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JAIME SEMPRUN ‘IN MEMORIAM’ (1947-2010): El Fantasma de la Teoría. Notas sobre el ‘Manifiesto contra el Trabajo’.

Quisiera exponer aquí las razones por las cuales diversos ensayos recientes de “teoría radical” me parecen tener algo de irreal, de hueco, y en cualquier caso de fantasmal, en el sentido de que en ellos falta, en mi opinión, lo que era la carne y la sangre, o el nervio, si se prefiere; en resumidas cuentas, la vida de las teorías revolucionarias de la sociedad. Ello me llevará evidentemente a decir algo de lo que es, o más bien de lo que era, la teoría revolucionaria, en la época en que existía tal cosa, y por qué creo que ya no sucede así.

Pero antes tengo que considerar dos objeciones susceptibles de pasarle por la cabeza al lector. La primera es que los textos que he tomado como ejemplo son demasiado disímiles, tanto por su contenido como por su tono, por no hablar de su calidad, para poder ilustrar ninguna consideración sobre “la teoría”. Responderé que precisamente, esta innegable diversidad permite darse cuenta mucho mejor de hasta qué punto la ambición teórica que les es común constituye un escollo para encarar lúcidamente algunos de los aspectos principales de la realidad presente (lo que no obstante debería ser la función de una teoría crítica de la sociedad).

La segunda objeción posible es que al tachar así de irrealidad, o incluso de artificiosidad, unos ensayos de teoría que representan más bien la flor y la nata de este género, me presto a una especie de alegato pro domo, con toda la mala fe que ello puede implicar, puesto que hace ya algunos años [1] sostuve que la imagen de un cadáver en descomposición bastaba para hacerse una buena idea de una sociedad cuyas corrupciones variadas y cambiantes, “mezclándolo todo y desfigurándolo todo”, nos la tornan tan penosamente ilegible; y añadía que, en efecto, ya no era el momento de analizar en detalle el funcionamiento de algo que básicamente no funciona: “no se hace la anatomía de una carroña cuya putrefacción borra las formas y confunde los órganos”[2]. Sigue leyendo

EDUARDO ROTHE: De la Internacional Situacionista a la Revolución Bolivariana

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Vídeo de la entrevista realizada a Eduardo Rothe en Sevilla durante el encuentro ‘Mayo del 68: el comienzo de una época’, por Leónidas Martín, David Cortés y Amador Fernández-Savater

* * *

Eduardo Rothe se describe a sí mismo como ‘pescador y periodista’. En la actualidad es miembro del equipo de Andrés Izarra, ministro de Comunicación e Información del Gobierno Bolivariano de Venezuela. Ha tenido la cortesía de responder a nuestras preguntas sobre el proceso en curso.

Rouge et Vert: Eduardo, ¿puedes hablarnos de tu compromiso político y de las razones que te han llevado a integrarte en el proceso bolivariano?

Eduardo Rothe: Comencé a militar a la edad de 15 años, en la clandestinidad, dentro de las Juventudes del Partido Comunista de Venezuela y, más tarde, en el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria). Era un militantismo especialmente orientado hacia la acción armada y la agitprop, en el que había poca educación teórica. Tras la victoria de la Revolución en Cuba, pensábamos que la guerrilla iba a triunfar por todas partes, pero la derrota militar, la traición del PC y la ruptura entre la URSS y China contribuyeron fuertemente a nuestra desmovilización. Algo después conocí a un viejo camarada ruso, Marc Chirik, que procedía de la ultraizquierda francesa, y con el que otros jóvenes y yo mismo formamos un ‘círculo de estudios’ que se convertiría en el grupo consejista Proletario. En Europa, participé activamente en el Comité para el Mantenimiento de las Ocupaciones durante mayo del 68 y, después, en la Internacional Situacionista. Durante el periodo 1974-1976 proseguí mis actividades como militante en Portugal e Italia. En pocas palabras, al final recibí una educación radical.

Me integré en el proceso bolivariano con el objetivo de poner fin, de una vez por todas, al régimen anterior y, como trabajador del mar, para defender leyes vitales para los míos. La ofensiva enemiga separó los campos y, como decía el apóstol cubano José Martí, hay que ser a la vez del propio tiempo y estar con el propio pueblo y, si tal cosa no es posible, hay que estar con el propio pueblo. Sigue leyendo

LOS ÚLTIMOS veinte años de liquidación social – Miguel Amorós (2006)

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SOBRE LA DEGENERACIÓN DE LOS IDEALES REVOLUCIONARIOS ANTE EL FIN DE LA CLASE OBRERA EN OCCIDENTE

“La época actual es de aquellas en las que todo lo
que normalmente parece constituir una razón
para vivir se desvanece, en las que se debe
cuestionar todo de nuevo, so pena de hundirse
en el desconcierto o en la inconsciencia.”
Simone Weil

El 19 de julio de 1936 el proletariado español respondió al golpe de estado franquista desencadenando una revolución social. El 23 de febrero de 1981 tuvo lugar un golpe de estado ante la indiferencia más absoluta de los proletarios, quienes apenas movieron el dial de la radio o el mando del televisor. El contraste de actitudes obedece al hecho de que el proletariado era en el 36 el principal factor político social, mientras que en el 81 no contaba ni siquiera como factor auxiliar de intereses ajenos. Si el golpe del 36 iba en contra suya, el del 81 fue un ajuste de cuentas entre diferentes facciones del poder. Ni en los análisis más alarmistas la conflictividad obrera fue tomada en consideración por la sencilla razón de que era mínima. Los golpistas pasaron del proletariado porque no era más que una figura secundaria de la oratoria política, algo históricamente agotado.

