Rememorando: Estos años bárbaros (Joaquín Estefanía)

Más pobres, más desiguales, más precarios, menos protegidos, más desconfiados, menos demócratas. Éste es el devastador balance que ha dejado la crisis económica en amplias zonas del mundo, en especial en el sur de Europa, convertido en el laboratorio mayor de los experimentos de la denominada «austeridad expansiva». Una combinación tan desmesurada y tan desfavorable de elementos no se ha dado en la historia contemporánea más que en cuatro ocasiones: las dos guerras mundiales, la Gran Depresión y la Gran Recesión que empezó en el verano del año 2007. La austeridad se extendió durante los años setenta del siglo pasado para combatir el consumismo desaforado, el despilfarro de los recursos naturales y un cambio climático del que entonces no se hablaba con la urgencia y preocupación de ahora. ¿En qué momento perdimos la batalla de esa austeridad generosa y progresista, y nos la cambiaron —como en un juego de manos de trileros— por la que se ha aplicado en los últimos años, que ha causado tantos sufrimientos y tanta desigualdad? La transferencia de poder y de riqueza de abajo arriba ha sido tan grande que ha vuelto a poner en cuestión la estabilidad del binomio entre democracia y capitalismo. Mientras la primera pierde calidad, el segundo es cada vez más fuerte y más opresor. El ciudadano piensa que la razón económica prevalece sobre la razón política. Esto no es lo que decía el contrato social que todos hemos asumido como ciudadanos.

La Gran Recesión ha producido en sus resultados una gigantesca transferencia de riqueza y de poder desde el mundo del trabajo hacia el del capital, algo que ya estaba teniendo lugar durante los treinta años anteriores pero que se ha acentuado en esta última década. El hecho es que, con sus características actuales, el sistema capitalista es profundamente patológico, y ha llevado al planeta a una crisis mayor, de parecida significación que las de la Gran Depresión y las dos conflagraciones mundiales. Lo que está en juego en el interior de esta crisis es quién va a pagar sus costes, y hasta el momento, cuando todavía es difícil poner la palabra “fin” a la fase actual de la misma (recuperación sin empleo y sin correcciones de la desigualdad), la respuesta es lamentablemente inequívoca: no quienes desencadenaron el colapso sino la mayoría de la ciudadanía, con el falaz argumento de que la gente ha vivido “por encima de sus posibilidades”…

Allí donde había irregularidades hipotecarias y responsabilidades de los bancos por sus abusos y su opacidad en la venta de productos financieros imposibles de entender por la mayor parte de los inversores —que fueron engañados— ahora hay deuda pública y recortes del Estado de Bienestar. En lugar de discutir medidas para superar la depresión, desencadenada en parte por la quiebra de las entidades que hubieron de ser rescatadas con cantidades desorbitantes de dinero público, los gobiernos (de uno u otro signo) han competido en el recorte de gastos y de servicios públicos, y en la devaluación de los salarios. Se baja en la escalera del desarrollo. En un asombroso juego de manos, han convencido a una parte de la opinión pública de que la verdadera crisis no son los estragos que las quiebras de las leyes del libre mercado y del riesgo moral han causado en el empleo y en los niveles de vida, sino en el incremento de la deuda pública en que han incurrido los gobiernos para pagar dichas quiebras.

Estos años bárbaros