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“LA FILOSOFÍA consuma la ruptura con los ídolos”. Entrevista con René Schérer (2007)

Traducción del francés: Diego L. Sanromán

Con ocasión del lanzamiento del libro Après tout – Entretiens sur une vie intellectuelle, el filósofo furierista René Schérer repasa una trayectoria marcada por las luchas políticas, las utopías de Mayo del 68, la Universidad de Vincennes, y también por sólidas amistades filosóficas.

La Universidad de Vincennes se creó en 1969. ¿Reunía las condiciones de posibilidad de una filosofía del deseo?

RS.- Vincennes se creó con un espíritu nuevo, tanto en lo que se refería al contenido de los cursos como al funcionamiento de la enseñanza y las relaciones con los estudiantes. A diferencia de las clases que había dado en la Sorbona, en Vincennes elegí de entrada a autores que me apasionaban, como Charles Fourier, y temas como los problemas de la infancia y de la sexualidad. Vincennes constituyó un núcleo central muy atractivo. La presencia de los enseñantes respondía a un deseo. Se trataba, sin duda, de una intención apasionada e intencionadamente nueva, movida por una adhesión profunda. En un sentido más restringido, lo que se llamó “filosofía del deseo” se reagrupó, entre otros, en torno al Anti-Edipo y Mil Mesetas de Deleuze y Guattari y a mis clases con Guy Hocquenghem. Otros como Bensaïd, Châtelet o Henri Weber se vinculaban más cómodamente a la política. Una filosofía política que no habría figurado en ningún otro lugar porque estaba demasiado comprometida. También otras disciplinas, consideradas extra-universitarias, hicieron su entrada en Vincennes, como las ciencias de la educación, del cine o de las artes.

Usted afirma que la filosofía no se reduce al concepto. ¿Cómo define usted la filosofía?

RS.- El uso del término ‘concepto’ es válido a condición de que se incluya en dicha definición a filosofías enemigas y hostiles a la conceptualización, tal como hizo Deleuze. Por ejemplo, Kierkegaard, que siempre luchó contra la idea del concepto para dejar espacio a la vida, a la intuición, a la sensibilidad y a la existencia. Deleuze tampoco limitaba el concepto a esa noción demasiado intelectualizada que puede encontrarse en la definición kantiana, como opuesto a la intuición, y en Hegel, para el cual toda la historia es el desarrollo del concepto. A no ser que se entienda por concepto el pensamiento de la vida misma, la apertura de la filosofía a la comprensión de experiencias. En el fondo, filosofar es introducir permanentemente en la experiencia una comprensión de lo que ésta puede ser. La filosofía es una apertura a la experiencia. Pero la comprensión procede igualmente de esa experiencia a la que uno se abre. Uno se topa así con la cuestión de la formación del concepto. Sigue leyendo

SOBRE FOUCAULT – Toni Negri (2004)

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Traducción: Diego L. Sanromán

Pregunta 1: ¿Los análisis de Foucault mantienen su actualidad para comprender el movimiento de las sociedades? ¿En qué terrenos le parece que deberían ser renovados, reajustados, prolongados?

Respuesta 1: La obra de Foucault es una extraña máquina; en realidad, no permite pensar la historia más que como historia presente. Probablemente, una buena parte de lo que Foucault escribió (Deleuze lo subrayó muy acertadamente) debería hoy ser reescrito. Lo que resulta asombroso –y conmovedor- es que en ningún momento cese de buscar; hace aproximaciones, deconstruye, formula hipótesis, imagina, construye analogías y cuenta fábulas, lanza conceptos, los retira o los modifica… Es un pensamiento de una inventiva formidable. Pero esto no es lo esencial; yo creo que lo fundamental es su método, porque éste le permite estudiar y a la vez describir el movimiento del pasado al presente y del presente al porvenir. Es un método de transición del cual el presente representa el centro. Foucault está ahí, en ese hueco, ni en el pasado, del que hace la arqueología, ni en el futuro, del que a veces esboza la imagen –“como en los límites del mar, un rostro sobre la arena”-. Es a partir del presente como resulta posible distinguir los demás tiempos. A menudo se le ha reprochado a Foucault la legitimidad científica de sus periodizaciones; es comprensible la actitud de los historiadores, pero al mismo tiempo me gustaría decir que no se trata de un verdadero problema: Foucault se encuentra allá donde se instale la problemática, y esto partiendo siempre de su propio tiempo.

El análisis histórico se convierte, con Foucault, en una acción; el conocimiento del pasado, en una genealogía; la perspectiva futura, en un dispositivo. Para quienes proceden del marxismo militante de los años 60 (y no de las tradiciones dogmáticas caricaturescas de la Segunda y la Tercera Internacional), el punto de vista de Foucault se percibe, de forma natural, como absolutamente legítimo; se corresponde con la percepción del acontecimiento, de las luchas, y de la alegría de arriesgarse fuera de toda necesidad y de toda teleología preestablecida. En el pensamiento de Foucault, el marxismo queda completamente desmantelado, ya sea desde el punto de vista del análisis de las relaciones de poder o de la teleología histórica, del rechazo del historicismo o de cierto positivismo; pero, al mismo tiempo, el marxismo se ve también reinventado y remodelado desde el punto de vista de los movimientos y de las luchas, es decir, desde el punto de vista, en realidad, de los sujetos de tales movimientos y tales luchas: porque conocer es producir subjetividad. Sigue leyendo