitud. Puedes encontrar los otros tres e información sobre el autor AQUÍ, AQUÍ y AQUÍ.

alchimia

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[Traducción del italiano: Diego L. Sanromán]

Quien hoy se dispone a calcular el mundo no puede hacerlo con distancia. Está obligado a incluirse a sí mismo en sus propios cálculos.
Ian McEwan, Niños en el tiempo.

 

Han pasado ya muchos años desde la publicación del célebre ensayo de C. P. Snow sobre las dos culturas. La reflexión sobre el papel de la ciencia en la cultura contemporánea se ha enriquecido con nuevos temas y las perspectivas se han multiplicado con el progreso de la investigación y su creciente impacto sobre el contexto socio-económico. Al mismo tiempo, por desgracia, se han ofrecido también soluciones fáciles y conciliaciones nebulosas; las primeras, por lo general, en el ámbito de una visión rígidamente monodisciplinaria de las relaciones entre actividades intelectuales diversas; las otras, inspiradas en un genérico holismo en el que toda especifidad cultural queda ajustada en nombre de una totalidad indiferenciada. Por un lado, las ‘epistemologías totalitarias’, que describen de forma ideal y estilizada la actividad científica, aunque, más bien, dotan de coartada a una industria de la ‘verdad’. Por otro, las posiciones ‘anything goes’, que muestran la desnudez autorreferencial de mucha ciencia hard, pero al precio de un melting-pot cultural que no resulta útil a nadie.

La percepción de la actividad científica como productora de asépticas certezas se remonta a las raíces de la cultura moderna. Newton y Kepler todavía aspiraban a una visión alquímica de las posibilidades de transformación individual y colectiva implícitas en la filosofía natural y su visión es, en el fondo, la del intelectual de la época, que quiere moverse a través de todos los campos del saber y encontrar en cada etapa elementos de comprensión global. Pero ya Blake denunciaba los oscuros molinos satánicos tras el sueño de Newton, y Yeats se preguntaba Do not all charms fly / at the mere touch of cold philosophy?

Es interesante señalar que, todavía hoy, la ciencia se asocia a menudo con características cold, frías, de una objetivad abstracta en la que la conciencia y el cuerpo han sido condenados al exilio, privados de valor epistémico. Así, el reino del arte y de la literatura, y a menudo la propia actividad filosófica, se convierten periódicamente en el lugar salvífico de la subjetividad, fortalezas de denuncia de la fragmentación cultural resultado de la actividad científica, actividad económicamente exitosa, pero éticamente en quiebra. Esta idea se ha difundido profundamente en muchos movimientos culturales y políticos y ha nutrido distintas formas de ciencia alternativa, cuyo crédito es proporcional al dominio de la tecno-burocracia, señalada como el pecado capital y originario de la ciencia.

Esta visión dicotómica del saber y del hombre, cultura resignada a la esquizofrenia, ha sido aceptada por muchos científicos, más preocupados por delimitar el alcance de sus resultados que de valorizar las potencialidades culturales, con un lenguaje que no esconde del todo el embarazo por dejarse enredar en la complejidad del debate. Así J. Monod, en un estilo vagamente existencialista, escribe que la investigación no puede aliviar nuestra innata angustia; más bien la exaspera, pero consigue, sin embargo, imponerse porque las sociedades modernas están fundadas sobre la ciencia. Le deben su riqueza y su poder…; y S. Weinberg: el esfuerzo por comprender el universo está entre las poquísimas cosas que elevan la vida humana por encima del nivel de una farsa, confiriéndole un poco de la dignidad de una tragedia.

A estas visiones filosóficas le hacen eco las representaciones sociales y culturales de la ciencia. Como ejemplo, valga la diferencia extrema –en todos los sentidos- entre los dos hermanastros de la novela Las Partículas Elementales de Michel Houellebecq: el biólogo famoso cercano al Nobel, que vive en un mundo descorporeizado y sueña con vidas perfectas de cuerpos clonados y lisos, y el profesor perdido en la atracción morbosa de un erotismo invasivo. Pero existen también otras señales, otras sugestiones, acaso más cercanas al corazón palpitante de la ciencia contemporánea. La Smilla, con su sentido de la nieve, de Peter Hoeg considera a Newton su único hermano espiritual, se emociona tanto con los Elementos de Euclides como con el Concierto para Violín y Orquesta de Brahms (versión de Bernstein-Kremer) y es una experta en geofísica. Pero no ha terminado la universidad, vive sola con su tendencia al vagabundeo, no tiene trabajo fijo. Y su aventura la llevará a enfrentarse con Tork Hviid, biólogo ‘implementado’, potente personaje fáustico capaz de maniobrar sin escrúpulos entre las ideas y ‘el negocio’ de la ciencia. David contra Goliat. En la escritura intensa y rigurosa de Ian McEwan, la ciencia aparece más a menudo, directa e indirectamente, como principio ‘abierto’ de racionalidad en un mundo caótico, hilo incierto en un laberinto al límite de la locura. No por casualidad, McEwan es un lector atento de la obra del físico inglés David Boom, explorador del tejido no-local del mundo, de los misterios del pre-espacio, y de las modificaciones que tal conocimiento puede provocar en nuestro lenguaje y nuestra concepción del mundo, marxista heterodoxo, interesado por la tradición sapiencial y frecuentador de las lógicas ‘anómalas’. En estas ‘figuras’ de la ciencia contemporánea, la noción de ‘observador de la naturaleza’ se entiende, no ya como la figura supraceleste del ‘descubridor de la verdad’, sino como un sujeto que construye un conocimiento y lo discute en un ágora que también es mercado; producido, por lo tanto, como expresión de trabajo, esfuerzo, investigación, pero también como objeto de crítica y valoración sujeto a los mecanismos de asimilación social (B. Latour).

