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ALGUNAS REFLEXIONES sobre la renta durante la “Gran Crisis” de 2007 ( y siguientes) – Toni Negri

El siguiente texto cierra un volumen de autoría colectiva recientemente publicado por Traficantes de Sueños: La Gran Crisis de la Economía Global. El libro (en papel o pdf) puede adquirirse en la web de la editorial.

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QUÉ ES LA RENTA, QUIÉN ES UN RENTIER, son cosas que sabemos todos. Todos hemos visto la cara, al menos una vez, del que te alquila el piso. Podemos haberlo odiado o envidiado; sea como sea lo consideramos alguien que —al menos en relación con nosotros— gana dinero sin trabajar.

En el Ancien Régime estaban vigentes las leyes de la renta. Las exaltaban los reaccionarios del tipo de Burke y Hegel, considerándolas naturales; las odiaban los discípulos revolucionarios de Rousseau, los reformistas ilustrados y los fundadores de los derechos del hombre. Los liberales ingleses y los filósofos kantianos pensaban que la libertad no podía sostenerse y desarrollarse sobre la base de la explotación de las riquezas heredadas: una riqueza «digna» debía, en cambio, fundarse en el trabajo. Por su parte, los estudiosos de las «riquezas de las naciones», los inventores de la economía política, fueron ambiguos en este tema: por un lado, en efecto, pensaron que la riqueza capitalista debía construirse contra la renta (y en el acto de identificar este camino consistió la verdad de la ciencia económica); por otro, no se ocultaron (aún si lo hicieran con frecuencia a sus lectores) que el desarrollo capitalista no habría tenido jamás la oportunidad de formarse y despegar con la fuerza con la que lo hizo de no ser por una violenta apropiación originaria, la cual había tenido lugar históricamente mediante la apropiación de lo común, de las tierras y del trabajo en la era de las enclosures. Sigue leyendo

GENET ENTRE los Panteras Negras – Entrevista con Michèle Manceaux (1970)

 
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Traducción del francés: Diego L. Sanromán

El autor de Los Negros acaba de pasar más de dos meses en Estados Unidos con los militantes revolucionarios del “Black Panther Party”. En su entrevista con Michèle Manceaux expresa los motivos que lo han llevado a ponerse al servicio de su causa.

¿Cómo llegó a reunirse con los “Panteras Negras” en Estados Unidos?

Jean Genet.- Dos miembros del “Black Panther Party” vinieron a verme a París y me preguntaron qué podía hacer para ayudarlos. Creo que venían con la idea de que les sirviera de ayuda en París, pero les dije: “Lo más sencillo es ir a América”. Me pareció que mi respuesta les sorprendía un poco. Me dijeron: “Pues entonces, venga. ¿Cuándo le parece bien?”. Y contesté: “Mañana”. Lo cual les sorprendió aún más, pero enseguida reaccionaron: “De acuerdo, vendremos a buscarlo”. Así fue cómo ocurrió. Por otra parte, no tenía visado.

¿No tiene usted visado desde que escribió sobre la Convención de Chicago?

J. G.- No, nunca lo he tenido. Me lo deniegan.

Entonces, ¿cómo se las arregla?

J. G.- Es muy fácil pasar la frontera. Haría falta que escritores y sindicalistas franceses fuesen también a América a dar conferencias para el B.P.P. De todos modos, se acaba de crear un comité de solidaridad con el B.P.P. en París.

Su causa tal vez no sea la de ellos. ¿Por qué es la suya?

J. G.- Si soy sincero, he de decir que lo que me afectó en primer lugar no fue su interés por recrear el mundo. Sin duda es algo que llegará y no soy insensible a ello, pero lo que me hizo sentirme cercano a ellos inmediatamente fue el odio que les inspira el mundo blanco, su interés por destruir una sociedad, por quebrarla. Interés que era el mío cuando yo era muy joven, pero yo no podía cambiar el mundo solo. No podía más que pervertirlo, corromperlo un poco. Lo que procuré hacer mediante una corrupción del lenguaje, es decir, en el interior de esa lengua francesa que aparenta ser tan noble, y que, por otra parte, tal vez lo sea; es algo que uno nunca sabe.

¿Se considera usted un revolucionario?

