Es en Europa donde quiero tomar tierra (Bruno Latour)

Europa, ese Viejo Continente, ha cambiado de geopolítica desde que el Reino Unido consideró pertinente abandonarla mientras el Nuevo Mundo, gracias a Trump, se detiene en una versión de la modernidad cuyo ideal son los años cincuenta.

Quisiera dirigirme a lo que llamo tentativamente «patria europea». Europa está sola, es cierto, pero solo Europa puede retomar el hilo de su propia historia. Precisamente, porque vivió ese agosto de 2014 poniendo al resto del mundo de su parte, contra la mundialización y contra el regreso a las fronteras nacionales y étnicas.

Europa tiene todas las virtudes de sus defectos. Ser un viejo continente cuando se habla de generación y no solamente de producción es una ventaja y no un inconveniente. Es retomar la cuestión de la transmisión. Es abrazar la esperanza de pasar de lo moderno a lo contemporáneo.

Se dice que esta Europa de reglamentos y acuerdos es burocrática, la llamada Europa de Bruselas. Sin embargo, como invención jurídica, ofrece una de las respuestas más interesantes a la idea, de nuevo extendida por todas partes, según la cual el Estado nación parece ser el único capaz de proteger a los pueblos garantizándoles la seguridad.

Mediante un increíble bricolaje, la Unión Europea ha logrado materializar de mil maneras la superposición (overlap) entre intereses nacionales. Con su entramado de reglamentos, que alcanza la complejidad de un ecosistema, Europa señala una vía. Ese es exactamente el tipo de experiencia necesaria para abordar el mutación ecológica que cabalga por encima de todas las fronteras.

Las dificultades mismas del Brexit para salir de la UE señalan en qué medida la construcción es original porque ha logrado complicar la idea de soberanía delimitada por fronteras estancas. Esa cuestión ha quedado resuelta: si el Estado nación ha sido durante tanto tiempo el vector de la modernización contra viejas pertenencias, ahora no es más que otro nombre de lo Local. Ya no es el nombre del mundo habitable.

Se dice que la Europa continental ha cometido el pecado del etnocentrismo y ha pretendido dominar el mundo, que es preciso entonces provincializarla para devolverla a sus justas dimensiones. Hoy en día, esa provincialización la está salvando.

Peter Sloterdijk dijo un día que Europa era el club de las naciones que había renunciado definitivamente al imperio. Dejemos que los partidarios del Brexit, los electores de Trump, los turcos, los chinos y los rusos se entreguen de nuevo al sueño de la dominación imperial. Sabemos que siguen soñando con reinar en un territorio, en el sentido de la cartografía, pero no tienen más oportunidades que nosotros de dominar esta Tierra que hoy nos domina del mismo modo que a ellos.

Europa conoce los límites de su extensión en el espacio global. Ya no puede pretender dictar el orden mundial, desde luego, pero puede ofrecer un ejemplo de lo que significa volver a encontrar un suelo habitable.

Después de todo, fue ella quien pretendió inventar el Globo, en el sentido de espacio captado por instrumentos de la cartografía. Un sistema de coordenadas tan potente —demasiado— que permite registrar, conservar, proteger la multiplicidad de las formas de vida. Esa es la primera representación de un mundo común: simplificado, por supuesto, pero común; etnocéntrico, claro, pero común; objetivante, desde luego, pero común.

Se ha dicho todo lo que podía decirse contra esta visión demasiado cartográfica, demasiado unificante del mundo —me incluyo—, pero hay que reconocer que el proyecto europeo permite proponer un primer referente para posibilitar una empresa diplomática.

Que Europa no haya podido evitar que el Globo se le escapara de las manos para transformarse en Global le impone una responsabilidad especial. A ella le corresponde desglobalizar ese proyecto para devolverle su virtud. A pesar de todo, siempre ha estado llamada a redefinir la soberanía de los estados nación, cuyo modelo inventó.

Sí, Europa era peligrosa cuando se creía capaz de dominar el mundo. Pero ¿no sería aún más peligrosa haciéndose pequeña y buscando, como un ratón, esconderse de la historia? ¿Cómo podría escapar a su vocación de recordar, en todos los sentidos de la palabra, la forma de modernidad que ha inventado? En razón de los crímenes que ha cometido, la pequeñez le está prohibida.

De todos esos crímenes el más importante es haber creído que podía instalarse en lugares, territorios, países y culturas eliminando a sus habitantes o reemplazando sus formas de vida por las suyas —en nombre de la necesaria civilización—. Fue ese crimen, como sabemos, el que forjó la imagen y la forma científica del Globo.

Pero incluso ese crimen es otra de sus ventajas: la exime para siempre de la inocencia, de esa idea según la cual podría rehacerse la historia desde cero, rompiendo con el pasado, o escapar, de una vez por todas, a la historia.

Si la primera Europa Unida se hizo por abajo —el carbón, el hierro y el acero—, la segunda se hará también por abajo, la humilde materia de un suelo un poco duradero. Si la primera Europa Unida se hizo para dar una casa común a los millones de personas desplazadas, como se decía al final de la última guerra, entonces la segunda se hará también por y para las personas desplazadas de hoy.

Europa no tiene sentido si no vuelve sobre los abismos abiertos por la modernización. Este es el mejor sentido que puede dársele a la idea de modernización reflexiva.

De todas maneras, se le impone otro sentido de la reflexividad: el choque de la mundialización. Si Europa lo olvidara, las migraciones le recordarían que no puede escapar a sus acciones pasadas.

