“Ya he dicho mil veces que no hay que dejarles que aprendan a leer y escribir”

Mi puerta de entrada en el Tercer Mundo fue la República de El Salvador, adonde fui en 1980 desde Nueva York escapando del frío para pasar unas Navidades tropicales en casa de un amigo que trabajaba para el Banco Santander.


Allí imperaba entonces un clima de preguerra civil con tensiones muy fuertes, zonas del país vedadas al turismo y con tantas pintadas por las paredes como en Oyarzun, territorio apache según la Policía, durante la peor época de ETA. Empezaba entonces una terrible guerra civil que duró desde 1979 hasta 1992; causó 75.000 muertos y envió a Estados Unidos a toda una generación de jóvenes que regresó años más tarde para fundar las temibles Mara Salvatrucha, Barrio 18… que se involucrarían en el narcotráfico y convertirían el país en el infierno que es hoy, cuando su capital solo cede ante Caracas y San Pedro Sula (Honduras) en la lista de las ciudades más inseguras del planeta. El Salvador era entonces una tierra violenta, donde todo el mundo iba armado con machetes y los capataces de las fincas llevaban revólver al cinto. Me sorprendía mucho constatar en el periódico la cantidad de muertos que producían las riñas favorecidas por el alcohol todos los fines de semana. También los ricos, en cuyo ambiente vivían los amigos que me habían invitado, iban armados o llevaban armas en la guantera del coche y las tenían también en casa, que se cerraba como un fortín con rejas y vigilantes privados. Por descontado que allí todos los ricos iban con guardaespaldas porque los atentados y los secuestros estaban a la orden del día.

La noche de Fin de Año nos invitaron a mi mujer y a mí a cenar en el Club Campestre, situado en la falda del volcán El Boquerón, desde donde se disfruta de una espectacular vista sobre la capital, San Salvador. Aquella cena tenía mucho de Buñuel y de western americano, pues mientras los ricos cenaban con sus pistolas sobre la mesa, o bailaban en la pista, sus escoltas se encontraban rodeando el salón, de pie, con la espalda apoyada contra la pared y dejando ver las pistolas que portaban al cinto. Era surrealista. Allí estaba la aristocracia local, lo que se conocía como las Catorce Familias, que tradicionalmente ha sido considerada como la dueña de todo el país. En plena cena estalló un incendio en la ciudad, y desde donde estábamos las llamas se veían con nitidez. El encargado del bar me comentó que la radio decía que la guerrilla lo había provocado “para amenizar la fiesta de fin de año de los ricos del Club Campestre”.

Una de aquellas noches me invitó a cenar uno de esos ricos de San Salvador — cuando eran ricos, eran muy muy ricos—, un hombre que al parecer poseía todo el cemento del país y cuya casa estaba rodeada de altos muros y protegida por soldados con casco y metralleta metidos en garitas. Estábamos en el aperitivo cuando se me ocurrió comentar que durante una excursión a una pirámide maya, aquella misma tarde, había visto muchas pintadas en los muros de las casas de los pueblos por donde había pasado. Entonces mi anfitrión inquirió secamente: “¿Y qué dicen esas pintadas?”. Le respondí que lo habitual, que pedían la tierra para el que la trabaja, reforma agraria y cosas por el estilo. Entonces dio un puñetazo sobre la mesa de cristal que tenía delante diciendo con gran violencia “eso pasa porque están aprendiendo a leer y escribir, ¡ya he dicho mil veces que no hay que dejarles que aprendan a leer y a escribir!”. Una copa rodó al suelo y se hizo mil pedazos, en medio de un estremecedor silencio de los presentes. Me quedé atónito y escandalizado a la vez. No estábamos en el siglo XVI sino a finales del XX. Pero no lo parecía.

El anticuario de Teherán. Historias de una vida diplomática

Jorge Dezcallar de Mazarredo,
Diplomático, Director del Centro Nacional de Inteligencia, España, (2002-2004)