J. G.- Mi situación es la de un vagabundo, y no la de un revolucionario. ¿Cómo quiere usted que me defina a mí mismo? Y además las palabras con las que se me puede etiquetar no tienen ninguna importancia: ladrón, pederasta… ahora revolucionario. No, no me apetece decir que soy revolucionario. Sigue leyendo

¡CORRE, CAMARADA, EL 68 TE PERSIGUE! El placer de la metamorfosis política – Entrevista con Judith Revel y Jacques Rancière

Jacques Rancière nació en Argel en 1940. En 1965 participó en el famoso seminario de Althusser del que saldría Lire Le Capital, aunque su contribución no aparece en la edición castellana del texto. Pronto se desmarca de su maestro y, entre 1975 y 1985, participa activamente en el colectivo ‘Les Révoltes Logiques’. En la actualidad es profesor emérito del departamento de filosofía de la Universidad de Paris VIII. Entre otros libros, ha publicado La Nuit des prolétaires (Fayard, 1981), Le Philosophe et ses pauvres (Fayard, 1983) ; La Mésentente. Politique et philosophie (Galilée, 1995), Aux bords du politique (La Fabrique, 1998), Le Partage du sensible. Esthétique et politique (La Fabrique, 2000), La Fable cinématographique (Seuil, 2001), Malaise dans l’esthétique (Galilée, 2004), La Haine de la démocratie (La Fabrique, 2005).

Judith Revel nació en 1966. Es filósofa, italianista y traductora. Fue profesora de la Universidad de Roma entre 1992 y 2004. Ha centrado su trabajo en la investigación del pensamiento de Michel Foucault y en los cambios en la teorización de lo político antes y después de Mayo del 68. Forma parte del Buró Científico del Centro Michel Foucault y del equipo de investigación “La bibliothèque foucaldienne. Michel Foucault au travail” y, desde 2008, del Consejo Doctoral de la Universidad Nacional de San Martín (Buenos Aires). También es miembro de la revistas Posse y Multitudes. Ha publicado Le Vocabulaire de Foucault  y The Vertical Thought: an Ethics of Problematization.

 

 

[Traducción: Diego L. Sanromán]

La celebración del cuarenta aniversario de Mayo del 68 –libros, programas, coloquios- toca a su fin. ¿Qué opinión os inspira este diluvio de análisis?

Jacques Rancière: Las celebraciones vuelven cada diez años, pero el aniversario ha tomado un relieve particular en razón de la voluntad de “liquidación” de la herencia del 68 por parte de Sarkozy, que podía hablar así porque una cierta liquidación, la llevada a cabo por la izquierda, ya se había producido. Ahora tenía que venir el entierro. Sin embargo, se ha visto cómo reaparecían testimonios que volvían a poner en escena lo real del acontecimiento. Parecía bien establecido que el 68 había sido el desahogo de unos jóvenes con pelo largo y guitarra que luchaban por la liberación de las costumbres, pero hemos visto resurgir las dimensiones política, obrera e internacional del acontecimiento y del tiempo que éste abrió. Todo aquello que un trabajo de cuarenta años había borrado ha vuelto a salir a la superficie.

Judith Revel: Yo tengo una relación personal con el 68: soy casi contemporánea del acontecimiento; y estos cuarenta años del 68 son, por decirlo así, también los míos. Ahora bien, hay una cosa que me choca: jamás se ha estado tan cerca de hacer del 68 un objeto de reflexión historiográfica y, al mismo tiempo, jamás nos hemos visto tan desbordados por relatos privados que pretenden, precisamente porque son privados, “decir la verdad sobre el 68”. Este retorno arrollador del testimonio es apasionante y difícil: apasionante porque yo misma debo construir un objeto del que no he tenido experiencia directa y del que, sin embargo, soy hija; difícil porque a menudo se escucha: “No puedes entenderlo, tú no estabas allí”, o porque se nos reprocha el habernos beneficiado de los logros del 68 sin haber participado en las luchas: una generación de hedonistas mimados y egoístas, en suma.

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CLÁSICOS SUBVERSIVOS. El Sindicato o la Muerte – Albert Libertad (1906)

‘Multitud’ acaba de cumplir un añito. En estos días ando preparando, junto a Julián Lacalle -de la Editorial Pepitas de Calabaza-, una selección de textos del anarquista francés Albert Libertad, y se me ha ocurrido que un pequeño adelanto de lo que -si todo va bien- se convertirá en libro podría ser un buen regalo de aniversario. Ahí va.

[Traducción: Diego L. Sanromán]

Dicen que los lobos no se devoran entre sí.

Tengo muy pocos conocimientos personales sobre las costumbres de tales bestias como para permitirme creer que este dicho es menos idiota que la mayoría de los dichos.

Si, por casualidad, fuese exacto, para nosotros no probaría más que una cosa: que entre los hombres y los lobos hay, amen de las disparidades zoológicas, una fenomenal diferencia de apetitos.

