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DICCIONARIO CRÍTICO de Ciencias Sociales – Reseña de Isidoro Reguera

Microsoft Word - Plaza y Valdes. Diccionario CCSS0 Final

En colaboración con la Universidad Complutense la editorial Plaza y Valdés publica en España y México el Diccionario Crítico de Ciencias Sociales, obra imprescindible para entender las posiciones teórico-prácticas en ciencias humanas, sociales y jurídicas, de especial y prioritario impacto en el espacio académico-investigador y profesional contemporáneos. La obra, en cuatro tomos, que se edita también como libro electrónico, está dirigida por Román Reyes, filósofo y sociólogo, rector del Euro-Mediterranean University Institute en la actualidad. Esta obra es fruto de su hercúlea capacidad de trabajo y organización, y lleva su espíritu sincero, lúcido, libre, poco convencional.

Como se afirma, paradójica pero acertadamente, en la presentación, “ésta pretende ser una edición completa de una obra compleja, por definición inacabada”. Con 432 firmas y 983 entradas, reedita los dos tomos ya publicados (Anthropos, 1988 y 1991), con un número considerable de actualizaciones y con nuevas entradas que desde entonces se han recibido o solicitado, equivalentes a un 50% de la obra. Es de agradecer que, en consecuencia, la editorial anuncie ya un quinto tomo (Anexo I) para enero de 2010. El mero hecho de que una obra, monumental además, se reedite acrecentada y up-to-date, después de veinte años, habla ya del valor que la comunidad intelectual le asigna. Sigue leyendo

LA CREACIÓN, juego de distinciones – Jesús Ibáñez

* Extractos de JESÚS IBÁÑEZ, Contra la castración del padre, El País, Extra (5 de mayo de 1988).

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Daniel Sibony ha trazado la correspondencia entre el mito hebreo de la creación y las concepciones matemática (teoría de los conjuntos transfinitos) y psicoanalítica (teoría de la castración).

La creación del mundo, según el Génesis, se escande en dos tiempos: un primer tiempo de separaciones y un segundo tiempo de alianzas. Dios, mediante mensajes, crea objetos, y entra en alianza con uno de ellos –transformándolo en sujeto.

En el primer acto, Dios (trascendente, escindido del caos) crea el mundo separando partes del caos (trazando fronteras): el primer día separa la luz de la oscuridad; el segundo separa las aguas de arriba de las de abajo; el tercero separa –abajo- las tierras de las aguas (en la tarde del tercero y durante los días cuarto y quinto, crea los objetos que convienen a cada dominio separado –astros, plantas, animales marinos y terrestres-); el sexto crea los seres humanos “a su imagen y semejanza” –Adame, hijo de Adama o la tierra-; el séptimo día descansó: trazó una frontera (un hueco) entre él y su creación (repitiendo la escisión original).

En el segundo acto, Dios entra en alianza con una de sus criaturas: Abraham. Abraham significa, en hebreo, el que traspasa: el transgresor. El que atraviesa las fronteras creadas por Dios y porta la marca de la travesía. Dios le separa de su contexto natural seguro (“abandona tierra, padre y madre”), para lanzarle a un nomadeo cultural incierto: en pos de una tierra prometida (e inalcanzable: Jesús hará que se pierda en las brumas del cielo); la casa del padre sustituida por el nombre del padre (“engendraré tu nombre”); la madre, por una bendición (“yo te bendeciré”). Hay una transferencia del reino de las cosas al reino de las palabras, del reino de la energía al reino de la información.

Para que el artificio se sostenga, las cosas deben guardar su poder de decir y las palabras deben guardar su poder de hacer. Toda la historia es, en hebreo, un juego de palabras. Un juego de filiaciones y alianzas, de sustituciones y combinaciones, con la raíz bar. Génesis es beredith; crear es bana, que significa separar o elegir; la cosa y la palabra se dicen dabar, filiación es bar y alianza es bérit. Sigue leyendo

¡CORRE, CAMARADA, EL 68 TE PERSIGUE!

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1789, 1830, 1848, 1870, 1917, 1934-1936, 1968… La superstición de las cifras, el hechizo de la fecha histórica. La Modernidad, que se supone fundada en una concepción lineal, progresiva y acelerada del tiempo, no ha dejado, sin embargo, de mirar por encima del hombro hacia el pasado, y no ha habido generación –cuando menos, europea- que no haya buscado inspiración para su emancipación presente o futura en las revoluciones de sus padres o de sus abuelos. Hasta los de 1789 creían estar reverdeciendo los laureles del mundo grecolatino.

Han pasado cuarenta años desde que comenzase el ciclo de luchas que generalmente queda comprimido en la fórmula de ‘mayo del 68’. Desde entonces para acá –si se exceptúa el caso italiano, con el que nos toparemos a menudo-, Europa no ha vivido nada semejante. Lo que significa que hay ya un par de generaciones que se ha criado en la normalidad recuperada y que no ha experimentado en primera persona nada que se parezca a un movimiento de rebelión colectiva como el que se produjo a finales de la década de los sesenta.

