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GÜNTER ANDERS, la bomba en bikini – Fabrice Hadjaj (2006)

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El 5 de julio de 1946, una bailarina del Casino de París, llamada Micheline, presenta el “más pequeño traje de baño del mundo”: fue diseñado por Louid Réard, especialista en maquinaria recicladora de ropa interior, y lo llamará Bikini, nombre del atolón donde los americanos acababan de realizar sus nuevos ensayos nucleares. Nagasaki no había sido suficiente. Los tests se habían demostrado finalmente letales por la carbonilla radioactiva para personas que se encontraban muy alejadas del lugar de la explosión. El locutor de radio Kuboyama, además, falleció en el acto. ¿Nuestro fabricante no vio acaso una oportunidad comercial? ¿No demostraba que las cenizas radioactivas podrían llegar hasta nuestras playas? Los americanos llamaron a sus bombas, “Little Boy” o “Grandpa”. Ahora se imponía una familiarización inversa: no era la bomba la que tenía un nombre común, era la bañista quien debía convertirse en una “bomba sexual”. Designar el objeto no en términos de vida y de intimidad sino de explosión y muerte no es para nada inocente. Es cuando menos un mal augurio, y convendría escribir toda una estética sobre el “pasárselo bomba”, desde la juerga entre amigos hasta el atentado suicida pasando por el dripping y el zapping, para comprender hasta que punto los tres pequeños triángulos sostenidos por hilos son el signo, como una estrella de David explotada, de la desesperante amenaza atómica.

Sucede que ya no vivimos en una época, sino en su prórroga. Günther Anders ya nos advirtió: nuestra existencia transcurre no solo bajo la inminencia de una muerte individual, sino de una destrucción planetaria. Su obra se esfuerza por sacar todas las consecuencias posibles de lo dicho. Como ya tiene sus años, sobre una cuestión tan actual, la podríamos creer obsoleta. Pues ni mucho menos. Durante mucho tiempo guardada en la sombra, como un gran vino de reserva, ha mejorado para ahora ofrecernos la sobriedad propia del momento de resaca de una borrachera. No es el entusiasmo ni el furor del momento lo que nos preocupa sino la excepcional pertinencia de conceptos que dominan el panorama actual y señalan a lo esencial. A este rigor se une la grandeza de un estilo que sabe conjugar la exposición con la palabra, el silogismo con la anécdota, la seriedad con el humor, con una mezcla de profundidad sutil y de alegría angustiosa que recuerda a Kierkegaard.
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LA MEGAMÁQUINA y la destrucción del vínculo social – Serge Latouche (1998)

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[Traducción del francés: Diego L. Sanromán]

La megamáquina infernal

Lewis Mumford, y aún más Cornelius Castoriadis, nos enseñaron que la máquina más extraordinaria inventada por el genio humano no es otra que la organización social misma. Después de la metáfora del organismo, la metáfora de la máquina ha sido utilizada ad nauseam para referirse a la sociedad. Lo cierto es que, conforme a la visión cartesiana del animal máquina, las dos metáforas remiten a una misma visión mecanicista de la sociedad.

El proyecto de racionalización siempre ha apuntado en último término, bien a través del orden técnico bien a través del orden económico, a la organización de la Ciudad. Frank Tinland señala, con razón, a propósito de la tecno-ciencia, que ésta de hecho siempre tiene que ver con un triángulo tecno-económico-científico [1]. La dinámica tecno-económica planetaria ha adquirido el aspecto de un macrosistema descentralizado bastante diferente de la megamáquina centralizada (como el Estado faraónico o la falange macedonia consideradas por Lewis Mumford), pero de buena gana la calificaría de infernal. Algo que merece ser precisado. Se trata, por un lado, de identificar dicha máquina, de especificar sus características y, por otro, de mostrar qué es lo que puede justificar el calificativo de infernal.

La máquina humana

El carácter maquínico del funcionamiento del mundo contemporáneo se manifiesta por el ascenso de la sociedad técnica y, al mismo tiempo, por el ascenso del sistema técnico, pero también por el hecho de que los hombres mismos se han convertido en engranajes de un gigantesco mecanismo. Cada vez con mayor razón se puede hablar de una cibernética social [2]. Ésta destaca, en un primer momento, por la emancipación, con respecto a lo social, de la técnica y de la economía y, más adelante, por la absorción de lo social por lo tecno-económico.

