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TAMBIÉN ha llegado Blanchot

Escritor, crítico y periodista, Maurice Blanchot (1907-2003) es una figura a la vez destacada y enigmática en el pensamiento francés y la literatura del siglo veinte. Su obra ha tenido una gran influencia en la filosofía y la escritura de Foucault, Derrida, Jean-Luc Nancy y muchos otros. Sin embargo, su pensamiento político es menos conocido.

Su violenta radicalidad incomoda incluso a muchos de sus seguidores. Los textos y declaraciones reunidos aquí por primera vez fueron escritos para revistas efímeras e incluso a veces confidenciales y aparecieron firmados por muchas personas (para manifestar así un movimiento colectivo) o por nadie (para que cualquiera pudiera sentirse responsable).

Desde la afirmación del derecho a la insumisión en la Guerra de Argelia hasta la revuelta de Mayo del 68, Blanchot, maestro del lenguaje indirecto e inacabado, escribe palabras cristalinas y directas para invocar la fuerza común y anónima del rechazo, la fuerza amistosa del NO. Ese NO que no es la expresión de un juicio o de una condena desde la distancia, sino que es la efectuación de una ruptura.

Comunidad anónima de nombres, potencia del rechazo, muerte política, palabra infinita e incontrolable… Hoy, cuando se extiende por todas partes una atmósfera gelatinosa de posibilismo y consenso, las intervenciones de Maurice Blanchot tienen el poder de interpelar, interrogar y sacudir nuestro presente como si no hubiese pasado un solo día desde que fuesen escritas. No es poco.

La obra política de Blanchot va precedida de un magnífico texto introductorio de Marina Garcés, de Espai en Blanc. De la traducción sólo se me puede culpar a mí. Podéis leer algunas muestras de lo que os váis a encontrar en el libro AQUÍ, AQUÍ y AQUÍ.

[Diego Luis Sanromán]

EN ROMA, COMO EN PARÍS: Derribar la dictadura financiera europea – Franco Berardi ‘Bifo’

Traducción del italiano: Diego L. Sanromán.

Lo que está sucediendo en Francia es extremadamente importante. Para todos. De este movimiento amplio, radical y decidido que se está desarrollando ya desde junio (que ha sacado a la calle a millones de personas, por cuatro ocasiones y en pocos meses) podría venir la primera respuesta victoriosa contra la dictadura financiera que se ha constituido en Europa tras la crisis griega y el diktat del directorio Trichet-Merkel-Sarkozy, y que aspira a imponer medidas unificadas de ataque contra el salario y contra la sociedad en nombre de la competitividad.

El movimiento francés contra la prolongación del trabajo y el retraso de las pensiones, reunido en la cuarta jornada de movilización general, gana fuerza y afronta el choque con el gobierno de Sarkozy.

Es la primera vez en Europa que un movimiento amplio toma como objetivo el dogma central de la prolongación del tiempo de vida-trabajo, sanctasanctórum del conformismo económico de la era tardo-liberal.

El dogma dice así: a causa de la prolongación del tiempo de vida y de la reducción de la natalidad, los países europeos se encaminan hacia una trágica situación, en la que unos pocos jóvenes deberán mantener a un montón de jubilados ociosos. Para evitarlo, debemos prolongar el tiempo de trabajo de los ancianos. A esta putada le llaman “pacto entre las generaciones”, y pretenden que todos creamos en la necesidad de trabajar durante más años para ayudar a la nueva generación.

Esta filosofía, impuesta por todos lados con la activa colaboración de las izquierdas y de los sindicatos, se basa en una premisa errónea, incluso falsa. Para empezar, la productividad media ha crecido cinco veces en los últimos cincuenta años. Con lo que la reducción de la unidad de trabajo no es un problema. Muchos menos jóvenes pueden producir tranquilamente lo necesario para muchos viejos, si la cuestión fuese sólo ésta. Pero no lo es en absoluto. Detrás del juego de las tres cartas se oculta, de hecho, un proyecto bien diferente, que consiste en imponer un aumento del tiempo de trabajo (más horas extraordinarias, pleno empleo de las instalaciones, sábado de trabajo, retraso indefinido de la edad de jubilación) y, en consecuencia, una reducción de la ocupación.