Por eso, mayo del 68 –fuera aquello lo que en realidad fuese- sigue siendo la revolución de los que ni siquiera habíamos nacido en aquellas fechas. De forma consciente o inconsciente, los movimientos contestatarios de hoy siguen explotando el semillero de prácticas –discursivas, de resistencia, de combate- que se ensayaron en las calles de París, de Berlín o de Milán hace ahora ocho lustros. Nuestras críticas, no ya a la vieja, sino a la viejísima izquierda proceden de ahí; los textos en los que nos apoyamos tienen, en su mayoría, como autores a gentes que estuvieron implicadas en los acontecimientos. Nos alimentamos de toda una mitología de mayo.

Y sin embargo, de las dos generaciones mencionadas, al menos la más joven conoce poco o nada de lo que ocurrió entonces. Hace un par de semanas, tuve ocasión de preguntar a un grupo de unos veinticinco jóvenes de en torno a los 18 años si había oído hablar alguna vez del mayo francés. Sólo uno de ellos sabía vagamente que algo había pasado con los estudiantes universitarios, y ese mismo tenía noticia de la existencia de una organización armada llamada Brigadas Rojas. Pero nada más. Poco antes, había planteado la misma cuestión a chavales de entre 16 y 17: los que se atrevieron a aventurar una respuesta confundían el mayo de 1968 con el de 1808.

Lo que me propongo, desde ahora y hasta donde me alcancen las fuerzas, es aprovechar la efeméride para recopilar documentos de todo tipo que tengan que ver de un modo u otro con las movidas de mayo. Seguramente se me colarán, en algún momento, reflexiones propias, pero procuraré en general dejar la palabra a quienes participaron en las revueltas; como diría Jean-Franklin Narodetzki, ‘sin ventrílocuo que hable en su nombre’. Los textos, imágenes, películas, etc. irán publicándose en paralelo o alternativamente en amputacioneS y Multitud. Huelga decir que cualquier ayuda, recomendación o crítica será bienvenida.

Abrimos fuego con una selección de pintadas parisinas y con un breve fragmento de Jesús Ibáñez sobre el fracaso / victoria de la Revolución de Mayo.

[Diego L. Sanromán

Libertad y Orden – Jesús Ibáñez

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El orden social se expresa mediante una red lineal de oposiciones binarias, en cada encrucijada hay un camino bueno o a la derecha (generado por un dictado) y un camino malo o a la izquierda (generado por una interdicción). Hay tres niveles de libertad frente a esa red: el nivel 0 sería que no hubiera red, que todas las direcciones y sentidos fueran practicables, que el espacio fuera liso o isótropo (a ese nivel le llamamos muerte o entropía); el nivel 1 sería el del converso que sigue los caminos prescritos y evita los caminos proscritos; el nivel 2 -y sólo a partir de este nivel podemos hablar propiamente de libertad- sería el del perverso que sique el camino proscrito y evita el camino prescrito, perverso porque necesita la ley para invertir su sentido, la libertad es de primera especie o restringida, del orden de una lectura -libertad de elegir entre las alternativas escritas-; el nivel 3 sería el del subversivo que pone en cuestión la red y traza su red, subversivo porque para poner en cuestión la ley hay que ir más allá de la ley dando una vuelta por debajo de la ley, la libertad es de segunda especie o generalizada, del orden de una escritura –elegir las elecciones o legislar-: El ciudadano de la sociedad de consumo que se mueve brownianamente y que tiene libertad en el uso del propio cuerpo es del nivel 0: la libertad verdadera sería del nivel 3 y exigiría poner las manos en el orden social (y, precisamente, ahora, cuando no hay signos en los que podamos poner los ojos quizás, por eso mismo, podemos poner las manos).

Einstein calculó la probabilidad de que un móvil que camina brownianamente -sin camino- llegue a una meta: no hay libertad en la deriva. Además de caminos hay paredes: en la modernidad, las paredes -los límites más allá de los cuales no podíamos pasar- eran visibles, y estábamos encerrados dentro; la postmodernidad ha diseñado encierros más complejos. Como el laberinto -un adentro sin afuera- en el que en todo punto-momento hay una micro-salida practicable pero nadie da con la macro-salida (el encierro moderno del campo de concentración -alambradas visibles- da paso al encierro postmoderno en la red de centros comerciales  autopistas  urbanizaciones residenciales, que tiene la topología de un laberinto y sean cualesquiera la dirección y el sentido que tomemos nunca saldremos de la red). […] Si sabemos adónde van los móviles brownianos y sabemos que en todo caso no irán a ningún lado, pues no pueden ni entrar ni salir, les podemos dejar la libertad que quieran.

*Extraído de Tiempo de Postmodernidad, texto incluído en La polémica de la posmodernidad, Ediciones Libertarias, Madrid, 1986.

Para una visión de conjunto de la obra de Ibáñez se recomienda la tesis doctoral de Pablo Nacach, que puede leerse y/o descargarse desde AQUÍ, y, por supuesto, el magnífico número especial de la revista Anthropos.