Durante los años de la “transición económica” hacia las nuevas condiciones del capitalismo mundial –los 80– la clase obrera fue fragmentándose y resistiendo a escala local a su “reconversión” en clase subalterna, hasta el advenimiento de la huelga mediática del 14 de diciembre de 1988, que fue la señal de su liquidación como clase. En adelante nunca volvería a manifestarse de forma independiente, autónoma. El movimiento antinuclear y el movimiento vecinal habían acabado un lustro antes. Durante ese periodo se consumó la ruptura entre los obreros adultos, mejor situados en las fábricas, y los obreros jóvenes, peones y precarios, que impulsaron las primeras asambleas de parados. Esa fractura condujo a la crítica radical del trabajo asalariado, deteriorado en extremo, o lo que viene a ser igual, al rechazo del trabajo como actividad humana. Fue una auténtica ruptura, pues hasta entonces la conducta de los trabajadores se fundamentaba en una cierta ética del trabajo. Más o menos por ese tiempo se desarrolló fuera del mundo laboral un medio juvenil preocupado por la okupación, la represión, la contrainformación, el ecologismo, el antimilitarismo, el feminismo, etc., al que la movilización estudiantil de 1986-87 dio un fuerte impulso. Tras el sometimiento definitivo de los trabajadores a las nuevas condiciones económicas y políticas del capital, el centro de gravedad social se desplazó de las fábricas a los espacios de relación juveniles. En ese medio y en plena decadencia de las ideologías obreristas la cuestión social perdía su carácter unitario y se desagregaba, replanteándose sus pedazos como problemáticas particulares. Los jóvenes rebeldes ni tenían detrás una tradición de luchas sociales, ni podían atenerse a una ideología concreta, marxista o anarquista, y más allá de un vago antiautoritarismo no sabían qué hacer con el fardo de experiencias que la clase obrera les había librado gratuitamente; eran herederos involuntarios de tareas históricas imposibles de asumir dado la escasa profundidad de su crítica, la inestabilidad de sus efectivos y la estrechez de su medio. Todos los esfuerzos por coordinar actividades, fomentar debates y conectar con luchas urbanas tropezaron con los mismos problemas: la dispersión, la ausencia de pensamiento, el compromiso relativo, la falta de referencias, el enclaustramiento… Al no resolverse, conforme desaparecían las luchas reales el medio juvenil se estancaba y en él campaban a sus anchas la indefinición, la pose, los tópicos contestatarios y la moda alternativa. Se revelaba como un medio de transición para una vida adulta integrada, como el instituto, la FP o la universidad. La palabra revolución dejó de tener un significado preciso. Los intentos habidos entre 1989 y 1998 por superar ese impasse teórico fueron puramente organizativos, formalistas, a base de “campañismo” y encuentros, por lo que a la larga resultaron un fracaso. Así terminó lo que se conoció como “área de la autonomía.” Sigue leyendo

NEGACIÓN de la Economía – Jean-Pierre Voyer (2000)

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Jean-Pierre Voyer es un filósofo francés nacido en 1938. Su obra parte de una reelaboración crítica de la herencia situacionista. Para Voyer, la comunicación es el elemento central del proceso de humanización: la humanidad comienza realmente con la comunicación, pues la satisfacción de las necesidades es algo pura y simplemente animal. En su opinión, la economía no es sino una forma falaz de nombrar la esencia del sistema de comunicación humana. Su último libro publicado es Diatribe d’un fanatique (2002).
 
[Traducción: Diego L. Sanromán]

La economía es a la economía política lo que Dios es a la religión. Del mismo modo que Dios no existe, mientras que la religión sí e implica la existencia de numerosos sacerdotes y devotos; la economía no existe, mientras que la economía política sí e implica la existencia de numerosos sacerdotes y devotos. Del mismo modo que la religión es esa mentira que afirma Dios existe, la economía política es esa mentira que afirma la economía existe. Del mismo modo que no se puede criticar la religión si no se ha negado antes la existencia de Dios, tampoco puede criticarse la economía política si no se ha negado antes que la economía exista. Del mismo modo que otros negaron que Dios existiese, yo niego que la economía exista. Ni Marx ni Debord lo lograron a pesar de que pretendieron criticar la economía política.

Marx se encontraba, pues, en la situación de alguien que quisiera criticar la religión creyendo al mismo tiempo en la existencia de Dios. Ese alguien criticaría la religión por no encontrarla de su gusto. Es lo que se llama un reformador, y dicho género de crítica, que puede transformarse en violentamente práctica, se llama reforma. Como he escrito en otro lugar, el reformador Marx llevó la economía política a su más alto punto de perfección. Hizo coherente la mentira y, de tal modo, preparó su denuncia; un poco como Hegel al proclamar que Dios era un resultado, lo que en cualquier caso es una manera de poner en cuestión la existencia de Dios. Sigue leyendo