ALGUNAS REFLEXIONES sobre la renta durante la “Gran Crisis” de 2007 ( y siguientes) – Toni Negri

El siguiente texto cierra un volumen de autoría colectiva recientemente publicado por Traficantes de Sueños: La Gran Crisis de la Economía Global. El libro (en papel o pdf) puede adquirirse en la web de la editorial.

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QUÉ ES LA RENTA, QUIÉN ES UN RENTIER, son cosas que sabemos todos. Todos hemos visto la cara, al menos una vez, del que te alquila el piso. Podemos haberlo odiado o envidiado; sea como sea lo consideramos alguien que —al menos en relación con nosotros— gana dinero sin trabajar.

En el Ancien Régime estaban vigentes las leyes de la renta. Las exaltaban los reaccionarios del tipo de Burke y Hegel, considerándolas naturales; las odiaban los discípulos revolucionarios de Rousseau, los reformistas ilustrados y los fundadores de los derechos del hombre. Los liberales ingleses y los filósofos kantianos pensaban que la libertad no podía sostenerse y desarrollarse sobre la base de la explotación de las riquezas heredadas: una riqueza «digna» debía, en cambio, fundarse en el trabajo. Por su parte, los estudiosos de las «riquezas de las naciones», los inventores de la economía política, fueron ambiguos en este tema: por un lado, en efecto, pensaron que la riqueza capitalista debía construirse contra la renta (y en el acto de identificar este camino consistió la verdad de la ciencia económica); por otro, no se ocultaron (aún si lo hicieran con frecuencia a sus lectores) que el desarrollo capitalista no habría tenido jamás la oportunidad de formarse y despegar con la fuerza con la que lo hizo de no ser por una violenta apropiación originaria, la cual había tenido lugar históricamente mediante la apropiación de lo común, de las tierras y del trabajo en la era de las enclosures.

He aquí, pues, en qué consiste la renta absoluta: una acumulación originaria violenta pero necesaria —que sin embargo era preciso ocultar porque era, también, infame—, esclavista, perversa, atroz en sus modalidades… Ciertamente, la renta absoluta sobrevivía en los procesos cotidianos y habituales de disfrute de la renta, pero de una manera tan subordinada a las otras formas de producción de riquezas (los economistas lo decían, quizás lo esperaban, seguramente sufrían el equívoco en sus análisis) que en definitiva aquella se volvía relevante sólo cuando se presentaba como el premio en una competencia entre propietarios (de tierra y/o de dinero). La «renta relativa» se volvía de ese modo una de las figuras en las cuales se presentaba el plusvalor producido por el trabajo, que surgía a través de la diferencia de productividad de las tierras trabajadas así como de los fondos de comercio. A través de la «renta relativa», el economista intentaba, por un lado, llegar a un acuerdo con los reformistas dándole algún fundamento a sus razonamientos; en realidad, sin ocultarlo demasiado, junto al desarrollo capitalista, legitimaba la violencia de la apropiación originaria, de la acumulación primitiva.

Hace casi un siglo atrás, a mitad de camino entre los fundadores de la economía política y nosotros, Keynes todavía se enconaba contra la renta augurando «la eutanasia del rentier». En aquel entonces ¿quién habría osado pensar que los comienzos del siglo XXI se caracterizarían por el debate, nuevamente (otra vez), sobre la renta, los efectos políticos de su vigencia y por la exaltación ideológica, reaccionaria, de sus peores derivas?

Cuando estudiamos el poder constituyente democrático en los procesos de fundación del orden jurídico moderno, no podemos pasar por alto que aquel afecta, más aún, arremete contra las disposiciones propietarias del orden capitalista (desde el punto de vista crítico, ataca las relaciones de propiedad preconstituidas; desde el punto de vista de la reforma y/o de la revolución, expresa el deseo de nuevos órdenes sociales de propiedad). Dada la intensidad de esta intención del poder constituyente, no debe sorprender el hecho de que la ciencia jurídica burguesa, a lo largo de toda la modernidad, haya intentado aislar el concepto, arrancarlo de la materialidad de las relaciones sociales dentro de las cuales nacía —en un primer momento, relaciones sociales de propiedad; más adelante, relaciones de apropiación capitalista.