El concepto de observador, desde siempre central en la historia del pensamiento científico, ha experimentado una radical reconsideración en el curso del siglo recién terminado debida a las consecuencias epistemológicas de dos disciplinas aparentemente poco conexas: la teoría cuántica y la cibernética.

Generalmente, en mecánica cuántica (MC) se entiende por observador un aparato de medida que interactúa con el sistema cuántico, y el colapso de la función de onda viene acompañado de una suerte de amplificación de información macroscópica debida a la interacción entre sistema cuántico e instrumento. Mucho más drástica y revolucionaria es la visión del observador desarrollada en el ámbito de la cibernética a través de los trabajos de N. Wiener, L. von Bertalanffy, R. Ashby, H. von Foerster, H. Maturana y F. Varela. El observador es tratado aquí como un sistema que interactúa con otros sistemas y selecciona la información en relación con su estructura interna y su propia historia. No es posible, pues, hablar de conocimiento en abstracto, sin hacer referencia al agente cognitivo, a su base de conocimientos, a sus métodos, a sus fines. ¡Todo agente, como eficazmente han mostrado Maturana y Varela, produce un mundo! Este constructivismo radical no significa introducir en la ciencia un relativismo cultural, sino que, más bien, sienta nuevas bases para el estudio de los procesos cognitivos, entendidos como momento esencial de una Physis capaz de superar realmente cualquier viejo cartesian cut; una biología y una psicología del conocimiento deben proveer las bases de una visión renovada de la epistemología, no ya como una disciplina que analiza la ciencia desde fuera, sino como conocimiento que se analiza críticamente a sí mismo en su propio hacerse. Por otro lado, esta nueva ciencia deberá ser capaz de recuperar el concepto de tiempo, no sólo como variable, sino como expresión de la historicidad de los sistemas complejos y de los recorridos evolutivos que se refieren al observador y sus construcciones teóricas. No sólo, y definitivamente, el mapa no es el territorio, sino que la pluralidad de los mapas posibles sugiere, desde el interior de la actividad científica, la consideración explícita de los fines del observador, constructor y gestor dinámico de modelos. La incertidumbre y la intederminación, lejos de ser casos singulares, pertenecen a la esencia de la relación constitutiva y circularmente virtuosa –por fecunda- entre observador y observado.

Del mismo modo que no es posible considerar un dato si no es dentro de un corpus teórico, cualquier teoría sólo puede ser valorada dentro de un contexto más amplio vinculado a la perspectiva histórica y cultural, a las modalidades de comunicación, a las exigencias políticas y económicas que influyen en las elecciones del observador. Reconocer que no se trata de dos juegos diversos elimina toda distinción artificial entre las dos culturas sin quitar nada de su fuerza innovadora a la tarea científica. Aquí no es la ciencia lo que está en discusión, sino una visión hipócrita que pretende proteger una presunta pureza de la actividad científica de la complejidad cultural de sus raíces y de su función. Y, por otro lado, debería parecer sospechoso que este cinturón de seguridad, casi un moderno tabú laico, haya adquirido sus armas retóricas más fuertes con el desarrollo de la big-science –cuyo marco se ha desplazado hoy desde la física de partículas a la biología- y con el aumento progresivo de la importancia económica de la ciencia, y que se vea reforzado en cada fase crucial, como la que se está produciendo hoy en día en el paso de la biología molecular a la ingeniería genética. 

El observador-constructor de modelos no puede ya ser el fantasma detrás de la teoría, invisible y despegado de sus historias, que trueca una fecundidad problemática por la adhesión a una neutralidad metodológica que, en realidad, resulta funcional al orden social del sistema de producción. El mejor modo de ser objetivos –y, bien mirado, el único- consiste en entender al observador como recuperación de la centralidad del sujeto.

La compleja cuestión de la subjetividad, entendida como centro propulsor del hacer, se enfrenta hoy con las vías predefinidas de producción del saber, de las relaciones entre economía, ecología y epistemología, y atraviesa la política y la gestión social. Un tema importante, entre otros, es el del modelo de bienestar y de eficiencia, que va desde el cuerpo individual hasta las estructuras institucionales del cuerpo social. Toda tentativa de ecología profunda está destinada al fracaso si no va acompañada de la constante búsqueda de nuevos espacios del saber, capaz de impedir que la institución se convierta en institucionalización, la camisa de fuerza de una ciencia miope, atrapada entre el imperativo mercantil y la parcelación autorreferencial. Condición necesaria del saber es la practicabilidad de niveles siempre nuevos de trans-disciplinariedad, en los cuales la riqueza distribuida de los conocimientos permite a toda subjetividad poner de nuevo en juego las propias competencias, repensarlas desde sus fundamentos, confrontarlas dialógicamente en una búsqueda más amplia de sentido y de valor.

No se trata de una nueva sensibilidad. Quizá sea nueva la urgencia, o los instrumentos disponibles para realizarla, pero tal sensibilidad siempre ha estado presente en el pensamiento de los grandes filósofos naturales. En 1935, W. Heisenberg, uno de los padres fundadores de la MC e hijo del romanticismo alemán, escribía:

[…] la noción consciente de las leyes naturales formuladas matemáticamente es la premisa de toda intervención activa, y de utilidad práctica, en el mundo material. Pero, detrás de esto, se encuentra todavía una comprensión inmediata de la naturaleza, que consiste en acoger inconscientemente dichas estructuras matemáticas reproduciéndolas en el espíritu, y que está abierto a todos los hombres que son susceptibles de una relación más íntima y receptiva con la naturaleza misma.

VERSIÓN ORIGINAL EN ITALIANO: GOLEM.

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