La emancipación y el desencadenamiento de la técnica y de la economía

Si la técnica es, en su esencia abstracta y, como tal, insignificante, tan vieja como el mundo, la aparición de una sociedad en la que la técnica ya no es un simple medio al servicio de los objetivos y valores de la comunidad, sino que se convierte en el horizonte insuperable del sistema, en un fin en sí misma, data del periodo de la ‘emancipación’ de las regulaciones sociales tradicionales, es decir, de la modernidad. No alcanza toda su amplitud más que con el hundimiento del compromiso entre mercado y espacio de socialidad realizado en la nación, o lo que es lo mismo, con el fin de las regulaciones nacionales, sustitutos provisionales y finalmente últimas secuelas del funcionamiento comunitario. Se puede datar con mucha precisión este salto, paso de la cantidad a la cualidad, de lo que ha dado en llamarse tercera revolución industrial. El coste de las técnicas, sus efectos positivos o negativos (piénsese en Chernobil), sus dinámicas son inmediatamente transnacionales. Si el mundo obedece a las leyes del sistema técnico, tal como las analiza Jacques Ellul, la capacidad de su legislador se encuentra reducida en igual medida. Lo que quiere decir que el soberano, ya se trate del pueblo o de sus representantes, se ve notablemente desposeído de su poder en beneficio de la ciencia y de la técnica. Las leyes de la ciencia y de la técnica se sitúan por encima de las del Estado. Es en gran parte por haber olvidado este hecho por lo que los totalitarismos del Este, que se encontraban en contradicción con las leyes de la ciencia y de la técnica tal como éstas funcionaban en el mundo moderno, terminaron por derrumbarse. Entre las consecuencias de este aumento del poder de la técnica se encuentra la abolición de la distancia, la creación de lo que Paul Virilio llama la ‘teleciudad’ mundial y el surgimiento de la ciudad-mundo, lo que provoca el efecto inmediato de un hundimiento del espacio político. “A partir del momento –declara Virilio- en que el mundo queda reducido a nada en cuanto extensión y duración, en cuanto campo de acción, de forma recíproca, no hay nada que pueda ser mundo; es decir que yo, aquí, en mi torreón, en mi ghetto, en mi apartamento (cocooning), puedo ser el mundo. Dicho de otro modo, el mundo está en todas y en ninguna parte. Esto fue lo que el feudalismo, más tarde la monarquía y finalmente la república rompieron” [3]. Sigue leyendo

DE LA CIVILIZACIÓN como crash-test – Frédéric Neyrat (2007)

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Frédéric Neyrat (1968 ) es un filósofo francés. Fue director de programas del Colegio Internacional de Filosofía y, en la actualidad, forma parte del comité de redacción de la revista Multitudes. Es además colaborador habitual de Rue Descartes y de Ctheory, de donde se ha extraído el texto que puede leerse a continuación. Sus dos últimas obras publicadas son Biopolitique des catastrophes (2008 ) y Instructions pour une prise d’âmes. Artaud et l’envoûtement occidental (2009).

[Traducción del francés: Diego L. Sanromán.]

Democracia, cooperación, confianza, educación ‘sostenibles’… nunca antes se había oído, leído, sufrido tanto este predicado desde que fuera originariamente adherido al sustantivo ‘desarrollo’. Tomada al pie de la letra, la noción de ‘desarrollo sostenible’ es más bien inquietante, si de lo que se trata, en definitiva, es de mantener el desarrollo eco-técnico tal como es por todos los medios posibles (1). Pero la proliferación de este predicado bueno-para-todo debe, sin embargo, ser interpretada como algo bastante más real que una máscara ideológica o una técnica de marketing; traduce de forma manifiesta una angustia contemporánea: por ejemplo, el hecho, precisamente, de que nada parezca capaz de persistir de verdad. “Nada dura”, nos decimos y añadimos enseguida: “y esto parece que tampoco va a durar mucho tiempo”. Tal es la íntima formulación de nuestra relación paradójica con el tiempo, aquella que contiene tanto nuestras posibilidades políticas más fatalistas como las más revolucionarias.