Con el cuento demográfico se aspira, pues, a mantener a los jóvenes en condiciones de subempleo, obligándoles a aceptar cualquier trabajo precario e infrapagado, mientras los ancianos se ven obligados a trabajar mucho más allá de la fecha establecida en su contrato originario de empleo.

La finalidad de la prolongación del tiempo de trabajo no tiene nada que ver con una exigencia productiva, sino que es la consecuencia de reglas financieras que actúan como una jaula, transformando en Europa la riqueza en miseria y la potencia en miedo. La desregulación sólo vale cuando sirve para atacar al salario, pero cuando sirve para aumentar la explotación, las reglas son, sin embargo, rigidísimas e indiscutibles.

Los trabajadores y los estudiantes franceses lo han entendido perfectamente. Han entendido que prolongar el tiempo de trabajo de los ancianos, en un periodo de reducción de la ocupación, significa reducir a los jóvenes a las condiciones del desempleo y el precariado. Si la sociedad francesa logra quebrar este dogma en Europa, se abrirá una fase nueva. En todas partes, empezando por Italia, podrá nacer un movimiento por la reducción del tiempo de vida-trabajo, por un adelanto de la edad de jubilación, por una reducción del horario semanal de trabajo.

Si se quiebra el dogma en ese punto, todo volverá a ser posible.

En la manifestación del sábado y, sobre todo, en las semanas que le sucederán, debemos tener claro que la cuestión planteada por la FIOM [1] (derechos laborales y defensa del salario) y la cuestión planteada por el movimiento de estudiantes e investigadores (recursos para la escuela pública, bloqueo de la devastadora reforma de Gelmini) no son, en absoluto, cuestiones italianas y no se pueden vencer como batallas nacionales. Sólo un movimiento europeo detendrá la ofensiva financiera contra la sociedad. Sólo un movimiento europeo nos liberará de los tiranuelos locales que llevan por nombre Tremonti o Berlusconi.

[1] Federación Italiana de Obreros Metalúrgicos.

 

* TEXTO ORIGINAL AQUÍ.

DANIEL BENSAÏD, la última entrevista

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Traducción: Diego L. Sanromán 

Daniel Salvatore Schiffer: Su última obra, titulada Prenons parti [Tomemos partido] y coescrita con Olivier Besancenot, se revela, más que como un simple manifiesto, como un auténtico programa político para el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA), nacido, hace apenas unos meses, de las cenizas de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), uno de cuyos padres fundadores fue Alain Krivine.

Daniel Bensaïd: En efecto. Este libro, contra lo que su título –Tomemos partido– podría hacer pensar, no quiere ser el manifiesto del Nuevo Partido Anticapitalista, sino una reflexión sobre lo que podría ser, a la luz de la situación actual, el socialismo del siglo XXI. Dicho análisis es el de dos miembros de la LCR, Olivier Besancenot y yo mismo, en vísperas de su disolución.

DSS: ¿Cuál es la tesis de partida?

DB: En el diagnóstico, sombrío, no hay lugar para equívocos: el capitalismo está, tal como lo prueba de forma dramática la crisis actual, gravemente enfermo. Los anticapitalistas no son los únicos, ni mucho menos, que lo constatan. Los defensores del nuevo orden mundial –políticos, tecnócratas, burócratas, banqueros, patrones, brokers y otros especuladores-, que hasta hace poco se deslomaban por mostrarnos las virtudes de la economía de mercado, lo reconocen también. Porque el mundo en su globalidad ha entrado en recesión –es un hecho objetivo, que ya nadie niega, ni siquiera los partidos de derechas- desde el último otoño. Pero esta crisis, por muy planetaria que sea, se revela trágica, sobre todo, para las clases sociales más desfavorecidas: los trabajadores, los obreros, los jubilados, los parados, los estudiantes… para familias enteras que no saben, hasta tal punto están sobre-endeudadas en ocasiones, cómo llegar a fin de mes. Son ellas las que pagan el precio más alto, mientras los grandes patrones y otros financieros continúan llenándose los bolsillos gracias a sus “paracaídas dorados”, por esta debacle del capitalismo, cuyas crisis son endémicas: un sistema, en esencia, tan desigual como injusto puesto que está fundado sobre el máximo beneficio, aun a costa de los económicamente más débiles. ¡Es algo que resulta escandaloso, chocante para el ciudadano medio! Sigue leyendo

ENTREVISTA CON ÉTIENNE BALIBAR. Del 68 a la crisis de la izquierda.