Algunos fariseos se indignan de que tanta gente pretenda cruzar las fronteras de Europa para venir a instalarse impúdicamente «en nuestra casa» haciendo «como si estuvieran en su casa». Había que haberlo pensado antes, antes de los grandes descubrimientos, antes de la colonización, antes de la descolonización.

Si Europa le teme a la Gran Sustitución, tenía que haber empezado por evitar sustituir las tierras vírgenes por sus propios modos de vida.

Es como si Europa hubiera hecho un pacto centenario con los migrantes potenciales: nosotros vinimos a vuestro territorio sin consultaros; vosotros vendréis al nuestro sin consultarnos. Toma y daca. No hay ninguna escapatoria. Después de haber invadido todos los pueblos, todos los pueblos vienen a Europa.

Tanto más cuanto Europa hizo otro pacto con terrestres que se proponían invadir sus fronteras: aguas oceánicas, ríos secos o crecidos, bosques obligados a migrar rápidamente para no ser alcanzados por el cambio climático, microbios y parásitos, todos ellos aspiran también a la Gran Sustitución. Habéis venido a nuestra casa sin consultarnos; nosotros iremos a la vuestra sin consultaros. Después de haberse aprovechado de todos los recursos, esos mismos recursos, convertidos en actores de pleno derecho, se han puesto en marcha, como el bosque de Birnam, para recuperar sus bienes.

En parte, es en el territorio europeo donde pueden converger las tres grandes cuestiones de nuestro tiempo: ¿cómo sustraerse a la mundialización-menos? ¿Cómo asimilar la reacción del sistema tierra ante las acciones humanas? ¿Cómo organizarse para acoger a los refugiados?

Esto no quiere decir que otros territorios no lo harán. Quiere decir que Europa, por su historia, debe ser la primera en lanzarse por ser la primera responsable.

¿Pero qué Europa? ¿Quién es europeo? ¿Cómo asociar la bella expresión de terreno de vida a ese aparato burocrático y sin alma?

¡Sin alma, Europa! ¡Qué mal la conocéis! Habla decenas de idiomas —y gracias a los refugiados, miles—. Ocupa de sur a norte y de este a oeste centenares de ecosistemas diferentes. Tiene, en todas partes, en cada pliegue de terreno, en cada esquina, la huella de batallas que han vinculado a cada uno de sus habitantes con todos los demás. Tiene ciudades, ¡y qué ciudades! Europa es un archipiélago de ciudades suntuosas. Mirad esas ciudades y comprenderéis por qué tanta gente, de tantas partes, busca una oportunidad de habitar en ellas —aunque sea en sus periferias—.

Europa ha tejido y destejido, de todas las maneras posibles, los límites y las virtudes de la soberanía. Ha saboreado desde hace siglos el pan de la democracia. Es lo bastante pequeña para no tomarse por el mundo entero y lo bastante grande para no limitarse a un pequeño terruño. Es rica, increíblemente rica, y su riqueza está garantizada en un suelo que no ha sido completamente devastado —en parte, como sabemos, porque ha invadido y devastado el de los otros—.

Aunque parezca increíble, ha logrado conservar una campiña, paisajes y administraciones, e incluso estados providencia que aún no han sido desmantelados.

Otra ventaja derivada de sus vicios: tras extender la economía al planeta, ha sabido no intoxicarse con ella por completo. Con la economización sucede como con la modernización: es un veneno de exportación del que los europeos han logrado protegerse, al menos en parte, con sutiles antídotos.

¿Sus límites no son claros? Nadie sabe dónde termina. ¿Pero de qué organismo terrestre puede decirse dónde comienza y dónde termina? Europa es mundial a su manera, como todos los terrestres.

Parece que otras culturas la llaman decadente y pretenden oponerle sus propias formas de vida. Que nos muestren su virtud esos pueblos que se burlan de la democracia —y, entonces, dejaremos juzgar a los demás pueblos—.

Europa retoma el hilo de su historia. Ha querido ser el mundo entero. Ha tenido una primera tentativa de suicidio. Luego otra. Ambas estuvieron a punto de ser exitosas. Después creyó escaparse de la historia poniéndose a salvo bajo el paraguas americano. Ese paraguas moral tanto como atómico se cerró. Europa está sola y sin protector. Este es precisamente el momento para que vuelva a entrar en la historia sin imaginarse que la va a dominar.

¿Es una provincia? Bueno, es exactamente lo que necesitamos: una experimentación local, sí, provinciana, de lo que es habitar una tierra después de la modernización, con aquellos que la modernización ha desplazado definitivamente.

Como al comienzo de su historia, Europa retoma la cuestión de la universalidad, pero esta vez no se precipita para imponerle a todo el mundo sus propios prejuicios. Nada mejor que un Viejo Continente para recuperar lo que es común y aceptar, temblando, que hoy la condición universal consiste en vivir en las ruinas de la modernidad buscando a tientas dónde habitar.

Después de todo, retomar la cuestión del mundo común en un momento de retorno imprevisto a la barbarie, cuando aquellos que formaban el antiguo Occidente han abandonado la idea misma de componer un orden mundial, ¿no es exactamente una versión más positiva de su historia milenaria?

La Tierra que había querido considerar como Globo se ofrece otra vez como lo Terrestre, en una nueva oportunidad que Europa no ha hecho nada por merecer. Esta nueva oportunidad le sienta bien a la región del mundo que tiene la responsabilidad más grande en la historia del desenfreno ecológico. Una vez más, una debilidad que puede convertirse en ventaja.

Cómo dudar que Europa pueda convertirse en una de las patrias de todos aquellos que buscan un suelo. «Es europeo quien quiera serlo.» Yo quisiera estar orgulloso de ella, de esta Europa arrugada y remendada: quisiera poder llamarla mi país —y su refugio—.