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¿QUÉ SIGNIFICA hoy autonomía? – Franco Berardi ‘Bifo’ (2003)

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Subjetivación y no sujeto

No pretendo hacer una reconstrucción histórica del movimiento de autonomía, sino tan sólo tratar de comprender su especificidad histórica volviendo sobre conceptos como rechazo del trabajo y composición de clase. Los periodistas usan el término operaismo para designar un movimiento político y filosófico que apareció en Italia en los años 60. A mí no me gusta ese término porque reduce la complejidad de la realidad social al mero dato de la centralidad de los obreros industriales en la dinámica social de la modernidad tardía. La centralidad de la clase obrera ha sido uno de los grandes mitos políticos del siglo XX, pero el problema que nos tenemos que plantear es el de la autonomía del espacio social frente al dominio capitalista, y el de las diferentes composiciones culturales, políticas e imaginarias que elabora el trabajo social. Por eso prefiero emplear la expresión composicionismo para designar ese movimiento de pensamiento.

Lo que me interesa subrayar de la operación filosófica del llamado operaismo italiano es el desmontaje de la noción de sujeto que el marxismo heredó de la tradición hegeliana. En lugar del sujeto histórico, el composicionismo empieza a pensar en términos de “subjetiv/acción”. El concepto de clase social no tiene una consistencia ontológica, sino que debe entenderse como un concepto vectorial. La clase social es proyección de imaginaciones y proyectos, efecto de una intención política y de una sedimentación de culturas. Sigue leyendo

CINE. Antonio Negri. The Revolt that Never Ends – Alexandra Weltz & Andreas Pichler (2004)

La Fábrica de la Infelicidad – Franco Berardi ‘Bifo’ (2003)

A diferencia del trabajador asalariado clásico, a quien el empresario debía garantizar una cobertura asistencial, una pensión y vacaciones pagadas, el trabajador autónomo debe hacerse cargo de tal protección, descargando así al capitalista de los costes indirectos del trabajo. Desde el punto de vista cultural, el trabajador autónomo se ve empujado a identificarse psicológicamente con su tarea, a considerar su trabajo como una misión existencial que la sociedad le ha encomendado y a cargar con un logro o un fracaso cuyo significado no es sólo económico. La desafección, que en el caso del trabajador asalariado podía manifestarse frente a su trabajo y a su fábrica, resulta así cancelada de raíz, porque el trabajador se ve empujado a actuar como su propio guardián y a considerar el trabajo como el ámbito de confirmación principal de su vida. En la ideología del trabajo autónomo hallamos huellas evidentes de las culturas que animaron las protestas antiindustriales de los años sesenta y setenta. Pero trabajo autónomo y trabajo creativo no son necesariamente la misma cosa. Al contrario. Podemos definir como autónomo al trabajador que mantiene una relación directa con el mercado, que se dedica a vender directamente el producto de su trabajo a alguien que se lo encarga y que, por tanto, carga sobre sí las funciones económicas y financieras de la empresa. Pero en la mayor parte de los casos, el infotrabajador pone su creatividad y sus conocimientos al servicio de un patrón, según los modos clásicos del trabajo asalariado, a pesar de que no sea personalmente identificable con el viejo patrón de la fábrica, patrón que presenta las características de una sociedad anónima y cuyas decisiones no son discutibles ni cuestionables porque aparecen como el producto de automatismos tecnológicos o financieros. Cuando el trabajo tiende a convertirse en su generalidad en trabajo cognitivo, la cooperación social encuentra en la red su ámbito más adecuado. El trabajo cognitivo se manifiesta como infotrabajo, es decir, como infinita recombinación de miríadas de informaciones que circulan sobre un soporte de tipo digital. Cuando la cooperación social se convierte en transferencia, elaboración y descodificación de informaciones digitalizadas, está claro que la red le sirve de ambiente natural.

El carácter no jerárquico de la comunicación en red se hace predominante en el conjunto del ciclo del trabajo social. Ello contribuye a representar el infotrabajo como trabajo independiente. Pero, como ya hemos visto, tal independencia es una apariencia ideológica, bajo la cual se va formando una nueva forma de dependencia que cada vez tiene menos que ver con la jerarquía formal, con el mando voluntario y directo sobre el gesto productivo. El infotrabajo se encarna cada vez más en la fluidez automática de la red: interdependencia de fragmentos subjetivos separados pero objetivamente dependientes de un proceso fluido, de una cadena de automatismos externos e internos al proceso de trabajo, que regulan cada gesto, cada fragmento de éste. Aquellos que desarrollan tareas ejecutivas, tanto como los que desarrollan tareas empresariales, perciben con agudeza la sensación de depender de un flujo que no se interrumpe y al que no se pueden sustraer sin pagar el precio de la marginación. El control sobre el proceso de trabajo no es realizado por una jerarquía de jefes y jefecillos, como sucedía en la fábrica taylorista, sino que está incorporado al flujo.

Franco Berardi Bifo, La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global, Traficantes de Sueños, Madrid, 2003, pp. 74-75. Traducción y notas: Manuel Aguilar Hendrickson y Patricia Amigot Leatxe.