Traducción: Diego L. Sanromán.

Hay acontecimientos capaces de establecer periodos, de distinguir entre un antes y un después. Acontecimientos que cambian el curso de la historia y son recordados como tales. El 68, cuyo cuadragésimo aniversario se celebra ahora, se encuentra entre ellos. Lo recordamos, sin embargo, no con nostalgia, sino con la mirada crítica de quien lee el presente dentro de las contradicciones abiertas en el pasado. Ésta es precisamente la orientación de Étienne Balibar que, como protagonista del 68 y discípulo, al mismo tiempo, de Althusser, conocido crítico de aquel movimiento, considera las ambivalencias entre impulso antiautoritario y disciplina de la organización, entre ruptura revolucionaria y prácticas reformistas. El 68 como prisma a través del cual leer el presente: la crisis de la izquierda, el giro populista en la Europa contemporánea, el resurgir del fantasma del Estado. De estas cuestiones hemos hablado con Balibar con ocasión de un seminario sobre los cuarenta años del 68 en el Birbeck College de Londres.

El 68 es un punto de inflexión a nivel global. ¿Es posible leer hoy, partiendo de aquellos acontecimientos, la crisis de la izquierda en Europa como resultado del desafío lanzado por los movimientos a partir del 68?

El 68 es el acontecimiento por excelencia. Algunos, como mi amigo Immanuel Wallerstein, hablan de revolución: una explosión contra los poderes, en un espacio de tres o cuatro años, irreductible a la Europa occidental o a la América del norte o del sur, o bien a los países socialistas. Es una extraordinaria concentración de acontecimientos que sugiere la idea de un antes y un después, y revela que la política, la sociedad, la cultura se han convertido en algo muy distinto del modo en que se concebían oficialmente; las izquierdas se ven forzadas a inventar algo nuevo que quizá todavía no han encontrado. Esto es lo que hace del 68 un acontecimiento. Se trata de la condensación en pocos días –o también en pocos meses-, como decía Marx, de cambios y conflictos que normalmente se desarrollan durante años. Por eso no se entiende el 68 si no se mira más allá del mayo francés, si no se lo lee como extraordinaria traducción de luchas, lenguajes, prácticas. Para mí, es la segunda experiencia política importante: ya habíamos tenido la guerra colonial; en nuestro caso, Argelia; para otros, Vietnam… Como francés que tenía 26 años en el 68, me inquieta un poco, pues, ese mito del mayo francés.

Entonces sólo entendemos el 68 si ampliamos la mirada a coordenadas espacio-temporales globales, aunque siga dándose una especifidad francesa…

 Es una especifidad que deriva de la forma del poder político: la figura extrañamente monárquica de De Gaulle que hace de catalizador en la convergencia entre movimientos estudiantiles, obreros en huelga y apoyo de la población, que cristaliza en los días de mayo. De Gaulle es expresión de una anómala combinación de modernismo tecnocrático y  económico y de arcaísmo político, con un poder radicado en el malestar de los franceses, derrotados durante la guerra, pero milagrosamente transformados en vencedores. Pero De Gaulle es un monarca envejecido, no entiende lo que sucede, como el rey que, en 1789, pregunta a su ministro: ‘¿qué es esta revuelta?’, y el ministro: ‘no es una revuelta, es una revolución’. No se da cuenta de que se ha reactivado una memoria remota: los obreros vuelven a ocupar las fábricas como en el 36; los estudiantes y los escritores, la actividad intelectual. Como dice Marx: la comedia se repite. Y recomienza la toma de la Bastilla, ahora transformada en la Sorbona o en el Teatro del Odeón. Recomienza la política permanente en las calles.

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