El poder constituyente terminaba donde comenzaba el derecho. Termidor era el momento en el cual el poder constituyente se realizaba para ser negado, borrado. Y sin embargo, la ciencia constitucional sabía que esa neutralización era vana. Aunque el poder constituyente pudiera ser aislado formalmente, el jurista y el político sabían que inmediatamente después serían constreñidos a asumir como fundamento, y para la orientación de su propio trabajo, el análisis de la «constitución material» (es decir, el estudio de las relaciones sociales que, en su complejidad y su eventual antagonismo, están en la base de la «constitución formal» o legal). Un extraño dilema se iba conformando. Las relaciones de propiedad constituían el problema básico de las insurgencias del poder constituyente; el poder constituido, en cambio, asumía esas relaciones de propiedad como sagradas e inmodificables. En la hipocresía formalista de la jurisprudencia contemporánea, el poder constituyente, cuando fuera recuperado, sólo podía ser leído como «poder de excepción», privado de cualquier contenido que no fuera la intensidad de la decisión. Contra esto, toda vez que se presentase en su materialidad e hiciera resurgir la cuestión de la propiedad, el poder constituyente se desplegaba en el tiempo de la constitución y allí, proponiéndose como elemento de innovación jurídica actual y de emancipación social, abría la posibilidad de instituciones democráticas. Era entonces cuando el poder constituyente chocaba contra la «renta absoluta», construyéndose —como función democrática— en el largo tiempo de la constitución material, y luchaba dentro de las formas jurídicas de la «renta relativa».

Hoy, la democracia ya no se encuentra solamente delante (y en contra) de la renta de la tierra (del suelo o inmobiliaria): se encuentra principalmente frente a la renta financiera, el capital que el dinero moviliza, globalmente, como instrumento para la governance de las multitudes. La financiarización es la forma contemporánea del mando capitalista. La misma continúa evidentemente entrelazada con la renta, y repite tanto su violenta intencionalidad como las ambigüedades y contradicciones de toda figura de explotación capitalista. Sería, por lo tanto, una necedad pensar que el capital financiero no es, en sí mismo, una relación antagónica: aquél comprende siempre la fuerza de trabajo como su elemento necesario, a la vez productor y antagonista. La forma en que el capital financiero incluye el antagonismo se define según especificidades totalmente determinadas: una fuerte abstracción de la cualidad corpórea del trabajo y la ciudadanía, la constitución capitalista de un mundo enmascarado y/o de necesidades distorsionadas, una comunidad monstruosa de explotación (de explotación de lo común: cuando la fuerza de trabajo se ha vuelto multitud y el trabajo se ha vuelto cognitivo y cooperativo, el capital ya no explota el trabajo individual, explota esencialmente al conjunto de la fuerza de trabajo en tanto cooperación, expropiándole lo que ella produce). La explotación de lo común se presenta, pues, como renta financiera.