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MULTITUD / CLASE OBRERA – Paolo Virno (2002)

 

Traducción: Diego L. Sanromán.

Existen algunas analogías y muchas diferencias entre la multitud contemporánea y la multitud estudiada por los filósofos de la política del siglo XVII.

En los albores de la modernidad, los ‘muchos’ coinciden con los ciudadanos de las repúblicas comunales anteriores al nacimiento de los grandes Estados nacionales.  Esos muchos se servían del ‘derecho de resistencia’, del ius resistentiae. Tal derecho no significa, banalmente, legítima defensa; es algo más fino y complicado. Utilizar el ‘derecho de resistencia’ es hacer valer, contra el poder central, las prerrogativas de una singularidad, de una comunidad local, de un gremio, es salvaguardar formas de vida ya plenamente afirmadas, es proteger costumbres ya enraizadas. Se trata, pues, de defender algo positivo: es una violencia conservadora (en el buen sentido, en el sentido noble del término). Tal vez sea el ius resistentiae, es decir, el derecho de proteger algo que ya existe y que parece digno de perdurar, lo que más acerque a la multitud del siglo XVII y a la multitud postfordista. Tampoco para esta última se trata de ‘tomar el poder’, de construir un nuevo Estado, un nuevo monopolio de la decisión política, sino de defender experiencias plurales, embriones de esfera pública no estatal, formas innovadoras de vida. No guerra civil, sino ius resistentiae.

Otro ejemplo. Típico de la multitud postfordista es provocar el hundimiento de la representación política; no como una gesta anarquista, sino como una búsqueda sosegada y realista de instituciones políticas que escapen a los mitos y ritos de la soberanía. Ya Hobbes hacía advertencias contra la tendencia de la multitud a dotarse de organismos políticos irregulares, que “no son por naturaleza otra cosa que alianzas, incluso, en ocasiones, una mera reunión de gentes que no están unidas por designio particular alguno, ni por obligaciones de los unos con respecto a los otros” (Leviatán, capítulo XXII). Pero es obvio que la democracia no representativa basada en el general intellect tiene una alcance distinto: nada de intersticial, marginal, residual; más bien, la concreta apropiación y rearticulación del saber / poder, hoy congelado en los aparatos administrativos de los Estados.

Vayamos ahora a la diferencia capital. La multitud contemporánea lleva consigo la historia del capitalismo. Lo que es más: se identifica con una clase obrera cuya materia prima está constituida por el saber, el lenguaje y los afectos. Quisiera disipar, en cuanto me sea posible, una ilusión óptica. Se nos dice: en el universo de los ‘muchos’ ya no hay lugar para los cuellos azules, todos unidos en un mismo cuerpo, poco sensibles al calidoscopio de las “diferencias”. Se equivoca quien afirma tal cosa. Es un error falto de imaginación: cada veinte años hay alguien que anuncia el fin de la clase obrera. Y, sin embargo, esta última no se identifica, ni en Marx ni en la opinión de cualquier persona seria, con una específica organización del trabajo, con un complejo específico de hábitos, o una mentalidad específica. La clase obrera es un concepto teórico, no una foto de recuerdo: designa al sujeto que produce plusvalía absoluta y plusvalía relativa. La noción de ‘multitud’ se opone a la noción de ‘pueblo’, no a la de ‘clase obrera’. Pertenecer a la multitud no impide en modo alguno producir plusvalía. Y, a la inversa, producir plusvalía no implica en modo alguno la necesidad de ser, políticamente, ‘pueblo’. Sin duda, desde el momento en que la clase obrera ya no es pueblo, sino multitud, cambian muchísimas cosas; para empezar, en las formas de organización y en el conflicto. Todo se complica y se vuelve paradójico. Cuánto más sencillo sería contarnos que ahora existe la multitud y no la clase obrera… Pero si lo que se quiere es simplicidad a toda costa, basta con echarse una botella de vino tinto al coleto.

Además, y dicho sea de paso, hay pasajes en el propio Marx en los cuales la clase obrera pierde los rasgos fisonómicos del ‘pueblo’ y adquiere los de la ‘multitud’. Tan sólo un ejemplo: el último capítulo del Libro I de El Capital (La teoría moderna de la colonización), en el que Marx describe la condición obrera en los Estados Unidos. Hay aquí grandes páginas sobre el Oeste americano, sobre el éxodo, sobre la iniciativa individual de los ‘muchos’. Los obreros europeos, expulsados de sus países por las epidemias, las hambrunas y las crisis económicas, van a trabajar a los grandes centros industriales de la costa este de los EE. UU. Pero, atención: se quedan allí algunos años, sólo algunos años. Después desertan de la fábrica y se adentran en el Oeste, en las tierras libres. Lejos de ser una cadena perpetua, el trabajo asalariado se presenta como un episodio transitorio. Aunque sólo fuese durante un ventenio, los asalariados tuvieron la posibilidad de sembrar el desorden en la férreas leyes del mercado de trabajo; abandonando la propia condición de salida, determinaron la escasez relativa de mano de obra y, en consecuencia, el aumento de los salarios. Al describir tal situación, Marx ofrece un muy vívido retrato de una clase obrera que es igualmente multitud.

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