Cronopatología

Nada muy nuevo, en apariencia. Desde la época moderna, lo inmortal y lo estable parecen haberse deslizado por la piel de las presencias efímeras, y lo efímero resistir con dificultad ante la atracción hacia la nada. Científico, político, artístico, económico… bajo todos sus aspectos, la modernidad podría ser considerada como un gran proyecto de liquidación; de las tradiciones, por ejemplo, algo que los reaccionarios deploran. “Época de la superación, de la novedad que envejece y se ve inmediatamente remplazada por otra novedad aún más nueva”, la modernidad, dice Gianni Vattimo, cede hoy su lugar a la posmodernidad en cuanto época en la que ya no se concede ningún crédito a lo inédito (2). De la modernidad a la posmodernidad, la temporalidad se habría reducido poco a poco al supuesto tiempo presente, sin tiempo diferido ni futuro. En léxico heideggeriano, diríamos que el Dasein de los seres humanos cada vez tiene más dificultades para ‘proyectarse’ más allá del Gestell, del Gran Dispositivo, del circuito eco-técnico. Los agentes de dicha cronopatología parecen perfectamente localizados: por un lado, las tecnologías de la información y de la comunicación productoras de ‘tiempo real’; por otro, las normas del capitalismo consumista de la ‘era del acceso’, en la que los objetos se transforman en actualizaciones de corta duración en el seno de flujos de servicios propuestos a los consumidores y medidos por el rasero de un ‘lifetimevalue’ que expresa el conjunto de servicios que la empresa podría asegurar durante una vida entera. De este modo, queda sin duda asegurada una duración económica que atraviesa la obsolescencia programada de los objetos y es capaz de adaptarse y mantener los contornos de una subjetividad metamórfica; pero se trata de una duración que parece haber abandonado la posibilidad de apropiación de los individuos. Sigue leyendo

La revolución en el pueblo o la democracia participativa a diario – Jean-Louis Bato

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Vandoncourt es un pueblecito de la Región del Franco Condado con una población que ronda los 700 habitantes. A comienzos de la década de los setenta, sus vecinos decidieron organizarse conforme a un modelo de democracia semidirecta. Lo que sigue es la traducción de un artículo de Jean-Louis Bato en el que se narra el proceso. El texto original puede leerse AQUÍ.

Traducción: Diego L. Sanromán.

Érase una vez un pueblecito construido en la falda de una montaña jurásica, a cuatrocientos o seiscientos metros de altitud y a sólo doce kilómetros de distancia de Sochaux. Un viejo pueblo de unas seiscientas almas, del que los hombres salen a trabajar. Del que los hombres salen… definitivamente. Los jóvenes abandonan no sólo la ciudad-dormitorio, sino también la ciudad-geriátrico. Cada vez son menos.

Como otros miles de pueblos de Francia, Vandoncourt dormita. La imaginación –y es lo menos que se puede decir- no está aquí en el poder. En Vandoncourt hay un Consejo Municipal, como en todas las comunas de Francia. Los electores oyen hablar de él regularmente: cada seis años. E incluso lo eligen. Al parecer, el Consejo, defiende los intereses comunales. Es lo que proclaman, en su profesión de fe, los candidatos, y la única información que comparten con sus conciudadanos… Cada seis años. El alcalde administra como un padre de familia y zanja las discusiones como un autócrata. Si hay conflicto, es él quien decide; y el Consejo lo ratifica cada trimestre. Él solo, o casi, sabe determinar lo que es bueno para la población… y también lo que no lo es.

En Vandoncourt ya no hay domingos, ya no hay buen pan, ya no hay pueblo. A casi todos los pueblos de antaño los ha matado el éxodo rural. También la escuela se muere. Los maestros no quieren quedarse.

De ahí parte precisamente la rebelión en 1969. In extremis, los padres crean una asociación; quieren que los elegidos participen en la renovación del pueblo. Comenzando por la escuela, que se desea sin muros, sin trampa. Una auténtica escuela del pueblo. Aparece un equipo de animación, gracias al impulso de algunos retornados que han pasado varios años en África. Ayuda al Tercer Mundo, Navidades para los niños empobrecidos, veladas dedicadas a los viejos, veladas de las naciones, en las cuales los extranjeros del pueblo, suizos, árabes, italianos y españoles presentan danzas e historias de su país. Fiestas a la vez folclóricas, gastronómicas y antirracistas. El pueblo hierve de repente de vida, de actividad.

¿Y qué pasa en el municipio? ¿Continúan con su gestión, como si nada pasase? Aún peor: este renacimiento les irrita.

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