¿Renta absoluta o renta relativa? ¿Renta fundada sobre un gesto de apropiación radical —de expropiación—, o bien de explotación generalizada y articulada sobre el total del valor producido en una valorización común? Casi seguramente, el economista contemporáneo, postindustrial, responderá sin ambages nuestra pregunta diciéndonos: vivimos en el mundo de la renta relativa. Pero entonces, cuando la ganancia misma se presenta como renta (puesto que en el mercado global es traducida inmediatamente en esta forma de existencia del capital), la renta financiera y los flujos financieros —en definitiva, el mundo de la renta— se presentan como inmediatamente atravesados y condicionados por las luchas de la multitud. Y sin embargo, cuando el mundo de la renta relativa nos es presentado nuevamente ¡qué gran diferencia muestra aquí esa misma renta relativa! Ésta —es decir, el mundo de la renta— se presenta enfrentándose a lo común, emerge dentro de lo común, dentro de una explotación generalizada. Hay países (China, por ejemplo) donde estos procesos se presentan de una manera tan «pura» que las relaciones sociales entre la centralización política del mando y la dimensión del welfare, del salario social y de la distribución de la riqueza en general, se presentan inmediatamente como una relación de lucha: también el salario ha alcanzado la generalidad de la renta financiera. Si se consideran los países donde la articulación compleja de renta y ganancia se da de forma «impura», como en Estados Unidos, Europa o, mejor todavía, en todos los países del ex-Tercer Mundo donde permanecen las oligarquías de la renta, se debe señalar cómo también allí es intensa la lucha por la reapropiación de la renta en la formación de las relaciones de reproducción de la sociedad. En todas partes, y de todas formas, la resistencia contra la renta es fortísima. En todas partes, la defensa de la renta llega al punto de proponer aquella síntesis entre renta absoluta y estado de excepción que hemos visto atravesando su genealogía. Es aquí, pues, que la renta reaparece, posicionándose violentamente contra los procesos democráticos. Es en este momento que la renta absoluta se reivindica como garantía del beneficio, invirtiendo el curso histórico del desarrollo capitalista.

¿Existe la posibilidad, allí donde la renta ha absorbido — o bien ha integrado— las dinámicas de la ganancia, de definir una lucha sobre el «salario relativo»? Es decir, ¿existe la posibilidad de diseñar dispositivos de lucha dentro y contra la renta? ¿En qué consiste una lucha sobre el rédito? ¿Cuál es el «salario de la renta»? Cualquier respuesta a estos interrogantes debe, antes que nada, reintroducir un sujeto: ¿entre quiénes se da la lucha cuando la renta mistifica lo común de la producción social? Un sujeto, se decía: una fuerza antagonista, multitudinaria, que tenga la capacidad de demoler el rígido biopoder ejercido en nombre de la renta absoluta. Pero, ¿cómo se construye un sujeto así? Se lo puede construir únicamente imponiendo un terreno de lucha basado en, estructurado y orientado por, la renta relativa. ¿Cómo lograr eso? Sólo a través de la construcción de un sujeto en lucha. La renta se transforma de absoluta en relativa cuando es sometida a la democracia de las luchas.

Por lo tanto, será necesario conducir luchas que lleven a la construcción de este sujeto. Unir a los precarios y los excluidos, recomponer el trabajo material e inmaterial: el primero dentro de la complejidad de sus articulaciones fabriles y metropolitanas, el segundo sobre ese mismo espacio y en la complejidad de sus articulaciones (desde los call centers a las universidades, de los servicios industriales a los de la comunicación, de los centros de investigación a los servicios sociales, sanitarios y educativos). Esta es la multitud que puede construir un sujeto político que ingrese activamente en el terreno de la renta dominada por las finanzas e introduzca, con la misma potencia que tuvo para los obreros de las fábricas fordistas la lucha alrededor del salario, una lucha en torno al ingreso. Esta es la dimensión sobre la cual se configura un «salario de la renta».

Léase bien: de ninguna manera se trata de pensar que las cantidades salariales arrancadas a la renta (primero absoluta, luego relativa) puedan en cierto modo determinar una crisis del mando capitalista. La lucha en torno al rédito (al «salario ciudadano», en particular) es primero un medio —un medio para la construcción de un sujeto político, de una fuerza política. ¿Un medio sin fin? Sí, porque su finalidad no es, ni puede serlo aún, la conquista del poder; ni siquiera una transformación duradera de los mecanismos de reproducción de la sociedad capitalista: en la lucha sólo se puede construir la realidad y el reconocimiento de una fuerza que sepa moverse con eficacia en el terreno del rédito. Es partiendo de este pasaje, de este uso constituyente de la lucha por la definición y el reconocimiento de un sujeto político —que permita, en consecuencia, dejar atrás dicho pasaje— que será posible abrir una lucha no limitada al tratamiento del salario de ciudadanía, sino dirigida a la reapropiación de lo común y su gestión democrática.