Es probable, y hasta seguro, que la civilización, tan maravillosamente favorable al desarrollo de nuestros más salvajes instintos, haya destruido en nosotros los escrúpulos que nuestra ferocidad acaso tenía en común, en mejores tiempos, con la de los lobos.

Ya no nos hallamos, ay, en la antropofagia vulgar; aquella que se contenta precisamente con degollar, trinchar, cocinar y digerir carne humana. Tales procedimientos simplistas han quedado relegados a ciertas latitudes tropicales, en las cuales, aunque al parecer cada vez menos, siguen aplicándose.

En nuestro caso, en los buenos países privilegiados, donde el progreso se ha abierto paso, nos devoramos con una glotonería tanto menos escrupulosa cuanto que podemos cocinarnos de mil fáciles maneras, por no decir de lo más agradables.

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ENTREVISTA CON ÉTIENNE BALIBAR. Del 68 a la crisis de la izquierda.

Traducción: Diego L. Sanromán.

Hay acontecimientos capaces de establecer periodos, de distinguir entre un antes y un después. Acontecimientos que cambian el curso de la historia y son recordados como tales. El 68, cuyo cuadragésimo aniversario se celebra ahora, se encuentra entre ellos. Lo recordamos, sin embargo, no con nostalgia, sino con la mirada crítica de quien lee el presente dentro de las contradicciones abiertas en el pasado. Ésta es precisamente la orientación de Étienne Balibar que, como protagonista del 68 y discípulo, al mismo tiempo, de Althusser, conocido crítico de aquel movimiento, considera las ambivalencias entre impulso antiautoritario y disciplina de la organización, entre ruptura revolucionaria y prácticas reformistas. El 68 como prisma a través del cual leer el presente: la crisis de la izquierda, el giro populista en la Europa contemporánea, el resurgir del fantasma del Estado. De estas cuestiones hemos hablado con Balibar con ocasión de un seminario sobre los cuarenta años del 68 en el Birbeck College de Londres.

El 68 es un punto de inflexión a nivel global. ¿Es posible leer hoy, partiendo de aquellos acontecimientos, la crisis de la izquierda en Europa como resultado del desafío lanzado por los movimientos a partir del 68?

El 68 es el acontecimiento por excelencia. Algunos, como mi amigo Immanuel Wallerstein, hablan de revolución: una explosión contra los poderes, en un espacio de tres o cuatro años, irreductible a la Europa occidental o a la América del norte o del sur, o bien a los países socialistas. Es una extraordinaria concentración de acontecimientos que sugiere la idea de un antes y un después, y revela que la política, la sociedad, la cultura se han convertido en algo muy distinto del modo en que se concebían oficialmente; las izquierdas se ven forzadas a inventar algo nuevo que quizá todavía no han encontrado. Esto es lo que hace del 68 un acontecimiento. Se trata de la condensación en pocos días –o también en pocos meses-, como decía Marx, de cambios y conflictos que normalmente se desarrollan durante años. Por eso no se entiende el 68 si no se mira más allá del mayo francés, si no se lo lee como extraordinaria traducción de luchas, lenguajes, prácticas. Para mí, es la segunda experiencia política importante: ya habíamos tenido la guerra colonial; en nuestro caso, Argelia; para otros, Vietnam… Como francés que tenía 26 años en el 68, me inquieta un poco, pues, ese mito del mayo francés.

Entonces sólo entendemos el 68 si ampliamos la mirada a coordenadas espacio-temporales globales, aunque siga dándose una especifidad francesa…

 Es una especifidad que deriva de la forma del poder político: la figura extrañamente monárquica de De Gaulle que hace de catalizador en la convergencia entre movimientos estudiantiles, obreros en huelga y apoyo de la población, que cristaliza en los días de mayo. De Gaulle es expresión de una anómala combinación de modernismo tecnocrático y  económico y de arcaísmo político, con un poder radicado en el malestar de los franceses, derrotados durante la guerra, pero milagrosamente transformados en vencedores. Pero De Gaulle es un monarca envejecido, no entiende lo que sucede, como el rey que, en 1789, pregunta a su ministro: ‘¿qué es esta revuelta?’, y el ministro: ‘no es una revuelta, es una revolución’. No se da cuenta de que se ha reactivado una memoria remota: los obreros vuelven a ocupar las fábricas como en el 36; los estudiantes y los escritores, la actividad intelectual. Como dice Marx: la comedia se repite. Y recomienza la toma de la Bastilla, ahora transformada en la Sorbona o en el Teatro del Odeón. Recomienza la política permanente en las calles.

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