No hay lucha de clases sin un lugar dónde ésta pueda desarrollarse. Hoy, ese lugar es el territorio metropolitano. Hubo un tiempo en el que fue la fábrica; todavía hoy es la fábrica, pero decir fábrica, ahora, significa algo distinto de un tiempo atrás. La metrópolis es la fábrica actual —con sus relaciones productivas, los departamentos de investigación, los ámbitos de producción directa y los flujos de circulación/comunicación, los medios de transporte, sus separaciones y confines, las crisis de producción y de circulación, las formas diversas de empleo, etc. La metrópolis: fábrica modernísima como sólo la predominancia del trabajo cognitivo en los procesos de valorización puede determinar; y sin embargo, fábrica también antiquísima en la cual, como esclavos, inmigrantes y mujeres, precarios y excluidos, son puestos todos por igual a trabajar y donde la explotación alcanza todos los lugares y momentos de la vida. La metrópolis: fábrica preindustrial que pone en juego las diferencias culturales y de status con grados diversos de explotación, las diferencias de género y raza como diferencias de clase; y sin embargo, fábrica postindustrial donde estas diferencias constituyen lo común del encuentro metropolitano, del mestizaje continuo y creativo, del cruce de culturas y de vidas. Un común que en la metrópolis puede ser reconocido y traído a la luz. La renta reviste este común, lo construye desde los altos pisos de los rascacielos, lo domina en los mercados accionariales, lo desvela a aquellos que lo ocultan a sus productores.

Contra esto, una democracia absoluta de luchas por la transparencia, por la Glasnot, puede indicarnos el camino para emancipar lo común. Se trata de atacar todos los flujos de renta, desde aquella inmobiliaria (a través de las articulaciones financieras de la ganancia) hasta las rentas por copyrights y las producciones informáticas. Las luchas que aquí hemos señalado entre paréntesis, ese a través, constituye en la actualidad el corazón del capital. La democracia puede y debe destruir la renta absoluta para alcanzar la potencia e intensidad necesaria para desplegar la lucha contra la renta relativa. La renta absoluta, después de haber sido la figura inicial y violenta del essor capitalista es ahora la figura de la explotación capitalista, que vive su más alto nivel de desarrollo: es la figura de la explotación de lo común. Poner en contradicción la relación entre mando y común hasta que la contradicción explote: ese es el camino a recorrer, sabiendo que no hay ya dialéctica alguna que pueda resolver el problema. Solo podrá hacerlo la democracia cuando devenga absoluta, es decir, cuando en ella se opere el reconocimiento de que cada uno es necesario para el otro porque es igual en lo común…

La gran crisis ha comenzado dentro de la metrópolis, cuando el nuevo proletariado, construido por la producción capitalista de subjetividad como individuo propietario e impulsado luego hacia una condición patrimonial en la conversión neoliberal del welfare state (pero al mismo tiempo, reducido a la fatiga de una vida precaria mientras que el siglo anterior de luchas obreras lo había elevado y recalificado como trabajador cognitivo), se rebeló. Le han impedido el acceso al ingreso social, han querido quedarse con su casa, le han mostrado como la renta capitalista no está dispuesta a ceder nada ante las urgencias de equilibro del mando capitalista. Resistir, rebelarse… he aquí la nueva producción que se pone en juego por parte proletaria.

Cerrando el seminario del cual ha nacido este volumen, creo que todas las condiciones que determinan esta inversión radical de los procesos de producción de subjetividad han sido expuestas aquí en términos concluyentes. Queda por ser explorado el siguiente interrogante: ¿cómo reapropiar para la subjetividad común lo que el capital ha convertido en renta? Esta pregunta no es impertinente para una época en la cual la pasión, la inteligencia, las prácticas de la «revolución» están volviendo a avivar la escena en un plano global. Los análisis de la crisis y las consecuencias políticas que de ella se extraen en este volumen no sólo describen y critican el actual pasaje histórico sino que se abren a nuevos horizontes del deseo.

 

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